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Relatos de COSOqueTEcoso (XX y XXI)

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¿Quieres ver todos los personajes? Pulsa aquí.El listo del autor ha metido la pata hasta el corbejón. Ha publicado en mal orden las entregas XX y XXI. Cosas que pasan. Es decir, se ha comido una entre el XIX y la XXI que debería haber sido la XX, pero con este número está publicada la semana pasada la XXI. Y como no sabe cómo arreglarlo, ha optado por re-publicar el XX (erróneo) como XXI y la entrega que se ha comido como XX. En este XX que es el correcto ocurren situaciones que pueden explicar las futuras, por eso la publico. Ahora bien, también publico, aparte, la que sigue a la antigua XX que ahora es la XXI, y que cierra el lío como la XXII. Espero haberos liado tanto como me he líado yo. En definitiva, me he comido una entrega que es la de aquí abajo, y para que no se pierda el hilo, a continuación dejo la que debe continuar y que ya habéis leído, y publico la XXII en otro post. Lo siento de verdad, soy un desastre. 




Entre puntada y puntada

XX (la que me he comido)

Todo el vecindario quedó sumido en un estado de indolencia. Nadie se lo podía creer. Se saludaban en la escalera con susurros, y al pasar por la puerta del primero izquierda apretaban el paso, como si quisieran huir de lo que muchos vieron en el comedor de esa vivienda, gracias a que la portera abrió esa puerta. Y lo que algunos leyeron en los diarios, amplificado por la pluma deformadora de hechos, produjo cierto enfado. Ni la casa estaba maldita, ni los vecinos querían ser protagonistas de sórdidas historias inventadas. Tardaría tiempo en entrar en aquel edificio la rutina acostumbrada. Hasta que los curiosos y los reporteros dejaron de visitar el inmueble. Si bien la muerte del matrimonio pasaría a los anales de los crímenes más famosos de la historia de este país.


De urbancidades wordpress com
Mientras, en la Escuela de Matronas y Casa de Salud Santa Cristina, donde, aparte de la enseñanza teórica y práctica de las futuras matronas, se buscaba el alivio de mujeres desvalidas, las noticias sobre la Gertru pasaban del "no corre peligro" al "lo siento, ha perdido el niño" y al "se recuperará, pero…". En estos casos, el pero es lo peor. Nadie sabía interpretarlo y a todos les daba miedo preguntar por él. La Reme no se movió de la cabecera de la cama donde yacía su amiga hasta que la señora Casta, el domingo siguiente, la obligó a hacerlo. Mientras, comía de lo que don Mauro llevaba y compartían en silencio. El estado de shock en el que entro la Gertru duraría unos días. El doctor Ullastres, en calidad de amigo de don Mauro, pasó también por allí y se felicitó de haber tomado la decisión de enviarla a la calle O’Donnell, al recién inaugurado hospital.

———— o O o ————

Pero no solo ese fatídico día convulsionó la vecindad de la calle Españoleto, también, en el pueblo de Pozuelo de Alarcón, ocurrieron acontecimientos que marcarían el devenir de muchas personas. Y su origen, como muchas otros hechos de importancia para las personas, fue una chiquillada.


De blogbou.blogspot.com.es, retocada
La tarde que sucedió a la mañana famosa, y como todos los días, Venancio y Joselillo recogieron los productos no vendidos y el carro. Uno más feliz que unas pascuas y el otro mirando a hurtadillas la felicidad de su hermano. Durante el camino de vuelta el mayor no podía ocultar que todavía tenía en los labios el sabor de la Reme. Hasta el punto de que el único espectador de la escena amorosa que, normalmente callaba durante el viaje, le espetó:

—Tiés una cara bobalicón que no es normal, chaval.

—Tú que sabrás, pequeñajo.

—Seré pequeño, pero sabo más de lo que tú te crees.

—Sé.

—¿Qué?

—Que se dice yo sé y no yo sabo. Que no sabes ni hablar, chavalín —corrigió sonriendo Venancio, lo que enfadó a su hermano.

—Te vas a enterar, chavea.

—¿De qué! A ver ¿De qué me voy a enterar?, listillo.

—Le voy a contar a tío Eliseo lo del besito desta mañana tras el carro —dijo con retintín Joselillo.

—Como se te ocurra, te haces los viajes detrás del carro, andando, como la burra.

—¿Y quién me va a impedir subirme?

—El menda, y espérate no te de un empujón y tengas que volver a pata, chivato asqueroso.

Viendo la marea que se le venía encima, Joselillo ció y se parapetó en su silencio habitual. No hablaron más hasta que casi habían llegado a su casa, que fue cuando Venancio recordó su amenaza.

—Ya sabes, si no quieres cansarte, achanta la mui.

—Eso será si me da la gana, imbécil.

—¿Imbécil? —. Tras la pregunta vino el empujón, y Joselillo dio con sus huesos en tierra.

Se hizo daño, pero su orgullo tan herido como su rodilla, le hizo levantarse, y con lágrimas en los ojos, que ocultó a su hermano, corrió hasta la cercana casa en la que desapareció. A Venancio le tocó desenganchar a Perla y ocuparse de ella, así como descargar y limpiar el carro, por lo que llegó tarde a la mesa. 

El tío Eliseo era muy estricto en este punto. Le gustaba que se comiera en familia y presidir la mesa. La idea que este hombre se forjara de joven no impediría que se responsabilizara de dos chavales y una mujer con la que no tendría trato carnal. La muerte de su hermano menor echó al traste los planes de irse a la capital y encontrar allí más comodidades y un trabajo menos esclavo que el de agricultor. Había asumida esa obligación al prometérselo a su hermano en su lecho de muerte. Y cuántos días se arrepentiría de haber contestado que sí a la última pregunta que le hiciera su hermano. Hombre de palabra, nunca pensó en no cumplir lo prometido. Pero ello no evitó su dolor por sentir que la vida que vivía era la de su hermano y no la suya. Llevaba a los chicos más derechos que una vela. A la mujer no hacía falta decirle nada. Cumplía en exceso sus labores, agradecida de que sus hijos tuvieran donde caerse muertos y un futuro, que si bien no era de príncipes, sí les permitiría ganarse el pan. 

—Estábamos esperando a que el señor marqués tuviera a bien sentarse a la mesa. ¿No sabes que en esta casa se come siempre  la misma hora?

—Perdone tío, es que he tenío que hacer yo todo solo. No sé donde estaba el vago este —. Venancio sumó al insulto un pescozón en la cabeza del hermano.

—El vago, como tú le llamas, estaba contando al tío Eliseo tus andanzas en la capital.

—Lo que tenía que hacer Joselillo es ayudar más y meterse en sus cosas.

—A mí no me contestes así, Venancio, que te quedas hoy con hambre.

—Eliseo, por favor —quiso interceder Lorenza por su hijo.

—Calla mujer, aquí se hace lo que yo digo, y que yo sepa, nunca he dicho a naide que pué dejar el puesto solo y ponerse a besar zagalas. Vamos digo yo. ¿O no?

—No, tío, le pido otra vez perdón. No volverá a pasar —la mirada que echó a su hermano fue de las que matan. Y por como se sucedían los acontecimientos, Joselillo ya se arrepentía de haberse ido de la lengua. Se sentía más cómodo del lado de su madre y de su hermano que del otro que ahora sufría.

—Bien, así nos entenderemos mejor. Hasta el domingo, cargas y descargas tu solo. Este que se ocupe sólo de la Perla. Y si llegas otra vez tarde a comer, te quedas en ayunas. ¿Estamos? Pues a comer que ya sa hecho tarde, cojona. Venga, Lorenza, sirve, haz algo.

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Al tercer día la Gertru abrió los ojos. Y por la tarde ya sabría que el fruto de su violación se había perdido. La noticia le sumió en un estado de indolencia lógico. No recordaba nada de lo que había pasado. Los médicos la informaron de que había perdido mucha sangre y que le habían practicado un legrado, pero que eso no impediría tener otros hijos. También le informaron de que, aun con riesgo para su vida(1), habían tenido que hacerle dos transfusiones de sangre, una de su amiga y otra del caballero que la visitaba todos los días. Una vez que los cirujanos se fueron, la Reme, que había estado presente durante las explicaciones, quiso animar a su amiga, siempre con la crudeza que la ignorancia dota a los consuelos.

—Ves, todo va bien, Gertru. Además, tas quitao un poblema dencima. Que se jorobe el señorito ese, que su mal linaje no continuará. Así que tranquila y a ponerte buena. 

La Gertru seguía conmocionada por el accidente, por las noticias que recibía y por los comentarios que le hacían. 

Don Mauro la visitaba todos los días y algunos aparecía con flores, otros con bombones que la accidentada no probaba. La Reme los repartía a todos los de su alrededor, sin distinción de cargo o estado. Hasta el punto que se ganó en el hospital el apodo de la Bombonera.

—No traiga usté más, don Mauro. Ella ni los prueba. Los tengo que repartir por ahí pa que no sestropeen. Y, además, deben ser mu caros…

—No importa, Reme. 

—Las flores sí parece que lalegran. A ver si la ve usté un día despierta, aunque es difícil, anda to el día adomorrá, como si no quisiera despertar.

Y la percepción de la Reme era más exacta de lo que a primera vista pueda parecer. La mente de Gertru no entendía ya las agresiones que su cuerpo sufría, hasta el extremo de que una desconocida le hubiera tirado por unas escaleras. Tampoco entendía la incongruencia de quedarse embarazada a la fuerza y de perder un hijo que aún no sabía si quería o rechazaba. En una mente simple, en el buen sentido de la palabra, esos sentimientos implicaban caos. Y ella huía del caos de una forma inconsciente y simple a la vez, no se levantaba del suelo donde cayera después del incidente con doña Elvira. Y de ese alebrarse le rescataría el cariño de la Reme, de la señora Casta y de don Mauro. Sin esa relación de amistad, fraternidad y maternidad que nada exige, la Gertru no hubiera salido adelante. Por otro lado era asturiana, y como dicen los mineros asturianos: sólo nos arrodillamos ante Santa Bárbara. 

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 Don Cirilo llamaba la atención en los puestos que compraba por ser el único varón que lo hacía. Le llamaban el Pintor, porque a las persistentes miradas a sus manos manchadas, él respondía con un breve "es que pinto". Y la verdad es que en es, y en otros muchos sentidos, era una persona muy descuidada. Cuando volvió de la compra encontró a su mujer montando la labor sobre el bastidor arreglado.

—¿Te va bien?

—Sí, sí, muchas gracias. Fenomenal. Pero no me toques los trapos que tengo en la alacena. esos solo los toco yo. Si quieres algo, me lo pides, por favor. Me voy a la salita a bordar que ya he acabado de planchar, aunque no sé porque no lo doy fuera.No sé yo qué hubiera pasado si en vez de a ti, me hubiera dicho el médico a mí que no hiciera esfuerzos de ese tipo. Bueno, sí lo sé, que la tonta seguiría planchando. 

—Carmina, venir cargado del mercado casi todos los días no es...

—Eso es un paseo, si no fueras a la compra, no saldrías de casa nunca con tus libros y tus pinceles. Hay que ser positivo, ver los vasos medio llenos, no medio vacíos, como haces tú. Ay, sin mi alegría esta casa parecería la funeraria. A mí la vida me pide más, y nunca me llevas a ningún sitio.

———— o O o ————

Doña Consuelo sufrió mucho la ausencia de la pareja de jóvenes. Ella y la Susana no eran suficientes para sacar el trabajo adelante. La chica, que ponía todo su empeño y tiempo, carecía de la experiencia para ser totalmente productiva, y ella y su vista por lo contrario. No eran lo que habían sido antaño. Por ello hubo de acudir a talleres para no dejar en la estacada a sus clientas. Aunque alguna protestara por el resultado de los trabajos que "no son de la calidad con la que me tiene acostumbrada, doña Consuelo". Por otro lado, también las echaba de menos por la escasez de información que sufría. En Madrid, y sobre todo en el barrio, no se hablaba de otra cosa que del crimen de la calle Españoleto. Y ella sabía que las jóvenes sabían. E intuía que el accidente de la Gertru estaba relacionado con él. Era mucha casualidad que las dos desgracias no fueran de la mano. Egotista ella, en sus meriendas sabatinas le gustaba destacar, ser el centro y sabía que sin información no lo sería. Incluso acudió a la tía de su aprendiza sabedora de ésta manejaba como nadie la información de la calle y de la policía. Por algo estaba casada con un guardia. Pero la señora Patro, en esta ocasión, sabía poco. La policía no se explicaba los motivos que habían llevado a don Jacinto a llevarse por delante, y de esa manera, a su mujer. Aunque sí entendían el suicidio, como todos. Y como todos obviaron a la Gertru, que acaso, su testimonio podía arrojar alguna luz a los motivos del salvaje crimen. Y tampoco tuvieron la intuición de doña consuelo, porque, entre otras cosas, no eran conscientes del accidente de la joven. En el parte que el hospital mandó a la policía sólo se especificaba que los daños de la paciente antes citada, se habían producido "como consecuencia de una accidente en las escaleras de su domicilio". Y la Gertru seguía empadronada en la calle Luchana veintidós. 

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—Hijo mío, tu tío, desde la desaparición de tu padre, se ha hecho cargo de nosotros —decía Lorenza a Venancio—. Sé que no es un hombre fácil, pero yo sola no hubiera podido criaros a tu hermano y a ti. A no ser por él, seguramente hubierais acabado en la inclusa o en otro sitio peor. Tío Eliseo tiene sus rarezas y su forma de ser, como tú o como yo, pero no es malo. Siempre ha buscado lo mejor para esta familia.

—No madre —contradijo Venancio a su madre—, siempre ha buscado lo mejor para él. No es normal que desde que padre no está, no hayamos visto un real. Ni usté ni nosotros. Y yo sé lo que lentrego tos los días de la venta en Madrí, al cabo de un mes esos dineros no son una miseria, se lo aseguro. No soy tonto y los pocos años que pisé la escuela del pueblo, me dieron paprender la suma y la resta. Y por otro lao, ¿por qué me sacó a mí? ¿Y por qué Joselillo no ha ido nunca a la escuela? No, madre, no. Nos puso a trabajar como burros desdel primer día. No busca nuestro bien, sino el suyo. Es un ruin y un egoísta. Si padre estuviera con nosotros…

—Hijo, piénsalo bien. Comemos tos los días, no nos falta abrigo…

—Si usté supiera lo que echo de menos a padre.

—Hijo —Lorenza abrazó a su hijo—, lo siento, yo no he podido cumplir ni siquiera mi papel de madre. Tentiendo, ¿cómo no voy a entenderte?, si tu padre para mí era el sol que salía todos los días. Desde que nos conocimos en La poza, donde yo lavaba la ropa, hasta el día que se fue no existió otra cosa que él. Por eso caí enferma cuando noté su falta. Así que, por su memoria, ten paciencia, Venancio, por favor, ten paciencia. Queda poco pa que seas mayor dedad(2). Aguanta hijo, aguanta.

—Ya veremos, madre.


De diarioprogresista.es

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Por fin, un mediodía, don Mauro encontró despierta a la Gertru, que poco a poco volvía al mundo de los vivos. La anemia cedía poco a poco y comía como un pajarillo, pero empezó a comer. Otro signo de mejoría según los doctores.

—Qué alegría, Gertru. Qué alegría poder ver esos preciosos ojos otra vez. 

—Gracias, don Mauro. Es usté mu amable.

—Y mu cortés —apoyó la Reme.

—Habíamos quedado en tutearnos. ¿No te acuerdas?

—No mucho.

—Entonces, tampoco te acordarás de lo que hablamos en el simón, en el viaje de vuelta de la verbena, ¿no?

—Algo, pero mis recuerdos se van y se vienen.

—Bueno, ahora no te preocupes por eso, lo importante es que te recuperes del todo y te manden para casa. La señora Casta te manda muchos besos y mucho ánimo. También me han preguntado muchos vecinos y, en particular, las señoritas del tercero, quieren que sepas que rezan todos los días por ti y por tu recuperación.

—Déles usté las gracias, por favor. Son mu amables y cariñosas, sobre todo la señorita Paulita. Y al resto también. Y a usté, que sé que viene tos los días porque me lo ha dicho ésta, no sé qué decirle, por eso y por las flores. Son mu bonitas. Pero no traiga más, ya no caben. Ni la Reme ni las enfermeras saben dónde ponerlas ya. 

—No te preocupes, también me ha dicho ella que te alegran, que te gustan.

—Y tampoco traiga bombones. ¿Sabe cómo llaman aquí a la Reme?

—Sí, me lo ha contado.

—Pos eso. ¿Y cómo anda Juanín?

—Hecho un bicho —contestó sonriendo don Mauro.

—¿Y la Servanda?

—Bien también. Te manda recuerdos cariñosos. Si se me olvidan me mata. Ya la conoces.

Don Mauro fue prudente. Estaba tan intrigado como el que más por conocer qué había ocurrido aquella desgraciada mañana, pero no preguntó a Gertru. Decidió que si ella lo quería contar, bien, y si no, pues no le importaba a nadie. Ese recuerdo sería doloroso para ella. Él había atado cabos, pero no tenía nada seguro. Todo eran elucubraciones subjetivas. Había declarado, como Servanda, dos veces ante la policía. Y, de tanto preguntarle lo mismo, había conseguido formarse en su mente un cuadro de lo que podía haber ocurrido y suponer los motivos que habían llevado al teniente a cometer semejante tropelía. No conocía mucho a las dos víctimas mortales, a pesar de ser vecinos de rellano, pero se hacía una idea de la forma de ser de cada uno por lo que había leído entre sus saludos en la escalera, y en boca de todos andaba la historia de la pérdida del hijo en común, por lo que sentía cierta pena y acercamiento a ellos. Pero al fin y al cabo, su conocimiento del asunto no era preciso.  

———— o O o ————

A Venancio se le juntó todo. La discusión con su tío, la charla con su madre y la desaparición de la Reme. No entendía que después del furtivo beso, la que ya consideraba como novia, no apareciera más por el mercado. Se había enterado, cómo no, del ya famoso Crimen de la calle Españoleto, pero eso no tenía nada que ver con la Reme. Lo único positivo de esos días había sido recuperar el apoyo de su hermano que, tras presenciar la discusión familiar, y seguramente aconsejado por su madre, se sintió tan mal que, a su manera, le había pedido perdón por su chivatazo, y se había ofrecido a hacer frente común contra la dictadura del viejo labriego.

—Es que tú me diste un empujón que no veas, Venan. Anda que no me dolió la rodilla esta. Pero tío Eliseo es malo, mis amigos no viven como yo. No trabajan tanto. Y eso que el padre de algunos dellos también tié huertos, como el tío. Además, los domingos les dan alguna perra. Y a nosotros na de na. Lo único que nos da el tío miseria es trabajo y broncas. A mí también me tié jarto con tanta regañina por na y por to.

—Joselillo, los huertos del tío Eliseo también son nuestros. Que no se te olvide nunca. También eran de padre, y si padre no está, son nuestros, de madre, tuyos y míos. Y los frutos que den, porque nosotros los trabajamos, también son nuestros. Así que si los vendemos, los reales también son nuestros. ¿Entiendes? No digo que no sean dél, pero nuestros también.

—Sí, es un poco lioso, pero lo entiendo. ¿Tú crees que padre volverá algún día, Venan?

—No lo sé, José, no lo sé. Pero a mamá le vendría muy bien queso ocurriera.

—Toma, y a mí, no te fastidia.

—Venga, no te pongas triste. Madre no debe vernos malamente.

—Vale. Pero tú le conociste.

—Pero macuerdo una miaja na más.

—Cuéntame algo dél, mamá secha a llorar cada vez que se lo digo.

Y Venancio contó a Joselillo, ya en adelante José porque su hermano así lo entendió, lo poco que recordaba de su padre. De esa forma, los recuerdos del mayor, también pasaron a ser del menor, y éste que era más soñador, los explotó más y de mejor manera. Se inventó planes que hicieron sonreír incluso a su madre. Realmente fue el que mantuvo viva la idea de que algún día volverían a ver a Cornelio el Rana, como se le conocía en el pueblo, por su afición a cazarlas y comerlas.

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Don Mauro se ofrecería a que Servanda se hiciera cargo de la Gertru durante su recuperación, pero la señora Casta, tras explicar que a su hija y a ella les sería muy difícil, contó al caballero que las señoritas del tercero derecha, se habían adelantado a su ofrecimiento y con insistencia, para lo cual habían argumentado que la convaleciente no perdería el tiempo y se distraería con las letras y los números que ellas le enseñaban.

—Bueno será. Dígales entonces a esas buenas mujeres que Servanda les subirá la comida para las tres a diario. No me sentiría bien si no participara en su recuperación. Al fin y al cabo, intuyo que a Gertru no le dio tiempo a decirme que sí. Al menos esa es la impresión que uno tiene.

—¿Pero usté lo ha pensao bien?

—Pensar, pensar, señora Casta, no he pensado mucho, la verdad. Mi padre decía que todas la decisiones importantes de su vida las tomó con el estómago, no con la cabeza.

—Usté sabrá, pero le van a poner como hoja de perejil(3). Además, usté no es de su clase…

—Para las cuestiones del corazón poco importan las clases, incluso no existen. Y para los otros asuntos no deberían existir.

—Bueno, entonces, quedamos en eso. La señorita Pepita ya ma dicho que han preparao una alcoba para cuando la Gertru salga del hospital. Y Servanda les subirá la comida. Yo me hago el cargo de las cenas, y la Reme de hacer los mandaos y de acompañarla cuando pueda.

—¿Son como uña y carne, verdad?

—Ya lo creo. No era bueno pa mi Reme que la su mejor amiga fuera su madre. Hay cosas que se necesitan decir que una madre no debe oír. Además, yo creo que la una por la otra y la otra por la una, se hacen bien las dos.

—Sí, ambas son buenas personas.

—A ver si mi hija tié la misma suerte que su amiga.

—Gracias por lo que me toca. Pero seguro que sí, ya lo verá.

—Ya… Anda enamoriscá dun frutero del mercao dOlavide. Veremos que sale de bueno dahí.

—Yo conozco al mozo, nos encontramos al salir de la verbena de Atocha  y volvimos juntos, bueno, no, pero pude cruzar con él algunas palabras. Me pareció un buen muchacho, decidido y con cierto orgullo.

—Si mi Jesús, quen gloria esté, viviera, seguro que ya se había echao a la cara a ese Venancio. No lo parecía, pero vivía pendientito della. Más que de mí, fíjese. Que no le tocaran a su niña… Todavía pienso en que fui yo quien sempeñó en que saliera esa noche a por agua de cebada—. A la señora Casta se le nublaron los ojos a la vez que se le acababan las palabras.

—Tranquila. Usted no tuvo la culpa, fue un desgraciado accidente. No piense usted más en eso. Mire, si usted lo considera oportuno, me echo yo a la cara a ese joven y luego le cuento. ¿Le parece? —. La señora Casta afirmó con la cabeza—. Pues no se preocupe, mujer. Así lo haremos.

—Gracias otra vez, don Mauro. Muchas gracias.

—Guárdeselas para usted, que es quien más las merece. Lo mío, al fin y al cabo son dineros. Y de eso, gracias a mis padres no han de faltarme.

—En eso de que sólo son perras no estoy dacuerdo, pero dejémoslo ahí, que ya se hace tarde. Adiós, don Mauro.

—Hasta mediodía, señora Casta. Y no le dé vueltas al magín. 

[Continuará]

(1)Si bien las transfusiones datan de muy antiguo (siglo XVII) no fueron seguras hasta que en 1901 Karl Landsteiner descubrió los grupos sanguíneos y posteriormente en 1940 el sistema Rh. A partir de 1914, y gracias a un médico argentino, Luis Agote, que encontró un método de conservación de la sangre y se pudo almacenar. Fuente: varias.

(2)La mayoría de edad en aquel momento en España se alcanzaba, para los varones, a los 23 años. Fuente ESTATUTO JURÍDICO DEL MENOR: EVOLUCIÓN HISTÓRICA de Luis Manuel Rodríguez Otero.

(3)Según José M. Sbarbi, poner a alguno como hoja de perejil es "maltratarlo de palabra, y más comúnmente, de obra, aludiendo, según la mayor probabilidad, a las puntitas que tienen las hojas de esta planta, las cuales parecen haber sido picadas con algún instrumento cortante". Fuente Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

XXI
(La publicada la semana pasada que sigue a la anterior no publicada)

—Parece que nos damos prisa, ¿eh? Llenar la andorga nos trae cuenta, ¿no? Eso es lo único que tira más que una manceba. En hablando deso, Venancio, ¿cuándo conoceremos a la del beso, porque si las besao será por algo. No me digas queres desos que van de flor en flor y nunca asientan la mollera… —. Como quiera que Venancio no contestara, el tío Eliseo insistió—. Eh, zagal, que lestoy preguntando a usté. Ta comio la lengua el gato(1) o ¿qué?

—No tío, estaba pensando en mis cosas.

—Mía tú, el enamorao piensa. ¿Qué, cuándo vamos a conocer a ésa?

—Ésa se llama Remedios.

—Pues a ver si se los pone a tus males —río el tío de su ocurrencia—. Tiés que traerla pa que tu madre la conozca. Supongo que será fuerte. Si va a formar parte de esta familia deberá tener mi bendición. Y espero que sea de nuestra calaña y no una señoritinga desas del quiero y no puedo, porque la quiebro.

—Pero, tío, la Reme y yo todavía no hemos hablao de casamiento.

—¿Y a quésperas, bobalicón? ¿A que otro sadelante? No nos vendrían mal otras dos manos, aunque supongo que también tenga boca que alimentar.

—Y tampoco quisiera yo que se deslome con lazada.

—To lo que entra vivo bajo este techo tendrá que ganarse lo que se coma. ¿O es quesa Reme es menos que tu madre?

—Eliseo, deja al chico, tos hemos sío jóvenes —terció Lorenza.

—No importa madre. Y no, ni es menos, ni más quella. Pero lo que siempre he soñao es irme a la capital. Casi paso allí más tiempo que en este pueblo de mala muerte que no me gusta na, ni las fiestas de la Virgen siquiera.

—¡Amos que…! Repudiar de la tierra aonde tan parío y que te da de comer… Y has de saber, que si te vas desta casa, te llevarás lo puesto. Así que ya lo sabes, Venancio. Esto es lo que hay.

—¿Y to el dinero que lentrego yo a diario de lo que vendemos en Madrí?

—Eso no da ni pa lo que os coméis.

—No creo yo queso sea así. Además, los huertos y esta casa también eran de mi padre. Y de to la vida los hijos han tenío lo de los padres.

—¿Ahora viés con esas? Ya no tacuerdas que quien ta dao de comer ha sío tu tío y no tu padre, igual que a éste vago. ¿Quién sa partío los lomos en esos huertos que tú dices, pa sacar adelante a dos mocosos y a una medio mujer, questá más días enferma que sana?

—A madre no la meta en esto, si no, saldremos mal.

—Como si fuera mentira lo que dice el tío Eliseo —retrancó un poco el tío que vio las orejas al lobo reflejadas en la corpulencia de Venancio.     

—No, señor, usté no miente. Pero eso no le permite quedarse con lo que no es suyo.

—Mío es porque yo lo he trabajao y era de mis padres, desagradecío. Y que sepas que no sólo seredan los campos, también las obligaciones, con que en el lote van la enferma y el vago, y ya sabes, nadie quiere alhajas con dientes(2)… Y de lo otro, a ver lo que sacas, ya mencargaré yo de que sea na, por éstas—y se besó el dedo pulgar cruzado con el índice—. Y no sé de aonde vas a sacar las perras pa los leguleyos. Y piensa que tu padre sólo está muerto pa nosotros, pa los de lalcaldía todavía está vivo. Tién que pasar algunos años pa que le den por muerto.

La comida acabó como el rosario de la aurora(3). Lorenza aguantó porque tenía que recoger y fregar, pero, entre sollozos, lo hizo todo menos comer. Los tres varones sí comieron, pero ya en silencio y con mucho enfado. Tardaron poco en hacerlo y cada uno se fue a sus obligaciones, aunque José se escaquearía un rato en la caballeriza con Perla y soñó que llegaba su padre y ponía a cada uno en su sitio.


El Rosario de la Aurora, Grabado de José García Ramos, 1894

———— o O o ————

Doña Consuelo mandó recado con Susana a casa de la señora Casta para advertir que no podía estar sin Reme. Que si no volvía al trabajo habría de buscar a otra operaria, porque ya era mucho tiempo y le faltaban cuatro manos. Que esperaba que lo entendieran, y que la vida seguía como un río que todo lo atropella.

—Dile a tu jefa que mañana irá la Reme. Que no se preocupe y que si quiere darla trabajo pa mí, que se lo dé. Ya sacaré tiempo de donde sea. Y que será gratis durante un mes. Más no. ¿Queda claro?

—Sí, señora Casta. Gracias, señora Casta. Y lo siento. Yo de momento poco hago, aunque aprenderé.

—Niña, tú no tiés la culpa. Anda, ve con Dios. 
———— o O o ————

La Gertru fue liberada de su reposo absoluto bajo la tutela del doctor Ullastres a petición, naturalmente, de su amigo. Ella había expresado su hartazgo del hospital a pesar, como ella misma dijera, del "cariño con el que todos me han tratao aquí". El doctor se acercó a la calle Españoleto, esta vez al tercero derecha, y dejó claro a las señoritas que se iban a encargar de su cuidado de cómo debería ser éste. El médico también habló con la señora Casta y la puso al corriente.

Gertru llegó a casa en coche de punto acompañada de la Reme y don Mauro. La señora Casta esperaba impaciente en el umbral del portal y la recibió con gran efusión y grandes alharacas.

—¡Ay, Dios mío, mi niña! ¡Qué buena cara traes, Gertru! ¡Qué alegría! Dame un beso, hija. ¡Qué ganas tenía de verte! ¿Te han tratao bien? Sí, por la pinta que traes, seguro. ¡Dame otro beso, hija mía! —toda esta retahíla de cariños los recibió la Gertru con una gran sonrisa en la boca y sin saber qué decir. 

—Vamos, madre, que no pué estar mucho tiempo de pie —hubo de cortar la Reme—, y todavía le quedan las escaleras. Luego la abraza todo lo que quiera. Anda, vamos, Gertru. Despacito, ¿eh?

—Gracias, señora Casta. Yo también malegro mucho de verla.

Después de despedirse de don Mauro y dejar a la portera en su tabuco, la pareja de jóvenes inició la lenta subida. Ya en el segundo piso, a la Gertru le sorprendió que la Reme dijera que ya casi habían llegado, pero entendió que exageraba para darle ánimos. Pero a falta de un tramo de escaleras, para llegar al tercer piso, su amiga volvió a descolgarse con un "Ves, ya hemos llegao".

—¿Es que os habéis cambiao al tercero?

—No, sólo tú, y temporeramente.

—¿Cómo que sólo yo?

—Te van a cuidar la señorita Pepita y la señorita Paulita.

—¿Y eso?

—Pu
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Quizá ya has hecho metros y kilómetros de bies, pero igual aún no te has animado. Para las que no se hayan estrenado en este arte, o lo intentaron y no lo consiguieron os dejo este vídeo por si os pud ...

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El coletero no ha sido lo peor, lo peor siempre está por venir. Ahora va y se la ocurre hacer una diadema. Pues si!!! Habrá que disimular los pelos!!! Madre mía!!! Hoy he ido a la compra, me he encont ...

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¿Quieres empezar a leer desde la primera entrada? Pulsa aquí. Entre puntada y puntada XXI ?Parece que nos damos prisa, ¿eh? Llenar la andorga nos trae cuenta, ¿no? Eso es lo único que tira más que unas tetas. En hablando deso, Venancio, ¿cuándo conoceremos a la del beso, porque si las besao será por algo. No me digas queres desos que van de flor en flor y nunca asientan la mollera? ?. Como quiera ...

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¿Quieres empezar a leer desde la primera entrada? Pulsa aquí. ¿Te has perdido los anteriores? Pulsa aquí. ¿Quieres ver todos los personajes? Pulsa aquí. Ten en cuenta que antes de esta entrega se ha publicado otra a las 01:30 horas corrigiendo un error de orden de publicación, que lógicamente aparecerá debajo de este post. Entre puntada y puntada XXII —Buenos días, madre. —Uy, qué temprano se leva ...

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¿Quieres empezar a leer desde la primera entrada? Pulsa aquí. Si quieres conocer a todos los personajes pulsa sobre este texto. Entre puntada y puntada XIX Y el caso es que el día no empezó mal. Reme, después de exponer sus dudas sobre Venancio a Gertru antes de ir a dormir, salió muy temprano de casa y se encaminó al mercado de Olavide, sin pensar en otra cosa. Como su madre, ella no podía dejars ...

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¿Quieres empezar a leer desde la primera entrada? Pulsa aquí. Entre puntada y puntada XV Volvía don Mauro de la fábrica, pero no como fuera. Parte de aquella alegría se había trocado en dudas, aunque la ilusión empujara lo suyo. A pesar de haber cortejado ya a una mujer, Carmen, este hombre cabal no se sentía cómodo en esas lides. Además, pensaba que la relación con su anterior mujer había sido de ...

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¿Quieres empezar a leer desde la primera entrada? Pulsa aquí.¿Te has perdido los anteriores? Pulsa aquí. ¿Quieres ver todos los personajes? Pulsa aquí. Entre puntada y puntada XXV De spaincenter.org Después de hacer y firmar con una equis su declaración, Venancio salió del cuartelillo y, cabizbajo, comenzó a andar seguido por la borrica de la que tiraba. La Perla, dócil, parecía entender las circ ...

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¿Quieres empezar a leer desde la primera entrada? Pulsa aquí. ¿Te has perdido los anteriores? Pulsa aquí. Si quieres conocer a todos los personajes pulsa sobre este texto. Entre puntada y puntada (XXVIII) —Gertrudis, quería hablar contigo porque Balín, del que me fío mucho, me ha hecho llegar lo que se habla en la fábrica, entre los operarios. Normalmente no lo hace, ni yo le pregunto, claro. Per ...

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Entre puntada y puntada PERSONAJES (en orden alfabético) (Idea de Ligia) Última actualización: 22/06/2015, 19:57 Leyenda: En rojo. Protagonistas. En azul. Personajes destacados. En negro. Personajes secundarios. Adela. Mujer de don Mauro fallecida en la epidemia de gripe de 1918-19. Madre de Juanín. Anselmo, el. Se cree novio de Gertru. Un gachó un tanto macarra y mujeriego. De profesión ladrón, ...

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¿Quieres empezar a leer desde la primera entrada? Pulsa aquí. Entre puntada y puntada XIV ?Madre. ?Qué ?contestó cansina la señora Casta que fregaba en la pequeña pila. ?¿No hace falta comprar verdura o fruta? ?Sí, claro. ?¿Voy? ?También hace falta leche, huevos, carne, pescao... ?Con más motivo. Venga, marreglo una pizca y voy a Olavide ?. Contestó la Reme ya delante del espejito clavado en la pu ...

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¿Quieres empezar a leer desde la primera entrada? Pulsa aquí. ¿Te has perdido los anteriores? Pulsa aquí. ¿Quieres ver todos los personajes? Pulsa aquí. Gracias a mi hijo, en esta entrega incluyo una novedad en cuanto a formato. A mí, me era muy incómodo encontrar una llamada [(1)], bajar con el cursor a leerla y luego tener que volver al texto y encontrar por donde continuar el relato. Así que, s ...

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Si quieres leer desde la primera entrega pincha aquí. Entre puntada y puntada VIII Según vuestros votos que se editan al pie Google maps, composición propia En el momento en que las dos miradas masculinas confluyeron en Gertru, los acontecimientos se precipitaron. Don Mauro, desde el último rellano de la escalera por bajar, observó, estorbado por Gertru, cómo alguien salía precipitada y mágicamen ...