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Las locas historias de Einn: “Einn vuela a Tibet”

Continuamos donde lo dejamos en el capítulo anterior.

Tal y como dijeron los monjes, el lunes partimos hacia Tíbet. Tras muchas horas de avión y numerosas escalas llegamos por fin a Lhasa. El viaje me resulto bastante incómodo y todo por culpa de los monjes.

Unas horas antes de nuestra partida desde España, decidí que acudiría a mi última jornada de trabajo ya que llevarme al monasterio un poco de dinero extra no me haría ningún mal. Seguro que recordáis que por aquel entonces trabajaba como camarero en un club de striptease. Bueno, el caso es que se celebraba una fiesta de disfraces y los camareros tuvimos que vestirnos con unos trajes de gomaespuma que nos convertían en bombonas de butano andantes. Unas horas antes de lo acordado, los monjes se plantaron en el local y me sacaron de allí sin poder despedirme, y lo que es peor, sin poder cambiarme de ropa. Intenté de todas las maneras posibles que me dejaran volver a casa a cambiarme pero fue inútil, así que ya podéis imaginar cómo fueron todas las horas que me pase en los aviones.

En el avión.

Tuve que soportar numerosas miradas de extrañeza así como mil y una gracietas. Un pasajero llego a preguntarme si no era ilegal viajar sin el capuchón negro de seguridad que llevan las bombonas. En un momento de mal olor alguien sugirió a gritos en el avión que yo era el de los gases, con las consiguientes carcajadas generales. Incluso el capitán hizo chistes sobre mí por la megafonía, diciendo cosas como que estaba prohibido fumar en el avión y sobre todo en mi zona. Otra, que si alguien había extraviado una bombona de butano podía pasarse a recogerla por mi asiento. En fin, que fue muy molesto todo, además lo de abrocharse el cinturón era casi un imposible y siempre tenía que asistirme alguien. Una señora que parecía muy amable y que se encontraba sentada a mi lado en uno de los vuelos, me pregunto que cual era el motivo de mi viaje. Como no me apetecía mucho hablar, le conté resumidamente que al parecer habían descubierto que era la reencarnación de un lama importante. Ella me miro de arriba abajo y noté, por una lágrima que le afloraba, y por un ligero temblor que estaba a punto de reventar de la risa pero que por educación se contenía. La contención duro casi todo el viaje y aunque no hablamos más, de vez en cuando me miraba y yo podía apreciar claramente las lágrimas. Al final tuvo que atenderla un sanitario y se la llevaron a otro asiento, desde el mío pude oír claramente las carcajadas de la señora.

 

La llegada a Lhasa.

Sentí un gran alivio al llegar a la aduana. Allí había bastantes monjes que vestían de color naranja y comenzaba a pasar desapercibido. Tras pasar los controles pertinentes, no sin problemas ya que tuve que convencer a los oficiales del ejército chino de que mi vestimenta se trataba de un disfraz y no de publicidad encubierta de una empresa gasística española, pude reunirme finalmente con los monjes capitaneados por Aga3,1416to. Nada más salir por la puerta del aeropuerto los monjes me señalaron la parte trasera de una furgoneta Volkswagen con muy buena pinta y muy nueva, así que nos dirigimos rápidamente hacia ella y subimos. Me parecía increíble aquel lujo, sobre todo después de ver lo que circulaba desde la ventanilla. Una vez acomodados esperamos a que llegase el conductor, que según comentaron los monjes había ido a por unas balas de paja. Cuando llegó, nos saludó, guardo las balas de paja en la parte trasera del vehículo, y se subió al techo de la furgoneta de manera que le colgaban las piernas por fuera del parabrisas. Extrañado me incline hacia los asientos delanteros y no daba crédito a lo que mis ojos estaban viendo: ¡La furgoneta estaba atada a cuatro yaks!. Así, la furgoneta pasó de ser un vehículo de lujo para la zona, a una diligencia lujosa y súper lenta incluso para esa zona, en un santiamén. Los monjes parecían acostumbrados a aquel tipo de transporte y uno de ellos me indicó que aquello era un honor y que estaban reservados para los grandes Lamas, señalándome a mí. Pregunté que cuánto tardaríamos en llegar al monasterio y cuando comprobé la velocidad máxima de aquel diligenwagen o Volkscarro entré en shock. Horas más tarde, aún conmocionado y entre lágrimas, giré la cabeza para ver el paisaje por la ventanilla trasera y descubrí que aún se distinguía la entrada del aeropuerto. Nuevo shock. Así, entre estados de shock de los que me sacaban a base de frotarme grasa de yak por el cabello, algo que me molestaba bastante, hasta que muchas horas después me enteré de que al llegar al monasterio me afeitarían la cabeza. También entresaqué entre conversación y conversación de los monjes, que el clima era muy seco y que raramente se producen caídas de rayos, cosa que me congratuló bastante. Otras cosas que averigüé fueron que en el monasterio no hay cafetería ni bares ni mujeres, y que la única música occidental permitida era la de Gergie Dann y algunas grabaciones de Jesulin de Ubrique, por expreso deseo del Dalai lama, gran fan de ambos. Entre todos consiguieron sujetarme, ya que mi primera intención fue lanzarme entre las ruedas del yakmóvil. Mi segunda intención fue arrojarlos a todos del furgoyak y huir a toda velocidad, cosa que descarté al darme cuenta de que sería inútil y que ninguno resultaría siquiera herido al ser lanzado a tan pobre velocidad. Incluso dudo de que aquello se pudiese considerar velocidad.

Llegada al monasterio.

Tras varios días de dura travesía llegamos al monasterio. Justo antes de entrar pregunté a un turista que había sacado fotos de todo, que cómo habían podido llegar a un lugar tan remoto. Me contestó que no le parecía tan remoto. Había llegado en un autobús que se cogía en la parada del aeropuerto y que tardaba aproximadamente veinte minutos, lo que tardaba en recorrer los dos kilómetros que separaban el aeropuerto del monasterio, y me sonrió al tiempo que me pedía que le sacase una foto con el monasterio al fondo mientras se jalaba un pequeño bocadillo de a cuarto de sabrosa panceta. Nuevo shock acompañado de hemorragia nasal.

Lo siguiente que recuerdo es levantarme de un mini jergón ataviado con una túnica color azafrán con la cabeza totalmente afeitada y un monje a mi lado procurándome tratamiento de Santidad. También recuerdo oír voces lejanas dentro de mi cabeza de las que ya os contare?

 

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