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Las locas historias de Einn: Episodio 17, Good bye Tíbet

En cuanto abrí los ojos sentí aquel increible dolor. No me podía mover y fueron unos monjes los que me levantaron del suelo. No debían estar muy fuertes porque fueron necesarios doce para hacerlo. Cuando por fin pude mover algunas partes del cuerpo, gracias a las friegas que me realizaron con un alcohol extremadamente fuerte, dirigí la mirada hacia la cama y contemplé que se trataba realmente de una tela en el suelo. Me imaginé como serían las siguientes noches y desesperado, me llevé las manos a la cabeza. En ese momento me dí cuenta que me la habían afeitado y el alcohol que quedaba en mis manos hizo el resto. Nuevo shock y sangrado por la nariz.

Pruden Lovali, así era como se llamaba el monje que habían puesto a mi disposición para que me ayudase en mis primeros días en el monasterio, tanto con el idioma como con las costumbres, horarios y ubicación de todos los recintos. Pruden era de los pocos que chapurreaban el español y me vino de perlas en aquellos primeros días, y aunque era un alienígena llego a ser uno de mis grandes amigos.

Los monjes me trataban como si fuese un lama y yo intentaba aparentar la serenidad y hacerme merecedor del respeto con el que me trataban, aunque poco a poco mi autentica naturaleza empezaba a aflorar. Por ejemplo, el saludo entre los monjes, se me hacía muy difícil así que empecé a utilizar la fórmula de gritar "ye pelao" cuando veía a algún monje que me sonaba. A los pocos días el convento parecía el patio de un colegio ya que los monjes empezaron a saludarse gritándose unos a otros lo de "ye pelao".

El lama superior no tardo en llamarme para reprenderme y aunque reconoció que a los monjes se les veía animados, decidió prohibir la susodicha forma de saludo, aunque la mayoría siguieron usándola conmigo con complicidad. Tíbet empezaba a inspirarme, así que me cambié el nombre por el de Rama Lama Ding Dong inspirándome en una canción y cada vez que sonaba mi nombre me partía el pecho.

Había diversas salas en las que nos congregábamos durante bastantes horas al día para meditar. Recitábamos mantras, especialmente el llamado "Om Mani Padme Hum" y que yo rebautice como "Oh Mamy Mamy Blue", como una conocida canción, y aunque a todo el mundo parecía relajarle y llevarle a estados de conciencia alterados, a mí solo me alteraba. Me vibraba todo el cuerpo debido a los sonidos de bajas frecuencias que producían tantos monjes recitando al unísono. Tras varios días de largas sesiones de mantras, me di cuenta que cuando aquello comenzaba, yo empezaba a oír voces dentro de mi cabeza que cesaban automáticamente cuando finalizaban los mantras. Al principio no me preocupé mucho y solo lloraba doce horas al día, pero conforme pasaban las fechas estuve tentado de acudir al lama médico para explicarle aquello tan extraño, aunque desistí al enterarme de que a un monje anciano que tenía cataratas lo había intervenido vía rectal.

Unos días después, con motivo de una celebración, nos reunimos todos los religiosos en una sala enorme. Cuando empezamos con los mantras mi cuerpo empezó a vibrar como nunca, y las voces de mi cabeza se oían súper amplificadas debido a la fuerte reverberación de la sala. Justo cuando creía que me iba a desmayar, me saltaron tres empastes, uno de ellos con muela incluida y cesaron las voces. Al parecer los empastes vibraban y me hacían recibir una emisora de radio del pueblo cercano que emitía temitas de los Parchís tibetanos y la fiesta popular conocida como La matanza del yak.

Las siguientes semanas, las pase mucho mejor. Me las ingeniaba para hacer mi vida más cómoda. Conseguí una toalla que utilice como cama en lugar de la simple tela, con eso conseguí un poco más de mullido y también multiplicar por bastante la altura de mi cama, tanto que algunos monjes lo comparaban con dormir en una litera. También conocí a alguien que cambió mi vida en el monasterio.

La persona en cuestión era el tendero del cercano pueblo, me dí cuenta que por unas pocas monedas era capaz de conseguir casi cualquier cosa. Como no tenía dinero debido a mi condición de religioso, me dediqué a sisar de las ofrendas que hacían los peregrinos. Sabía que no estaba bien, pero es que realmente lo necesitaba. Para empezar la comida, se acabó lo de comer todos los días té con mantequilla de yak y tsampa. A partir de ese momento fui conocido con el sobrenombre de "el del bocata de panceta". Conseguí un walkman y cuando llegaban los mantras me los ponía y solía escuchar el Asereje, sin dejar nunca de mantener contacto visual con el bocata. Más de una vez me arranque con algún tema de los Scorpions que hizo que me llamaran la atención, especialmente cuando me ponía de pie y hacia el solo de guitarra, con lo que se me abría la túnica y mostraba la güevana con la Tibet TV emitiendo en directo. No, no era bonito y no estaba bien. Lo corregí grapando la túnica lo que aumento mi fama de heavy entre los monjes, que ya empezaban a saludarse haciendo cuernos.

Un día me llamó el lama superior. Como no estaba muy seguro de que nos entendiésemos, llamé a Pruden para que tradujese la conversación. Básicamente entendí que me encargaban la organización de los festejos por el 250 aniversario del monasterio. El invitado de honor seria el Dalai Lama. Me extrañó un poco el encargo pero cuando me dieron acceso a los recursos para montar la gala me quede más tranquilo. La verdad, le dediqué mucho esfuerzo y me costó bastante trabajo y dinero del monasterio que el tendero me consiguiese todo lo que le pedí. También trabajé bastante con los monjes elegidos, el tema de las coreografías y las canciones, así como la decoración de la gigantesca sala donde se desarrollaría la celebración.

Bueno, al fin el día había llegado. El salón estaba repleto de monjes y todo estaba en su sitio. Las mesas y sillas estaban dispuestas de manera que se podía ver el escenario desde cualquier punto de la sala. Se palpaba la excitación en el ambiente y solo se produjo el silencio cuando las grandes puertas se abrieron y entraron el Dalai Lama y el lama superior junto a un grupo de notables. Durante los metros que les separaban de su mesa, observé que el Lama superior miraba sorprendido la decoración que consistía en guirnaldas y farolillos, y me felicite a mí mismo, ahora tocaba sorprenderlos con el resto. Por la megafonía empezó a sonar la Macarena de Los del rio y los monjes, vestidos de flamencos y algunos de flamencas, con las peinetas y demás accesorios capilares pegados con loctite ante la ausencia de cabello, comenzaron a servir platos como Tortillitas de camarones, cazón en adobo, papas con chocos, lágrimas de pollo y para beber, vinos de Jerez, rebujito, vino dulce, en fin todo lo que se me ocurrió que podía servirse en Cádiz y aunque nunca había estado en esa zona del sur y algunas de las cosas no eran exactamente de allí, seguro que nadie en aquella sala se iba a enterar . Me sentía orgulloso, había montado un fiestón por todo lo alto y veía que el Dalai Lama no paraba de aplaudir, comer, beber y congratularse. Se notaba que lo estaba pasando bien y los demás también. Justo antes de que saliesen las chirigotas, el Lama superior me mandó llamar, junto a él estaba Pruden Lovali, preparado para traducir.

Din dong, el Dalai Lama está disfrutando mucho de la fiesta, pero la verdad es que no comprendemos nada de lo que está pasando y esto debería ser una celebración religiosa típica tibetana.

Lama superior, yo entendí celebración típica gaditana. ¿Desea usted que paremos las chirigotas?

No, pero si puede ser no metas en esta sala ciento veinte motocicletas tipo scooter

Lama superior, creo que nuevamente la traducción no es correcta.

Mañana, cuando acaben las "travesuras" acude a mi despacho que he de comunicarte algo importante para ti.

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Al día siguiente me presente en su despacho y me notifico que los lamas mayores habían tenido una visión que indicaba que yo no era la reencarnación del lama Juancho, sino de uno de los dos de Andy y Lucas. Le indiqué que estaban los dos vivos y que eso no era posible, y él me replicó que lo realmente importante era que Juancho se había reencarnado en una famosa periodista conocida como Carmele. Le dije que la visión podría deberse al Fino de Jerez pero él lo descarto. Sin más, me dejo la opción de quedarme en el monasterio con estatus de monje o repatriarme a España, no sin antes pedirme la receta de las tortillitas de camarones. Elegí esto último y tras despedirme de los monjes me vestí con las ropas que traje al llegar, es decir, el traje de gomaespuma que simula ser una bombona de butano y soportando de nuevo las mismas gracias en todos los aviones y aeropuertos, hasta que llegué por fin a mi casa.

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