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Intentando crear encaje de Almagro

La primera vez que acudes a un nuevo proyecto siempre es emocionante, pero las siguientes veces ya sabes lo que vas a encontrar, por lo que tu interés puede ser mayor. Es lo que ocurre en las clases de Ana Isabel Madrigal.

Pude reconocerla mucho antes de llegar a la cafetería donde estaba desayunando con otras encajeras. Aunque era invierno y hacía frío, el calor de la emoción podría haber hecho innecesario el abrigo que llevaba, el cual, ahora desabrochado, simulaba una capa tras de mí, ocupando la acera desnuda de gente, en aquella nubosa mañana mirandesa.
Entré en aquel bar directa hacia ella, imposible equivocarse, y aún tuvo el humor de presentarse... como si no supiera ya a quien me dirigía.
El alboroto que generaban el resto de alumnas en torno a ella, comentando los progresos de la última clase, las dudas que encontraban y la lluvia de deseos de nuevas labores situaba a este grupo de encajeras en un ambiente de trabajo despierto y ansioso de conocimientos, aumentando mi curiosidad y complaciendo el esfuerzo por el traslado desde otra ciudad.

Y aprender Rosaline perlada fue el resultado, como ya os conté en Una ciudad llamada Rosaline.

De la última reunión con Ana, hace ya algún tiempo, regresé a casa con mil ideas hablándome a la vez. En esta ocasión, me sumé a las que solicitaban un primer contacto con el encaje de Almagro. De esa experiencia, logré acabar con agrado una pequeña muestra que me provoca una sonrisa, recordando las ocurrencias de Victoria y la energía de Yolanda.



Comenzando la muestra de encaje de Almagro.

Trabajo en la almohadilla.

Trabajo final.

En el camino de vuelta a casa, notaba que en la bolsa de mis materiales de bolillos se había colado la inquietud de practicar una característica del encaje de Almagro que no se incluía en el patrón de inicio: el metidillo. Pero para lograrlo necesitaba un patrón cuyo dibujo lo incluyera. Los patrones de encaje de Almagro no son fáciles de conseguir, no están tan disponibles como los patrones de otras técnicas. Ante esta dificultad sólo me planteé el dibujar yo misma un patrón acorde con los trazos que necesito.
Y me puse manos a la obra...



Así lucía mi almohada gallega, llena de bolillos que seguían mi primer patrón. Si el hacer encaje ya me llena el alma, el pensar que yo había marcado los trazos aumentaba mi sonrisa.





Ésta es la pieza de la alumna feliz, de la alumna que, con lo aprendido, sigue buscando más, hasta ser quien completa todo el proceso, desde el principio al fin.

Qué acierto haber utilizado los suaves bolillos de ébano de Conchi Pérez, con su repiqueteo alegre.

Supongo que te habrás quedado con la duda de saber qué es el metidillo. A mí me lo explicó Ana, como tantas otras dudas...



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