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Relatos de COSOQUETECOSO (XXVIII)

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Entre puntada y puntada 

(XXVIII)

—Gertrudis, quería hablar contigo porque Balín, del que me fío mucho, me ha hecho llegar lo que se habla en la fábrica, entre los operarios. Normalmente no lo hace, ni yo le pregunto, claro. Pero el lunes pasado me pidió permiso para hacerme una pregunta. Le contesté que podía preguntarme lo que él quisiera, sin prometerle que sabría la respuesta adecuada. Su abuelo sirvió a mi padre durante muchos años con gran abnegación y dedicación. Bien, pues, ni corto ni perezoso va el crío y me pregunta que si tengo novia.

—¡Uy, qué atrevío ese Balín!—No, no creas que es un descarado. Esa pregunta fue más fruto del cariño y la ingenuidad que de una mala educación. Balín es la persona que, tras Servanda, más me respeta y me defiende. De la misma forma, aunque algo sorprendido, le pregunté porqué me lo preguntaba. Y él, tan fiel, me contestó que en la fábrica se hablaba que lo del puro y la flor era porque me había echado una querida. Que el domingo anterior me habían visto con una modistilla, que bien podía ser mi hija, aunque me cuidaba muy mucho de que me vieran en público con ella. Y estaba preocupado porque no podía defenderme, que Genaro juraba y perjuraba que lo había visto con sus propios ojos, y que si no, se lo preguntaran a su mujer, que también lo había visto todo.

—¿Y no es verdá, no? —Preguntó Gertru con toda su candidez y falta de maldad.

—En parte sí, y en parte no —. La cara de asombro de la joven hizo sonreír a don Mauro—. ¿Sigues sin creerte que eres tú la que ha puesto patas arriba mi vida?

—Desde ayer que hablé con la Reme no. Pero, entonces, la querida soy yo, ¿no? Aunque eso del puro y la flor no sé lo qués.

—Eso no tiene importancia, fue una pequeña celebración mía, cuando me dijiste que me dabas una oportunidad. Y la querida no eres tú, Gertrudis.

—¿Ah, no? volvió a sorprenderse Gertru.

—No, para que haya una querida debe haber dos mujeres en la vida de un hombre. Cosa muy normal y muy sabida entre la gente que compone la alta sociedad madrileña. Si se trata de querido, entonces es por el esnobismo de una mujer, normalmente madura. En el caso de ser una querida, da prestigio, tanto al hombre que la disfruta como a la mujer que la sufre. 

—Pos si menterara yo de que mi marío tiene querida, lesarrancaba los pelos a los dos. 

—¿Eres celosa?

—No lo sé, pero engañar a alguien que te quiere está mu feo porque laces mucho daño. Y no sé yo porque una hembra va estar orgullosa de compartir su hombre. Yo lo querría sólo pa mí.

—Eso es ser posesiva, Gertru. Pues bien, te lo cuento, no por mí, que hablen de mí a mis espaldas, me da igual, siempre lo han hecho y lo seguirán haciendo, pero no me gusta que hablen sin respeto de la mujer que amo, y que si ella quisiera sería mi esposa. Y para que no te confundas, te diré que esa persona eres tú, Gertrudis.

—Ah, claro. ¿Me amas?

—Sí, te amo.

—¿O sea, que no sólo me quiés?

—No, cada vez que te conozco un poquito más, crece mi amor por ti. Eres maravillosa, Gertrudis.

—Pos no te procupes, Mauro, a mí tampoco mimporta que hablen de mí, mientras que sea por lo que me dices, mía tú, lo que mimporta, un bledo.

—Pero a mí sí, como te he dicho.

—Lo que no sé es cómo quieres acabar con esas mentirosidades

—Sería muy sencillo, pero te comprometería a ti.

—¿Qués comprometería?

—Comprometer, en este caso, sería algo así como prometer que vas a hacer una cosa por mí en público.

—Pos ya sabes que la Gertru por don Mauro hace lo caga falta.

—Ya, pero eso nos lleva al agradecimiento otra vez, no al amor. Son dos cosas distintas. Yo no quiero que te comprometas a nada conmigo por gratitud.

—Ay, Mauro. Yo no sé, yo estoy mu agradecida a la señora Casta, pero no es lo mismo que siento por ti, bueno, sí, pero sólo a veces, ¿no? Estoy hecha un lío, como una madeja, aunque ayer con la Reme lo vi mu clarito. A ver, ¿qué habría cacer pa que la gente se callara?, y que conste que a mí mimporta poco, pero como a ti sí...
—Pues habría que anunciar nuestro compromiso matrimonial.

—¿Nuestro compromiso qué?

—Sí, decir en público que somos novios y que en un futuro nos vamos a casar, así nadie podrá verte como una cualquiera, sino como una señora, que es lo que eres en realidad.

—¿Pero, tú quieres hacer eso?

—Lo que importa es lo que quieras hacer tú. Yo me casaría mañana mismo contigo.

—Pero mañana no puedo. He quedado en subir a casa de la señorita Paulita y en ayudar a la señora Casta —respondió preocupada Gertru.

—Mira que te tomo la palabra, chiquilla —sonrió tiernamente don Mauro—. Es una forma de hablar, si anuncio que somos novios asumes que te vas a casar conmigo, ¿lo entiendes?

—Sí.

—¿Y qué contestas, te quieres casar conmigo? Yo creo que ya me conoces lo suficiente, y Juanín tendría por fin una madre.

—Entonces digo que sí, Mauro.

Aquel hombre recogió entre sus grandes manos la preciosa cara de la joven y le acercó sus labios, ella se empinó levemente y depositó un pequeño beso allí donde le llevó su instinto. De regreso a casa, don Mauro expuso a Gertrudis la conveniencia de tener una foto reciente suya para enviar a las revistas y a algún diario, junto con una suya y así hacer gráfica la noticia del compromiso. 

—Si no tengo más cuna que micieron mis padres en la quintana, apenas tenía yo tres años. No, ni eso a lo mejor.

—No te preocupes, yo hablaré con el fotógrafo, ahí en la calle Fuencarral, 6, Te acordarás? Sólo tienes que ir. Y no hace falta que te arregles ni nada. Nadie se va a fijar en tu vestido con lo guapa que eres. ¿De qué riés?
—Que mencancan tus piropos, Mauro.—Y a mí me encantas tú, toda entera. 

—Lo ves, me hace gracia —. Gertrudis volvió a sonreír.

—Pues ríe, tu sonrisa es como Madrí en primavera.

—No sigas…, por favor.

—Vale, ya paro. Ah, y otra cosa. También se necesita el nombre de tus padres y el de la aldea donde naciste. Mañana se lo dices a las señoritas del tercero y lo escribes tú misma. ¿Qué te parece? Es una bonita tarea.

—Sí, me encantará.

Don Mauro se quedó en el primero por insistencia de Gertrudis. Hasta que no le dijo que quería estar ese ratito sola no cejó Mauro en el intento de acompañarla hasta el cuarto piso. Antes de abrir la puerta de su casa, él se paró delante de ella y le dijo:

—Nunca me había dejado una mujer en la puerta de mi casa después de salir con ella. Siempre había sido al revés —. Gertrudis sonrió en la penumbra de la escalera—. ¿Puedo? —preguntó él con la mano en su cara.

—Debes —contestó ella.Y en ese beso hubo pasión. Una vez sola, Gertru comenzó a subir lentamente las escaleras con la mano en la barandilla. Se sentía flotar y los ojos se le anegaron de dulces lágrimas que no se derramaron. Así la vio Reme después de abrirle la puerta. Y se asustó.

—¿Qué pasa Gertru?

—Que ma besao. Que soy mu feliz, Reme.———— o O o ————

—Mirad, hijas, acostaos las dos en mi cama. Esto no pué ser. Ya no sé ni qué horas son, pero así por lo menos dormiré yo un poco. Y hablad más bajito. O más alto, no sé. Por lo menos, si no duermo, que mentere de algo. Porque vaya modorreo.

—Perdone, madre. Es que la Gertru me tenía que contar muchas cosas.

—Gertru, hija, ¿has acabao ya con los cuentos de príncipes?

—Sí, señora Casta, lo siento.

—Bueno, pues entonces, a dormir todas. Entre el calor y las mosquitas muertas estas… Venga, echaros en mi cama. No sé porqué no hemos cambiao ya.

—Me da un poco dapuro, señora Casta.

—¿Y no dejarme dormir no tapura? Venga, pa mi alcoba las dos, si no saco la escoba. Y tú, Reme, a ver si coses ese camisón… 

—Mañana, madre.

—Hasta mañana, pareja. Y chitón.

Terminaron por dormirse a pesar de la emoción del primer beso de Gertru que, informada por la experimentada en esas lides, al fin y al cabo Venancio le había besado quince días antes, ese beso jamás "te se olvidará, Gertru. Como a mí". Pero antes dieron un poco más la murga a la señora Casta.

—A ti no te solvidará el del Venan, no el mío.

—¡Qué graciosa, la nueva novia! —.  Las dos rieron nerviosas.—Chissssssssss, chicas. A dormir, leñe. Si no hablo con el uno y con el otro y no hay más besos. ¿Estamos?

—Sa enfadao.

—Chis, calla, mi madre es muy capaz de hablar con ellos—. Otra vez risitas, pero estas sí fueron las últimas de la noche.

———— o O o ————

Venancio salió de la sala desorientado y sin reconocer los sentimientos que le embargaban en aquel momento. Nada más ver a su tío Eliseo esposado, derrumbado en una silla y con la cabeza caída entre los hombros, se le habían revuelto las tripas. Una arcada de bilis se le había venido a la boca y su juramento, como testigo del fiscal, se había dilatado un poco más de lo normal. Con el vaso de agua, que le llevaron, había tragado más que la hiel, y había contestado lo más sereno que pudo a las preguntas del ministerio fiscal. No había querido que nadie le acompañara al juzgado. Antes de entrar a dar su testimonio, su odio hacia el asesino de sus padres había crecido hasta extremos que jamás hubiera sospechado. De hecho, nunca había sentido antes aquel mordisco en las entrañas. Pero sentado en aquel banco de madera, a la espera de ser llamado, otro sentimiento desconocido apareció junto al odio: la venganza. Si ese momento hubiera sido aquel otro en el que tío Eliseo esgrimiera contra su madre y él aquella navaja, no hubiera dudado ni un momento en estrangularle después del botijazo. Aquella excesiva sed de justicia se saciaría para su bien en el momento de conocer la sentencia y pena que el juez impondría más adelante al reo. Pero hasta ese día, Venancio estaría rehuyéndose a sí mismo, con ideas en la cabeza que nada tenían que ver con el día a día, con Joselillo ni con Reme. Se movió como un autómata, apuñalado por la espalda por la mano de la venganza, si bien descubrió que odiaba a su tío por triple motivo, por haber segado la vida de su padre, por haber asesinado a su madre y por ser el motivo de haber sentido por primera vez el odio y la venganza. Le odiaba también por haberle inoculado ese virus en el alma; ese dolor desconocido y nocivo para su tranquilidad. Venancio no volvería a ser el mismo después de sentir aquello. 

—¿Qué tal va la mañana, José?

—Como tos los días. ¿Y tú que tal?—Bah, bien. Lo malo es que tenío que ver al tío. Pero contar la verdá es mu fácil.

Poco más hablarían esa mañana los dos hermanos. Una vez recogido el puesto y de camino a la calle Españoleto, Joselillo le espetó a su hermano:

—¿Qué te pasa, Venan, estás mu raro?

—Nada, José, es questoy cansao.—Posí qués raro, si tú nunca te cansas.

—Eso que lo dices tú. Anoche estaba nervioso por eso desta mañana, lo de declarar y eso, y no he dormido mu bien que digamos.

—No te oí.

—Porque tú duermes como un ceporro —dijo Venancio con una sonrisa algo forzada en la boca y le dio un empellón al Joselillo en el hombre—. Ceporrón.

—Vete a la mierda, cansino.

Durante toda la comida Venancio habló poco. Salvo en la despedida, aquel día no dijo esta boca es mía.  Fue la única comida violenta que los cinco protagonizarían juntos. Ni la señora Casta, con su natural mano izquierda, conseguiría relajar la tensión que producía la extraña semblanza y actitud de Venancio, ni la sensación de extrañeza que vivieron todos en el chiscón de la portería. Ni tampoco la Reme, que al salir a despedir a la pareja de hermanos, acarició la tensa mejilla de su novio. Nunca volvería a ver en su cara aquel rictus desconocido para los dos. Venancio no quiso compartir ese sentimiento con nadie, y menos con Reme. Pero no podría tragárselo. Sería junto a Joselillo, en el viaje de vuelta a Huerta Baja cuando Venancio estallara y echara por la boca aquellos sentimientos que le envenenaban. Joselillo aguantó el vendaval parapetado contra la adoración y admiración que profesaba a su hermano mayor. Pero lo que oyó jamás se le olvidaría porque ponía letra a la sinfonía tétrica que sonaba de fondo al recordar a Lorenza y al añorar a su padre.    

———— o O o ————


Bargueño del siglo XIX, de anticuarium.es
—Te he dejado en el bargueño el dibujo que me pediste para el babero ese. Lo hice anoche y ya estabas dormida cuando acabé.

—Parece que me echaras en cara que esté dormida a las horas que tú te acuestas.

—Para nada, mujer. Simplemente te lo decía, como estos días habías insistido tanto.

—¿Ahora me llamas pesada?

—Mira, déjalo.

—Porque me lo tomo todo a bien, si no, cualquiera diría que buscas una excusa para meterte conmigo. Ay, si no fuera por mi positivismo, esta casa parecería un velatorio constante.

—Lo siento, pero no es mi intención. En todo caso el contrario. ¿Estás nerviosa por algo? Porque cuando estás así te pones un poco…, peligrosa.

—Voy a estar nerviosa… Pues claro, con tantas cosas que tengo que atender. Voy a escribir a mi hermana Pura. ¿Me echas la carta al tranvía cuando salgas?


Recorte del Heraldo de Madrid 14/01/1914, bajado de historia-urbana-madrid.blogspot.com.es
—Sí, no me cuesta nada.

—Eso decías del dibujo del babero, pero has tardado lo menos una semana.

—No exageres, Carmina, tres días como mucho. Y espero que no tarde eso el tranvía.

—Pues sabías que lo del babero me corría prisa.

—Bueno, lo siento, mujer, pensé que estabas con el bordado ese de las flores.

—¿Y qué piensas, que soy como tú?

—¿Y cómo soy yo?

—Que sólo puedes hacer una cosa al mismo tiempo. Mientras tú haces una, yo me hago cien bodas.

—Así te dispersas como te dispersas. 

—Pero se me puede hablar mientras estoy con mi labor, no como tú: Ahora no Carmina, ahora no, por favor.

—Hombre, porque si estoy leyendo no puedo estar escuchando. Y si estoy con los pinceles, tampoco

—Bueno, yo sé lo que me digo.

—Ah, y abre tú cuando venga Marcela, tengo que lavarme el pelo. Que se ponga a planchar, está todo en el cuarto de la plancha.

—En la cocina, querrás decir.

—Sí, hombre, sí, en la cocina, en la cocina. Todo lo ves mal, por Dios. Y si estás cuando se vaya, la pagas. Y acuérdate de la cerradura, mi llave sigue sin abrir bien. Cualquier día me quedo en la calle.

Don Cirilo pensó con una sonrisa en el semblante: "No caerá esa breva (1)", pero se abstuvo de comentarlo. Tampoco era para tanto. Sabía que los nervios de Carmina la traicionaban, le cambiaban la manera de entender lo que recibía, el más simple comentario que la incluyera lo oía como un agravio. Lo sabía, pero no acababa de entenderlo.

———— o O o ————

La alegría de Gertru se vio ensombrecida por la tristeza de Venancio y en consecuencia de Reme. Aquella tarde que, tan bien y tan alegres, habían programado en la cama la noche anterior, no se parecería en nada a la que habían pensado. Después de la costura, Gertru y Reme se acercaron a que la primera se hiciera una foto para el anuncio de su compromiso con don Mauro. Así se lo había pedido él. También, y por el mismo motivo, Gertru tuvo que darle los datos de su filiación, ya que el anuncio iba a salir en varios periódicos y revistas, y la estricta fórmula del mismo así lo requería.

—Y hasta ma preguntao de donde soy y cómo se llaman mis padres.

—Claro mujer, los de lalta sociedá dicen: Fulanita de tal y tal, hija de don Pepe y doña Pepa, nacía en Madrí, hanunciao su compropiso con don Fulano de tal… ¿No lo has oído nunca? Yo sí.—Pero no vamos a comprar un piso, Reme.

—Es igual, es lo que dice esa gente cuando sus hijos se hacen novios. A veces lo dicen hasta en la radio y to.

Al fotógrafo le costó arrancar a Gertru una sonrisa, que al final fue seria a pesar de la insistencia de aquel hombre tan educado y amanerado. Tuvo que ser Reme la que pusiera las cosas en su sitio, para lo cual, pidió al fotógrafo que les dejara a solas unos minutos.

—Mira, Gertru. Venancio está como está. No puéstar dotra manera. Lan hecho acordarse con pelos y señalesde to lo que quiere olvidar . No pretenderías que llegara a comer como unas castañuelas, ¿no? Pero se le pasará. Además, ha tenío que ver a su tío Eliseo, así le parta un rayo, y eso no la podío hacer bien tampoco. El tié questar triste, pero tú ties questar contenta, Gertru. Tan pedío que te cases, y tú quiés hacerlo. Eso es pastar contenta y feliz. No dejes que una cosa mía tentristezca. Estamos y estaremos siempre muy unías, pero cada una tié que vivir su vida. Esto que te dicho me lo dijo a mí mi madre no hace na. Y tié razón. Así que, o sonríes o no llamo al señor hasta que se pase este nubarrón. Además a tu Mauro no le va a gustar ni un pelo que salgas triste, y le vas a procupar también a él.

—Pero seguro que lo entiende si se lo contamos.—Claro, y cada vez que tengamos un problemilla, vamos y se lo decimos, ¿no? Pues vaya mujer sa buscao el pobre don Mauro. Y lamiga ni te cuento.

—Es que no me sale, Reme. No es que no quiera.

—Bueno, pues en vez de intentar poner cara de contenta, piensa en el beso que te dieron ayer. Eso te tié que sacar una buena cara, ¿no?

—Sí, esa me parece mejor idea.

—¿Entonces le digo al señor ese que pase?

—Sí dijo Gertru al sonreír a duras penas.


De lostonsite.files.wordpress.com
Al final, Gertru quedaría inmortalizada con una instantánea en la que, al verla, nadie hubiera dudado de dos cosas: de su belleza y de su felicidad, aunque un muy buen observador hubiera visto una sombra de tristeza en aquella mirada tan dulce.

—Me ha llamado esta mañana don Mauro, y me ha dicho que no las cobre a ustedes, señoras, y yo como soy un profesional, he de ajustarme al acuerdo. 

—Pero la foto me la hecho usté a mí, no a él.—Pues cuando fotografío caballos en el hipódromo no me pagan ellos, señorita. 

—Además, Gertru, él es el que nesecita la fotogracía, no tú—sentenció Reme.

El buen ejemplo, aunque un tanto grueso y el mal expresado razonamiento de Reme, cumplieron su objetivo y convencieron a Gertru. 

—Además, me ha pedido varias copias y en varios tamaños, no una sola. No va a pagar usted los caprichos de un caballero y buen cliente, señorita.

[Continuará]


(1) [Volver] No caerá esa breva. Cuenta la Historia que Cayo Ligurio, ante la posibilidad de que Anibal asediase Roma dijo al senado "ille ficus non caduturus" (no caerá ese higo) recordando los presagios de Apolo, que decían que la ciudad no sería asediada mientras la higuera de Minerva tuviera algún fruto. Al salir los senadores vieron que en la higuera, junto al altar de la diosa Minerva, aún quedaba un fruto sin caer. Éste podría ser el origen "culto" del refrán. Hay otro, más coloquial, que explica que los agricultores no dejan caer las brevas de las higueras, porque si se recolectan a tiempo, el árbol crecerá más fuerte y el higo será mejor, y este podría ser el origen"rural" . Varias fuentes. 

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