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Relatos de COSOQUETECOSO (XXVII)

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Gracias a mi hijo, en esta entrega incluyo una novedad en cuanto a formato. A mí, me era muy incómodo encontrar una llamada [(1)], bajar con el cursor a leerla y luego tener que volver al texto y encontrar por donde continuar el relato. Así que, si os ponéis encima del número [(1)] de la llamada y esperáis un segundito, aparecerá el texto de la misma en un recuadro , y si pulsáis sobre él, os llevará a la nota, donde, si a su vez, clicáis sobre el texto ([Volver]) os situará donde antes estabais. Espero que funcione y os sea más cómodo. En cualquier caso, lo seguiré puliendo. Gracias por vuestra paciencia.

Entre puntada y puntada 

(XXVII)

—Bueno, pos habrá que preparar lo darriba pacoger a los que vienen y vuelven. Qué alegría que a la Gertru laya dao permiso el doctor pacer su vida de antes. Ven, dame un beso, hija —la joven no tuvo reparos en demostrar su cariño a la señora Casta—. Y Joselillo, tú también, que te viés a vivir con nosotras, hijo —en cambio el mozalbete dudó, pero su hermano le dio un empellón en el hombro que le convenció—. Ya tenemos otra vez un hombre en casa —. Si estas palabras las hubiera dicho la señora Casta antes, no le habría hecho falta a Joselillo que le ayudaran de ninguna forma a decidirse a besar a quien le acogía en pensión completa, porque inspiró y pareció retener el aire para que su pecho tomara volumen. Pero Joselillo era un tirillas despeinado y blancucho, así que nadie notó su pavoneo por ser nombrado oficialmente el hombre de la casa—. Venga, acomodaos, aunque es un decir, que vamos a comer. Joselillo, delante de tu hermano, saliros tú y la Reme y entráis cuando estemos los demás colocaos. Yo me quedo aquí, junto al guiso, pa servir.

—¿Y cómo vamos a costarnos? Porque a mí no mencaja esto con un hombretón en casa que no es tu marío, madre —preguntó Reme, siempre tan práctica. En este caso también pasó desapercibido que a Joselillo se le subieron los colores al verse durmiendo con la señora Casta. 

—Costarnos, de momento nos va a costar poco, Reme. La Susana duerme en el comedor de su tía, en una cama que sencoje. Nos la contao ella en ca doña Consuelo. ¿Verdá? —propuso una posible solución Gertru después de corregir a su amiga.

—Sí, sí ques verdá, madre —confirmó Reme—. Y nos metáis tanto conmigo y mis formas dablar.


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—Pues sí, nos va a costar algo. Reme tenía razón. Habrá que buscar una cama desas, me paece una buena idea pa Joselillo —. Los colores desaparecieron de inmediato de las mejillas del adolescente y se posaron en los de la joven—. Reme puede dormir conmigo en la cama de matrimonio, la Gertru en la cama de Reme, y Joselillo en el comedor, en ese camastro que decís. ¿Así tencaja, hija? 

—Claro, así tos contentos y ca mochuelo a su olivo (1)

—Bueno, pero que no se nos olvide —sonrió la señora Casta por las frases que se inventaba la Reme, aunque esta vez no quiso corregirla.

—A mí no minporta dormir con usté, así la Reme duerme en su cama y en su alcoba —propuso Gertru.

—De fuera vendrán que de casa techarán (2) —sentenció Venancio a modo de disculpa por imponer la presencia de Joselillo y complicar la vida a esas tres mujeres.

—Eso ya lo apañáis vosotras. A mí lo mismo me da dormir con la una que con la otra. ¿Y vosotros qué vais a hacer con Huerta Baja si tú te vas y Joselillo se viene?

—Venimos dablar precisamente deso con don Mauro y le paece bien la idea quemos tenío José y yo.

—Señora Casta, las patatas están mu güenas —Joselillo también dio su parecer mientras mojaba pan en el caldo.

—Son de las que habéis traído vosotros. Pero gracias, hijo. ¿Quiés unas pocas más?

—Sí.

—Pos trae pacá el plato —dentro del cuchitril de la portería no cabía un alfiler cuando estaban todos sentados a la mesa camilla, por ello a la señora Casta la costó dios y ayuda servir el segundo plato de patatas guisadas a Joselillo que, al ser tan menudo, cedía la mitad de su espacio vital a su hermano, que tenía que comer sobre una tabla que tapaba la pequeña pila, metido en un rincón. 

—¿Y cuál es esa idea?, si pué saberse —preguntó Reme interesada.

—Arrendarla, y como ha dicho tu madre, que Joselillo se venga a vivir con vosotras aquí, a Madrí. Así podrá ir a la escuela. Y si son necesarios los dineros que recibamos de Huerta Baja pa que seduque bien gastaos estarán. Lo que sobre se lo entregaremos a usté, señora Casta. Y si yo nesecito algo ya se lo haré saber. Espero que dé pa todo, si no, es quecho mal negocio.

—Eso habrá que hablarlo más despacito —contestó la señora Casta a la vez que Gertru expresaba su alegría.

—¡Ay, qué bien! ¿Te gustaría, Joselillo?

—Más que las patatas. 

—Mía tú que bien —rieron todos la salida del mocete.

—Y ya sé casi leer, como vosotras. Y también escribir. Pero ir tos los días al Rastro es un tostón. Aunque si no voy no veo a Mendrugo. Es un buen amigo.

—Pero, aunque no vayas tos los días, podrás ir a verle de vez en cuando, cuando puedas.

—Sí, tiés razón, Gertru. Y le puedo preguntar lo desa cama que sencoje. Él lo sabe to.

—¿Vas a ir hoy?

—Sí, claro, como tos los días.

—Pues se lo preguntas y vamos el domingo a comprarla —pidió Venancio—. Supongo que yabré llegao a un acuerdo con alguno del pueblo por la huerta.

—¿Y la Perla?

—Niña, deja a la Perla en paz, que me veo durmiendo con una burra —ordenó la señora Casta. Y, por supuesto, todos rieron la ocurrencia.

Después de comer, los dos hermanos se marcharon al pueblo, a sus labores. Entre Gertru y Reme convencieron a la señora Casta de que se subiera a echar un ratito la siesta. A pesar de su negativa, por el calor, terminó aceptando por "no oíros más a nenguna de las dos", según ella misma les dijera. Así que, la pareja de jovencitas se dispuso a recoger la mesa y a fregar los cacharros. Mientras estaban en ello, apareció don Mauro que salía hacia la fábrica.

—Buenas tardes, señoritas.

—Hola, don Mauro.

—Gertrudis.

—Sí.

—Podríamos hablar luego. Tengo algo que comentarte.

—Tié que ser después de la costura, Mauro. Pero si es murgente…

—No, no. No importa. Luego. No hay tanta prisa. Damos un paseo y charlamos.

—Bueno.

—Pues, hasta luego entonces.

La Reme se asomó al portal y una vez que vio desaparecer al caballero del primero, dijo:

—¿Mauro…? ¡Qué confianzas, chica! Anda, que le tiés comiendo de tu manita. Vaber que pedirle a doña Carmina que le borde un babero con tu nombre, pa cuando te mira, pa que no se manche el traje.

—Calla, que te va a oír, mujer.

—Ya… Todavía te sigue dando vergüenza que te quieran.

—Una poca. Es tan, tan…

—¿Guapo?

—Tonta. Tan diferente a nosotras. Aunque él dice que tos somos iguales.

—Y tié razón. Pero ése no te cambia a ti ni por una princesa herradera

—Reme, a las princesas no les ponen herraduras.

—Tú mentiendes, vergonzosa.

—Eso es lo que te voy a regalar pa tu cumpleaños.

—¿Cuálo?

—Un babero.

—Y pa que quiero yo un babador.

—Pa lo mismo que Mauro, como tú dices. ¿Tú tas visto cuando comemos tos en la portería la cara tonta que te se pone cuando dice algo el Venancio? 

—Es quése sí ques guapo.

—Deso no voy a discutir contigo. A ca uno lo suyo. Venga, seca los cubiertos, guapa, que vamos a llegar tarde a casa doña Consuelo, mientras, yo termino daclarar esto. 

—Es que voy a estar sin verle dos años, Gertru. Y si fuera hijo de rico se buscaba un instituto (3) y yastaba.

—Ya lo sé, Reme. Pero tiés que tener paciencia y esperanza, mujer. Y dicen además que como todas, la guerra está perdida, ya lo verás como sacaba enseguida. Y tú podrás escribirle, alguien le leerá tus cartas. Tiés questar contenta, tú mas dicho que no creías que nunca un chico se fijaría en ti. Que se reían. Y mira tú, ta salío un galán de ley. Y cuando vuelva os casáis y le llenáis de chiquillos la portería a tu madre. Y tiés que poner a uno Mauro.

—¿Timaginas, Gertru?

—Yo, no. Pero tú seguro que ya lo has soñao despierta más duna vez, como ahora.

Por supuesto, llegaron tarde a casa de doña Consuelo. 

———— o O o ————

Venancio dejó tarea a Joselillo y salió de Huerta Baja camino de la plaza del pueblo. Jamás había entrado en la taberna más concurrida de la plaza, bueno, ni en esa ni en otra, y le sorprendió que a esas horas hubiera tan pocos parroquianos echando la partida de cartas o de dominó. Entre los pocos reunidos estaba el tío Celedonio, aquél a quien seguían dando lo que se estropeaba para alimentar a sus cerdos. Se quitó la gorra y se acercó a él. 

—Tío Celedonio, perdone.

—Espera, que acabo la partida, Venancio. Un momentín.

Y esperó, y la partida acabó.

—Bueno, unas veces se gana y otras veces se pierde, qué le vamos hacer… —dijo Celedonio a modo de excusa a su compañero. Después se levantó y se dirigió a Venancio—. Se me hace raro verte por aquí. ¿Ha pasao algo, hijo?

—No, no ha pasao na. Y tié usté razón, yo creo ques la primera vez quentro en una taberna. Pero, verá usté, es que man llamao pa que mincorpore a filas.

—¿Ya tiés veinte años, Venancio? ¡Madre mía, cómo pasa el tiempo! Si testoy viendo enredar en las lombardas mientras tu padre trabajaba, no levantabas un palmo del suelo. Nos hacéis viejos… 

—Es que, claro, Joselillo no pué hacerse cargo solo de Huerta Baja y hemos pensao que lo mejor sería arrendarla mientras estoy yo en el ejército. Venía a decírselo a la gente, por si a alguien linteresara, pero aquí no hay casi naide.

—No, ahora sa puesto de moda jugar la partida en La Unión (4), ahí bajo, en la calle Norte. 

—Entonces, me voy pallá.

—Tacompaño. Espera que pago los cafeses y la copas, que … 

—La tuya y las nuestras —dijeron desde la mesa—. Que palgo temos ganao, Celedonio.

—Ya, ya, pesaos, es un decir —se acercó a la barra y soltó los cuartos—. La próxima la pagas tú, Ciriaco.

—Deso estamos seguros, éste y yo —y la pareja ganadora se echo unas risas.

—¿Cómo os hacéis solos los dos? —intentó escamotearse Celedonio del pitorreo que dejaban atrás. 

—Bien. Ni a Joselillo ni a mí nos asusta el trabajo. Y menos después de aguantar lo que hemos tenío caguantar a ese malnacío —contestó Venancio ya en la calle. 

—¿Quién lo iba a decir? ¡Pobre Lorenza!

—Dejémoslo, tio Celodonio. No quiero hablar del asunto. 

—Quería decirte que no pude ir al entierro porque tuve una…

—Es mejor que no hablemos dello.

—Como quieras, hijo. Pero yo os aprecio. A los dos, bueno a los cuatro, a tu padre y a tu madre también.

—Ya lo sé. Pero las cosas son como son. 

—Mira, por ahí viene tu vecino, Manolo el Garzo. Ey, Manolo, buenas. ¿Aónde vas? ¿No tenias questar en la huerta, jodío?

—Mía tú, el de los gorrinos. Como se crían solos y no hay que limpiarlos, que pa eso son cerdos, está to el santo día en la taberna. ¡Qué hay Venancio! Siento to lo que has pasao, hijo.

—Gracias, Manolo.

—Os dejo, yo voy a ver si alguien le da al dominó —se despìdió el tío Celedonio.

—Hasta más ver y gracias —le despidió Venancio.

—Ahora voy yo, y si tesperas una meaja tiés compañero, Celedonio. Guárdame el sitio, que a estas horas se pone esto… Y qué casualidá encontrarte por aquí. Andábate yo buscando. He ido a Huerta Baja y ma dicho tu hermano que no estabas, que andabas por el pueblo. No sabía yo que ahora…

—No, no. No es lo que paece. Yo ni juego ni bebo.

—Pos serás el único deste pueblo —dijo con guasa el vecino de Huerta Alta.

—Ya, pero no iba a dejar allí con la labor a Joselillo mientras mechaba yo una partida. Primero porque no sé yo jugar a na, y segundo porque tampoco bebo ni coñá ni na. ¿Y por qué me buscaba?

—Porque ma llegao a los oídos queste año eres quinto.

—Sí, por desgracia.

—¿Y qué vas a hacer con la güerta? Porque el crío y la Perla solos…

—Por eso ando por aquí. Pa ver si a alguien linteresa arrendarla.

—Hombre, a mí más que arrendarla, lo que minteresa es comprarla. No te pagaría mal.

—¿Pero cago yo cuando vuelva?

—Anda éste, pos te vas a la capetal y te buscas allí qué hacer, como tantos otros.

—¿Y mi hermano?

—Lo mismo.

—Yo quiero questudie. Bueno, y él también.

—Pos con los dineros que te dé ya tenéis pa tirar unos años, y si tencuentras un jornal, mejor que mejor.

—No, Manolo, lo hemos hablao yo y él y queremos trabajar Huerta Baja. Es lo que sabemos hacer. Mal o bien es lo único que sabemos hacer, sembrar, regar y recolectar.

—¿Pero qué motivo hay, Venancio? ¿Y pa qué va estudiar el Joselillo? Además, así os alejáis del recuerdo del asesino ese dEliseo. Ya se podía podrir en el infierno, el muy cabrón.

—Pero también del de mi padre y mi madre. Y por eso queremos quedarnos aquí. Además a mí la ciudad no me gusta, magobia. A Joselillo sí. Él no dice na, pero yo se lo noto. Y no digo yo quél no se vaya algún día, pero todavía no, es mu joven aún.

—O sea, que no vendes.

—No, además el albaceo ese que nos lleva las cosas dice que no es momento de hacer ventas, ques mejor esperar. Que los adineraos de la capital cada vez quién más tierras pa construirse un hotelito desos de los que están llenando el pueblo.

—Bueno, pero a lo mejor cuando vuelvas cambias dopinión, ¿no?

—Pué ser —se dejó querer Venancio que vio venir al Garzo. Y como no le faltaban argumentos, como a su padre, le propuso algo difícil de rechazar para uno que quería sacar más de lo que le ofrecían—. Mire, Manolo, podemos hacer una cosa.

—Tú dirás —contestó interesado el vecino.

—Que podía arrendarla usté estos dos años y si al volver yo se la quiero vender, el dinero que maya dao ya se lo quitamos a lo que tasemos en su momento Huerta Baja. Así sus tierras crecen juntas y se hace con nuestro pozo también y el dinero no lo pierde del to.   

—¿Y si no?

—Y si no, la estao explotando dos años. No se la dejo en barbecho, está to sembrao y puede recoger mucho fruto estos meses.

—Tiés el mismo pico que tu padre, el Rana, que podían haberle motejao el Loro.

—Gracias, supongo ques un cumplío.

—Claro, chaval. Venga, pues si quieres vamos mañana al ayuntamiento y cerramos allí el trato y hacemos los papeles, si es que quieres papeles. Dos que se quieren entender no creo que tengan poblema en ello, ¿no, Venancio?

—No, Manuel. Sólo una cosa.

—¿Una condición?

—Bueno, sí, pero pequeña.

—Dime.

—Que lo quel tío Celedonio entregue a cambio del desecho es pa una familia de Madrí, la que va a cuidar a Joselillo mientras yo esté en el servicio.

—No hay poblema, hombre —. El preacuerdo se selló con un apretón de manos—. Lo malo es que mañana no puedo hacer na, tengo que bajar a Madrí pa un asunto que no pué esperar, me había olvidao.

—No importa, quedamos pasao mañana. Lo que nos vale es nuestra palabra, ¿no?

—Bien, pues pasao ¿A las nueve te paece bien? 

—Allí nos vemos entonces.

Venancio volvió a Huerta Baja y como no era muy tarde, se puso a la faena. Su jornada se alargaba cada día más. Si hubiera sido otro, o no tuviera a Joselillo, estaría contento por marcharse del pueblo, aunque fuera a la guerra. 

Esto me trae a la memoria, cómo no, una vivencia de mi servicio militar. Allí, en Ceuta, conocí a un extremeño al que apodaban el Belloto por aquello de que le sacudías y caían bellotas. Pues bien, el tiempo que pasé con él, nueve meses, menos el de su permiso y el mío, se lo pasó protestando por lo mal que se vivía en el ejército, lo mal que se comía y todo lo imaginable, aunque nos extrañaba que estuviera siempre tan contento y que repitiera del rancho que a ninguno nos gustaba. A la vez, presumía de su pueblo, de su casa, de sus comidas, de sus hermanos y amigos. Diez días antes de licenciarse empezó a estar mohíno, cuando el resto de los de su quinta, no cabían en sí de gozo por volver a sus casas, que era lo que correspondía. Les entregaron las correspondientes cartillas y les licenciaron. Se vistieron de civiles y se fueron a coger el barco que les llevaría a la península, La Paloma. Todos menos el Belloto que se encerró en el cuarto del furriel y decía que de allí no salía. Tuvo que venir una patrulla de la Policía Militar a hacerse cargo del asunto. Y ni así salió porque no tenían autoridad sobre él. Así que se presentó la guardia civil y con permiso del sargento tuvieron que echar la puerta a bajo. Le llevaron al barco a rastras y allí le empaquetaron para Extremadura. El sargento, tras unos días nos contó que el Belloto era el hermano mayor de nueve hijos que unos padres pobres intentaban sacar adelante en una aldea, y que los más de los días comían poco o nada. Aquél chaval bajito y nervudo, aprendió a leer y escribir allí, entre varios de sus compañeros le enseñamos. Corría el año de 1975. Perdón por la digresión.

———— o O o ————

Salió doña Carmina al paseo que todos los días, salvo en fin de semana, le ocupaba una hora a media tarde en invierno y a las ocho en verano. Sin quedar a propósito, casi siempre se encontraba con un par de vecinas del barrio que hacían lo mismo que ella. Eran amigas de paseo, en los que hablaban de hijos, maridos, nietos, las que tenían, de lo caro que estaba todo, del tiempo, de la vecina tal y del vecino Pascual. Charlar para pasar el rato lo mejor y más tranquilas posibles. Al principio, cuando en realidad era el azar la que las unía, se vestían informalmente, sin pretensiones. Pero con el paso del tiempo y con los encuentros y las charlas, asistían a las citas cada vez más emperifolladas y arregladas.

—Pues yo desde que cogí la sombrilla que me trajo mi Luis de París, es de Jeanne Lanvin (5), no la he soltado en todo el verano —. Presumió doña Esperanza, Espe para las amigas.


Subido por Sofía Lozano
—A mí es que me estorba, con el sombrero que me regaló mi hijo, tengo bastante —. No le fue a la zaga doña Luisa, Luisi para las amigas—. Es el que más me pongo porque es el que más sol me quita, pero tengo media docena. Este es de la casa Medrano (6), la conoceréis.

—Claro, en la calle Imperial. De allí tengo yo un par también. 

—El que yo llevo es de La Favorita (7). Me gusta comprar en la plaza de la Constitución, aunque éste, en realidad, es regalo de mi Cirilo por nuestro aniversario —tampoco doña Carmina iba a aflojar—. Me lo pongo por él, a mí no me gusta demasiado. Pero para la batalla diaria sirve.

—Claro mujer. Y más siendo un regalo. Hay que ser agradecidas, ellos cuidan de nosotras, y nosotras debemos corresponder.

—Bueno, no sé yo quien cuida de quien. Al menos en mi caso —doña Carmina no quería dejarse comer el terreno—. Bien es verdad que Cirilo raya la perfección, pero yo tengo la sensación que, igual que me cuido a mí misma, de paso le cuido a él. No sé lo que pensaréis vosotras. Pero primero hay que quererse a una misma para que otros te quieran.

—¡Uy!, le digo yo eso a mi Luis y tenemos morros —exclamó doña Esperanza—. Él necesita que le mime, que le entienda, que le cuide. Le gusta llegar a casa y encontrárselo todo hecho y a su disposición. Lo que más agradece es que estés encima de él, pendientita de todo. Que si las zapatillas, que si el batín que si el cortapuros, que si el cenicero… Y si no es así tuerce el gesto y no hay quien le aguante.

—Hija, pues vaya tiranía —tiró con bala Luisi.

—No, tiene sus ventajas. Si está contento no se mete en nada y deja hacer y gastar sin poner un pero. En ese caso es un cielo, me imagino que como todos si están satisfechos —. Muy sutilmente y de acuerdo a las normas sociales que prohibían hablar de sexo, Espe presumía del ejercicio nocturno y marital sin que ninguna de sus dos amigas, buenas entendedoras, pudieran poner reparo alguno. 

—Ah, bueno, eso ya es otra cosa, ves.

—Mira que son raros, eh. Fíjate que lo mejor que puedo hacer yo con mi marido es lo contrario, dejarlo en paz —informó doña Carmina—. Si yo estuviera todo el santo día encima de él, con mimos y atenciones, no sé yo si seguiríamos juntos.

—Eso ni lo digas, Carmina. Qué bochorno, una separación… Qué sería de nosotras. Deja, deja…

—Pues yo no me iba a quedar llorando en casa. Vamos. Que me iba a amargar yo la vida.

—¿Y de qué ibas a vivir, mujer?

—Ya vería. Y si tuviera que trabajar, tampoco me iba a importar. Estas manos bordan como los ángeles. Para algo habrían de servirme.

—Madre, mía, trabajar… Y a nuestra edad —se espantó Luisi.

—Pues yo no me veo tan mayor.

—Será que no te miras al espejo —esta vez quien disparó a matar fue Espe.

—No dirás que…

—No, Carmina, no te enfades, pero ya no somos unas niñas. Estarás de acuerdo.

—No sé, porque el vino gana con el tiempo. Y, además, las chicas de ahora sólo saben hablar del tiempo, de la moda y del deporte ese inglés o Francés, no sé. Como se llama…

—¿Tenis?

—Sí, eso, el tenis.

—Oye, y hablando de separaciones, Carmina. ¿Sabes algo de esa amiga tuya, Candi?

—¿Candi?

—Candela Mola.

—Ah, es que yo siempre la llamo Candela. 

—El otro día me leyó Luis una noticia en el ABC. ¿Es verdad que el marido se ha fugado con dinero de la empresa y le ha dejado ahí, tirada?

—Sí. Debe serlo. He hablado con ella la semana pasada, pero todavía no se había producido el aparente desastre. Cirilo también me leyó una información del periódico en ese sentido, y como sabe que somos amigas —mintió doña Carmina por dos veces.

—¿Y no has ido a verla?

—Mujer, no quiero que piense que soy una portera y que me meto en sus asuntos. Además, a mí las desgracias no me gustan nada. Donde esté la alegría… 

—Pues yo hubiera ido… —aseveró Luisi que, al darse cuenta que iba a ser malinterpretada, aclaró que no por curiosidad—. Para consolarla, claro. Debe estar pasándolo mal, porque corre el bulo de que no se ha fugado él solito, que iba con dos pelanduscas (8).

—No me extrañaría nada, porque esa clase de hombres… Ya se sabe.

———— o O o ————

De nuevo la pareja de guardias civiles apareció esa tarde por Huerta Baja.

—Nos vamos a hacer amigos de tanto vernos, chaval.

—Eso digo yo. ¿Y ahora qués?

—Es una citación para que declares. Suponemos que es por el asunto de tu tío. Al cabo Galindo se le quedó en el cajón y se olvidó. Menos mal que se ha dao cuenta, si no le cae un puro que ni te cuento. Nos ha echao al camino a empujones para que te lo trajéramos cuanto antes. Nos ha dicho que es para mañana, en Madrid.

—Pos menos mal que no he quedao mañana con el Manolo. ¿Sabéis leer?

—Claro.

—¿Podéis hacer el favor?, ni mi hermano ni yo sabemos, bueno él un poco, pero el asunto paece serio.

—Dame. A ver… Don Venancio Lázaro Alfanje, vecino de Pozuelo de Alar… Bueno, espera, me salto la farfolla y te cuento. Sí, tienes que estar a las diez y media, en la plaza de las Salesas de Madrí. Mejor allí preguntas con esta citación y te indicarán lo que tienes que hacer.

—Gracias. ¿Eso es to?

—Que ya es bastante, Venancio. Ponte la ropa del domingo, vas a declarar en un juicio. La primera vez impresiona, ya lo verás. 

Y qué razón tenía el número de la guardia civil, aunque en ese momento el joven pozueleño no lo sabía.


Tribunal Supremo, Palacio de las Salesas, Plaza Villa de París, Madrid, de la revista La Esfera, 1915

———— o O o ————

Esa tarde, camino del trabajo vespertino, Gertru trató por todos los medios de distraer a su amiga. Lo vivido durante la comida y la cara con la que había vuelto Reme después de despedir a Venancio, le habían desconcertado. No sabía qué había pasado, ni tampoco era capaz de intuirlo, su candidez la protegía, al igual que a su amiga, pero estaba segura de que algo hacía sufrir a las personas que más quería. Y eso la llevó a confesar abiertamente su amor por Mauro en un intento de sacar del pozo a Reme. En aquella conversación, que retrasó su llegada a casa de doña Consuelo un cuarto de hora, Gertru dejaría de sentir cualquier recato y vergüenza por ser querida. Comprendió mirándose en su compañera que era un bendición sentirse querida. Se liberó del peso de sentirse sola, a pesar del poco o mucho tiempo que llevaba compartiendo su vida con aquel ángel que veía ahora sufrir y que le devolvía su propia imagen. Nunca pagaría, ni a ella ni a su madre, aquello de lo que disfrutaba bajo su tutela. Reme, al principio, recibió aquel aluvión de palabras un tanto alejada de Gertru, palabras que, por su peso, le atrajeron poco a poco con la misma fuerza que el sol a la tierra, hasta el extremo de escucharla durante veinte minutos al sol, junto al portal de la patrona, hasta que se decidieron a subir. 

—Chica, que nos vamos a asar y no nos damos ni cuenta. 

—Sí, y seguro que llegamos otra vez tarde. Cualquier día doña Consuelo nos mandal cuerno. Vamos, Reme, subamos.

—Oye, Gertru, no sabía yo…

—Ni yo tampoco, Reme, hasta que te lo he contao.

—Estoy deseandito de que volvamos a casa y qu
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