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EL MONSTRUO DE MI ARMARIO

En el armario de mi habitación vivía un monstruo. Era feo, grande, con el mismo tamaño de un dinosaurio de cuatro pisos de altura. Su cuerpo gigantesco estaba forrado enteramente de unas cerdas duras, iguales a las que llevan los cepillos de fregar el suelo. Su gran barriga, que al andar se movía como un pudin de gelatina, poseía las mismas dimensiones de una montaña; a cada paso que daba, el temblequeo ventrudo dibujaba en su abdomen la sonrisa siniestra de una bruja desdentada, que se borraba cuando el corpachón enorme entraba en reposo. Las manos poseían unos dedos largos que se retorcían igual que un montón de gusanos, poseyendo cada uno vida propia. El rostro embrutecido presentaba una boca enorme por la que sobresalían dos colmillos largos y amarillentos. La nariz chata y de grandes agujeros dejaba salir, de tanto en tanto, unas nubecillas de vapor con tufo a cebollas fritas. Las orejas puntiagudas le sobresalían en lo alto de la testa, haciendo compañía a un mechón rojo de púas rebelde que se empeñaba en producir un ruidillo temible cuando el monstruo sacudía la cabeza.

Lo cierto es que la primera vez que apareció ante mí, tenía unos siete años, me desmayé del susto. Cuando abrí los ojos, ya recuperada la consciencia, el rostro horrible que estaba ante mí, presentaba un par de ojazos de dulcísima expresión y de un cálido color avellana que me observaban con gran preocupación.

—¿Estás bien, niña? –dijo el monstruo con voz llena de aflicción.

—Sí gracias —respondí como una niña bien educada, tal y como me habían enseñado que contestara a esta pregunta. Aunque me dio la risa porque pensé que resultaba muy cómico hablar con tanta cortesía a un monstruo que en cualquier momento abriría la boca del tamaño de una tabla de surf y me comería enterita—. ¿De dónde has salido? —pregunté.

—De tu armario.

—Eso resulta imposible. Mi madre lo suele ordenar a fondo después de que yo haya intentado hacerlo. Soy bastante desorganizada y nunca te hemos visto ninguna de las dos en él. No mientas. Si lo haces nadie confiará en ti.

El monstruo esbozó una sonrisa un tanto siniestra y contestó:

—Puedo pasar totalmente desapercibido si me lo propongo. Me encojo y me estiro según me convenga. Soy un tipo un tanto escurridizo, pero en ningún caso mentiroso. Y siempre digo la verdad. Odio a la gente que miente.

La niña lo observó durante largo rato, pensando sobre lo que había dicho el monstruo.

—Si no deseabas que te viera, ¿por qué estás delante de mí en este momento?, ¿acaso has decidido comerme, es eso?

—¡No, no y no! Nunca te haría daño. Nací para ser tu guardián y tu amigo. No me gusta la carne humana no demasiado.

—Sigo sin entender el motivo por el cual has aparecido ahora.

—Te oí llorar.

—Pero he llorado muchas, muchísimas veces antes y no has venido.

—Hoy lloras porque te han maltratado en el colegio. Tus rabietas o caprichos no tienen que ver con el sufrimiento que ahora reflejan tus ojos. Es por eso que estoy aquí.

Era cierto. Hacía unas jornadas que un grupo de niñas, de las que la capitana era una niña mayor que la demás, llamada Isabel la maloliente, porque soltaba un tufillo a pescado horrible, se había empecinado en pegarme y romperme los deberes. Y ocurrió este hecho a raíz de que defendí a un niño al que la tal Isabel y sus secuaces le tiraban de las orejas durante los recreos hasta hacerle llorar. Me lie a patadas con todas ellas hasta que rescaté al niño de sus garras. A partir de entonces la tomaron conmigo.

—Tú no puedes hacer nada, esas niñas son intocables—le contesté—, se lo diré a la tutora aunque después mis compañeros dirán que soy una chivata no sé qué haré, estoy muy angustiada

—Yo lo arreglaré —contestó el monstruo—. Me ocuparé de que la cabecilla del grupo de maltratadoras salga de tu vida para siempre.

Dicho lo cual el monstruo desapareció en una ráfaga de viento que penetró en el armario cerrando tras de sí las puertas del mismo. De inmediato dejé mi cama para mirar dentro del armario porque pensé que había sufrido algún tipo de alucinación.

Niña llorando de Giovanni Bragolín

Al día siguiente, la tutora nos informó sobre la muerte de aquella niña horrible llamada Isabel, esa a la que tanto odiaba. Las cuatro secuaces que formaban parte de su grupo aparecieron días después en clase con algún miembro escayolado, unas un brazo, otras una pierna. Años después supe que Isabel no había muerto por causas naturales: los restos de su persona se encontraron esparcidos por su alcoba, eso sí, sin una gota de sangre. La policía no encontró a los culpables y sobre las fracturas sufridas por sus amigas, estas no pudieron explicar cómo se habían hecho las lesiones, se durmieron tranquilas y despertaron gritando de dolor por las fracturas sufridas durante sus sueños.

No volví a saber del monstruo hasta años después, cuando yo era una adolescente bastante crédula y me dejé embaucar por un chico de mi clase, que se rio de mí colgando un vídeo en el que aparecíamos los dos besándonos un buen rato, para acto seguido gritarme que yo no le gustaba y que le dejara en paz.

Las imágenes se hicieron virales en el instituto y yo me quería morir de angustia y vergüenza. Estaba en mi habitación valorando la posibilidad de contarle este hecho a mi madre para que no me forzara a ir al colegio cuando apareció el monstruo.

—¿Qué haces aquí? –pregunté con cierto temor.

—Ya veo que me necesitas. Ese compañero tuyo ha sido muy cruel contigo, así como los que se han reído de tus imágenes. A partir de ahora mismo no tienes por qué preocuparte, ya está todo arreglado.

Me quedé inmovilizada, me daba miedo preguntar.

—¿Le has matado, como hiciste con Isabel?

—No mato a nadie, ajusto los cerebros de algunas personas, si no tienen solución, ellas mismas se destruyen Vive tranquila, yo velo por ti.

—Oye, ¿Cómo sé que?

Un tifón de niebla se metió en mi armario cerrando las puertas tras de sí dejándome con la palabra en la boca.

Volví a clase al día siguiente y sentí que los compañeros no me miraban como lo habían hecho en días anteriores, es decir como a un bicho raro, nadie se rio a mis espaldas ni encontré mensajes ni notas con insultos. El chico que me había maltratado no asistió a clase en toda la jornada y eso me preocupó. Le odiaba por lo que me había hecho pero temía por su vida. Pasaron unos días sin que hubiera noticias sobre él hasta que una mañana la tutora nos dijo que nuestro compañero ausente había cambiado de ciudad. Respiré tranquila. Por lo menos, esta vez no había cadáveres de por medio.

Mañana soleada Edward Hopper
Olvidé el episodio cuando comencé la universidad y me dediqué de lleno a lo que más me gustaba, estudiar. En mi último año de carrera conocí a un chico que estudiaba psicología y nos hicimos amigos. Después, la relación desembocó en algo más. Era un muchacho un tanto lúgubre y muy inteligente. Huía de las fiestas en las que alcohol y las drogas campaban a sus anchas, vestía siempre de negro y siempre estaba en cualquier reunión, pero no disfrutando sino analizando con la mirada el comportamiento de cada uno de los que íbamos. Dejé de asistir a las fiestas y me dediqué a disfrutar de largos paseos en su compañía por los cementerios de la ciudad, a los que este era muy aficionado, así como a las películas de terror. Me sentía muy atraída por él, quizá porque era la antítesis de cualquier chico que conocía.

Ya poseyendo nuestros respectivos títulos universitarios, encontramos algunos trabajos que nos permitieron alquilar un pisito entre los dos. Mi compañero trabajaba poco pero seguía asistiendo a cursos carísimos de lo más rocambolescos, donde los integrantes de los mismos hacían prácticas psicológicas unos con otros Mi novio no entraba en detalles con respecto a esto, pero algo en él había cambiado. Dejó de mirarme con esa mezcla de curiosidad y ternura que tanto me conmovía y comenzó a observarme como a un espécimen de laboratorio. Notaba su mirada fija en mí todo el tiempo que permanecíamos juntos. A raíz de un extraño sueño, comencé a tener lagunas de memoria, y me hallaba sumamente preocupada, no me atreví a decírselo a mi novio me daba miedo.

Uno de los días que iba al trabajo, al salir del metro, me crucé con un hombre mayor que se acercó a mí blandiendo una enorme sonrisa por la que asomaban unos dientes postizos, que parecían sacados de la boca de algún conejo gigante, y que me dijo con voz zalamera y misteriosa:

—Hace tiempo que no vienes a visitarme, te echo de menos. Adoro los modelitos que llevas en estas visitas, sobre todo el de “niñita mala” —exclamó con voz ansiosa—, dile a tu jefe que pagaré lo que me pida con tal de que la próxima vez, estés toda la noche conmigo.

Dicho lo cual, el hombre me pasó un dedo por la mejilla, me rozó los labios y el mismo dedo se lo llevó a la boca para lamerlo. Di un respingo hacia atrás muerta de asco. Menudo viejo asqueroso.

—¡Me confunde con otra persona, déjeme en paz o llamo a la policía! —exclamé alarmada apartándome de él.

El se rio y respondió:

—¡Qué bien juegas a hacerte “la estrecha”!, sabes cuánto me gusta. Esta noche te daré lo que te mereces

Ne quedé tan sorprendida como desolada. Se me revolvió el estómago. Aquel tipejo me conocía y yo no conseguía recordarle. Suspiré llena de temor pensando en los lapsos de tiempo que se habían borrado de mi memoria. Me sentí tan mal que decidí llamar al trabajo y dije que me había puesto enferma. Me fui directa a casa. Mi novio no estaba. Solía regresar a la misma hora que lo hacía yo No dejaba de dar vueltas al desagradable encuentro y a mis lagunas de memoria que parecían ir acentuándose cada vez más Sentí pánico.

Una sospecha comenzó a crecer en mi interior. Me fui a la habitación que él utilizaba como despacho y comencé a registrar los cajones. Hallé una llave pequeña entre sus cosas y me entretuve en buscar el lugar donde esta debía encajar. Al fin di con la cerradura; estaba en uno de los cajones que poseía doble fondo. Al abrir la tapa de la cajonera, vi unos cuantos fajos de billetes allí había más de quince mil euros. Un escalofrío me recorrió la espalda. La angustia se adueñó de mí y corrí a mi habitación para hacer la maleta. Nada más abrir la puerta del armario, halle al monstruo esperándome. Me llevé un susto tan tremendo que caí al suelo cuan larga era.

—Tranquila, soy yo, tu guardián.

—Valiente guardián estás hecho si ni siquiera has podido salvarme de las garras de los tipejos a los que mi novio me ha estado vendiendo —grité muy enfadada.

—Hoy tu novio iba a enviarte sola a casa de ese viejo que has conocido.

—Este no es el armario de casa de mis padres, entonces ¿cómo sabes que yo me encontraba aquí, cómo has averiguado lo de mi novio?

—Conozco todo sobre ti y la gente con la que te rodeas. Está en tu memoria, solo tengo que leerla. Me puedo mover de armario en armario, no existen las distancias para mí. Siempre que tengas un armario en la cercanía, estaré a tu lado protegiéndote.

—¿Por qué no me has salvado antes de las garras de mi novio y has dejado que abusaran de mí?

—Aún nadie te había hecho daño físico ni mental, pero hoy tu novio ha decidido dar el paso definitivo, apalabrando un encuentro y recibiendo mucho dinero por ello. No temas, yo te protegeré. Recoge tus cosas y vete lejos de aquí. Tu novio posee un alma tan negra como la tinta china y deberá pagar por ello. Vete ya, te encontraré si me necesitas.

El monstruo se esfumó en un segundo desapareciendo dentro del armario, y yo hice las maletas a todo correr.  Salí de allí para no volver más. Estuve pendiente de los periódicos del día siguiente. Leí cómo el cuerpo de mi novio y el del horrible viejo habían sido encontrados en un hotel, uno al lado del otro. No tenían cabeza. Estas estaban guardadas en el armario y les faltaban los ojos. Esta vez el escalofrío llegó junto con un sentimiento de puro alivio.

Habitación de hotel Edward Hopper
Pasaron los años y mi vida cambió mucho. Estaba volcada enteramente en mi trabajo. Desempeñaba un puesto directivo en una empresa comercial muy importante que me absorbía cada minuto de cada jornada. En breves semanas saldría elegido un director general entre los cuatro que ostentábamos las diferentes jefaturas de la empresa. Deseaba con toda mi alma obtener este cargo, me lo había ganado a pulso, ser mujer en una jefatura significaba trabajar el doble que cualquier competidor masculino.

Esa tarde, terminé de contestar los correos, di mi visto bueno a un par de dossiers y me propuse llegar a casa un poco más temprano. Ya en mi hogar, me faltó tiempo para ponerme el pijama y poner música para bailar. Di de comer al gato y al canario y me dispuse a tomar un largo baño. A punto de meter un pie en la bañera, llamaron a mi puerta. Volvieron a insistir. Me puse el albornoz y miré por la mirilla para ver quién venía a importunarme. Era nada menos que el dueño de la empresa en persona. Me extrañó verle allí plantado, delante de mi puerta. Habíamos tenido una reunión durante la mañana y resultaba bastante chocante que estuviera a las puertas de mi hogar.

Le franqueé la entrada. Con su habitual voz de mando, —le encantaba ordenar a unos y otros y hacer que corriéramos como gamos para conseguirle aquello que él deseaba en tiempo record—, dijo:

—Iré al grano. He venido hasta aquí para informarla de que usted será la elegida para presidir la empresa, tanto a nivel nacional como internacional.

—Muchas gracias por haberse molestado en venir a comunicármelo en persona.

Me miró y se pasó la lengua por los labios.

—Es muy fácil mostrarme agradecimiento.

Se acercó a mí y me aflojó el cinturón del albornoz in tentando meter su mano en a través de la abertura. Yo lo sujeté con fuerza para que no se abriera ni un ápice y retrocedí.

—Vamos, no me diga que no se imaginaba que tendría que hacer algo por mí si yo lo hacía por usted. Teniendo a tres hombres capaces para ocupar el puesto, he preferido darle una oportunidad a usted y espero, aparte de su agradecimiento aquí y ahora, que este encuentro sea el preámbulo de otros muchos, todos los que yo quiera…

Estaba tan aturdida por aquella situación que me costaba hablar. Aun así hice un esfuerzo y exclamé:

—No me interesa lo que usted me propone. He rechazado sus ofertas de salir a cenar, de ir a comer, de acompañarle en sus vacaciones durante estos años. Creí que le había dejado claro que no me interesaba. No estoy dispuesta a ceder a este chantaje inmoral y machista. Creo que he pagado de sobra el nombramiento de gerente con mis desvelos y mis muchas horas de trabajo. He atraído a los mejores clientes engrosando considerablemente la cartera de la compañía. He viajado como abanderada de la empresa durante años consiguiendo los mejores contratos no me venga usted con esta situación tan vejatoria. No estoy dispuesta a aceptarlo.

El hombre se puso rojo de ira y se abalanzó sobre mí. Me tiró al suelo abofeteándome. Un hilo de sangre corrió por la comisura de mis labios. Puso una rodilla en mi estómago y me agarró del cuello apretándolo con fuerza:

—Vas a hacer lo que te diga ahora mismo o pagarás con tu vida.

En ese instante, en el que yo luchaba por una bocanada de aire, algo distrajo a mi agresor pues su mirada se transformó en una máscara de horror. Se puso en pie en una fracción de segundo y salió huyendo despavorido.

El monstruo vino hasta el suelo del salón y cogiéndome entre sus peludos brazos me llevó al dormitorio. Me posó suavemente sobre la cama y se quedó allí, mirándome, mientras yo recuperaba el resuello poco a poco.

—Gracias por salvarme. Me he quedado sin trabajo y casi muero, ¡qué día de mierda llevo!… Después de lo que he luchado por la empresa, no me puedo creer que me haya pasado esto.

—Tranquila, yo lo arreglaré. Mañana ve a trabajar como siempre has hecho.

—Pero él me lo ha dejado muy claro, y me

Antes de que hubiera terminado la frase, el monstruo desapareció de mi vista penetrando en el armario.

Pase una noche terrible con pesadillas de monstruos que tenían la cabeza de mi jefe. Me dolía la garganta allí donde mi agresor había apretado, las marcas negras lo recordaban pero lo que más me dolía era el alma. Me levanté temprano, iba a luchar por mi futuro. Siguiendo el consejo del monstruo, me incorporé a mi puesto de trabajo con la normalidad de la que fui capaz de aparentar. Entregada a mi rutina llegaron las doce sin que hubiera señales de que el director hubiera llegado. Así transcurrió el día sin la menor noticia sobre él. En las oficinas el ambiente era relajado, se trabajaba, pero sin la urgencia arbitraria que imponía la sola presencia del dueño.

Regresé a mi casa a la hora acostumbrada. Me puse el pijama, y mi gato y yo nos sentamos a ver las noticias en la televisión. De repente la foto de mi jefe llenó la pantalla. Lo habían encontrado muerto en su hogar. El cadáver presentaba los síntomas de haberse ahogado en una cantidad ingente de agua. La policía investigaba este extrañísimo caso.

Una sobrina del fallecido, única heredera de la empresa, tomó la decisión de venderla. Cogí mi cartera de clientes y me establecí por mi cuenta, logrando una de mis metas en esta vida, tener mi propio negocio.

El trabajo agota, aun cuando se haga con gusto. Y eso fue lo que me ocurrió a mí. Cuando más boyante iba mi empresa, decidí venderla y tomarme un respiro. Iba hacia la madurez y no me había dedicado ni un momento de asueto desde que dejara la universidad, ya era hora. Me hice con una pequeña fortuna que bien administrada me duraría muchos años.

Y estalló la guerra. No fue en mi país, sino en uno que no distaba mucho del mío. Una gran potencia había decidido anexionarse un país vecino, así, sin más. La lucha se hizo encarnizada, aun cuando los defensores estaban en posición de extrema debilidad con respecto a los invasores. Empezaron la muerte de inocentes. Los habitantes huyeron a miles para ponerse a salvo de los bombardeos que arrasaban las viviendas, las escuelas, los hospitales todo.

Los primeros refugiados llegaron a mi país, y acogí en mi casa a una familia, eran una mujer y sus tres hijos. Me contaron lo que habían sufrido para llegar a estar a salvo en mi casa. En su hogar, medio destruido por los bombardeos, quedó el abuelo, que no podía caminar, y el padre de los niños. Estuvimos recibiendo noticias de ellos durante dos semanas, a veces directas por el móvil, a veces por medio de alguien que los había visto. Una bomba acabó con sus vidas. El dolor indescriptible de aquella mujer y de aquellos niños que habían visto cuerpos destrozados y niños como ellos muertos en la cuneta, me alcanzó de lleno. Lloré su pérdida más absoluta, su vida se había trastocado de la forma más vil.

Deseé con todas mis fuerzas que aquel ser abominable que había ordenado masacrarlos de aquella manera, dejara de existir. Lloré, recé y me ocupé lo mejor que pude de aquellas personas destrozadas.

La noche pasada el monstruo del armario me visitó. No me extrañó verle, le estaba esperando. Me dijo así con su voz cavernosa:

—No te preocupes. Yo lo arreglaré.

—Pero una guerra no se para así como así —repuse yo— ojalá fuera tan fácil.

—Confía en mí. Lo haré.

—Es imposible, habría que hacer desaparecer al demente que ha comenzado toda la debacle.

—Armarios hay en todos los lugares. Llegaré hasta él, no te preocupes.

Y desapareció.

Ahora mismo me encuentro pegada a la televisión, esperando la noticia que más deseo oír. Esta vez no sentiré el menor remordimiento como decía mi madre: “A cada cerdo le llega su San Martín”. (Teresa Echeverría).

Nos vemos entre letras. Si os interesa la poesía o los comentarios sobre libros me encontraréis en Ondas de Cristal Radio los miércoles (poesía) y los jueves (libros).

Fuente: este post proviene de Blog de Gorila-58, donde puedes consultar el contenido original.
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