África

Es una de las 5 partes del mundo y, junto con Asia y Europa, conforman el Antiguo Continente. Sin embargo, África puede ser considerada un continente por sí mismo, unido a Europa y a Asia tan solo por un pequeño istmo, el de Suez.

Limita:

Norte: con el Mar Mediterráneo.

Oeste: con el Océano Atlántico.

Sureste: con el Océano Índico.

Noreste: con el Mar Rojo.

Escultura Negra

El área de la escultura negra ocupa una vastísima extensión geográfica, limitada al norte por una línea que va desde el Cabo Verde a los Lagos Grandes del Sur por el curso del río Zambeze. Los más importantes centros artísticos se encuentran en Guinea Septentrional, especialmente en la cuenca del Niger y entre los pueblos bantúes del Congo. La historia del arte negro es casi desconocida, puesto que las noticias que se tienen son muy escasas y fragmentarias, pero se supone, no obstante, que se remonta a épocas bastante antiguas. Antiquísimos son, ciertamente, los singulares ídolos de esteatita encontrados en Sierra Leona, que representan seres humanos de facciones monstruosas. Sin embargo, tales ídolos no pueden atribuirse con seguridad al arte negro, aun teniendo en cuenta la deformación de líneas hecha por el artista, son demasiado diferentes de las de las rozas que viven en el continente. Facciones ya propiamente negras presentan, en cambio, las pequeñas cabezas de terracota que el etnólogo León Frobenius encontró en Ifé, en la provincia occidental de Nigeria, en unas excavaciones realizadas en los primeros años del s. XX. Aunque muchos científicos hayan dudado de la opinión de Frobenius, según el cual estos objetos se remontan al primer milenio a. de J.C., es cierto, sin embargo, que figuran entre los documentos más antiguos del arte negro que se han conocido. Noticias más abundantes y precisas se obtienen, en cambio, sobre el arte florecido en el reino de Benín, al Sur de Nigeria, desde el s. XII hasta finales del s. XVII. Se trata de un arte refinado que no tiene nada primitivo. Las pequeñas y medianas esculturas de bronce, latón o terracota, suelen representar soberanos, príncipes y guerreros adornados con los atributos típicos de una sociedad feudal evolucionada. También las figuras y objetos rituales están elaborados en formas estilísticas muy complejas. En estas obras se incluyen verdaderos grupos escultóricos y bajorrelieves en bronce que representan escenas de la vida de la corte. El arte de Benín llegó a su apogeo entre los años 1500 y 1560. A esta época pertenecen los bajorrelieves que representan personajes con trajes europeos, posiblemente portugueses, y las grandes placas del Palacio real. Luego, este arte decayó rápidamente, hasta el punto de que el último rey de Benín, que vivió en la segunda mitad del s. XIX, había prohibido, incluso, la fusión en bronce. Las tropas británicas que ocuparon Benín en 1897 encontraron los almacenes reales llenos de esculturas que, en gran parte, fueron trasladadas a los museos europeos, especialmente al British Museum y algunos museos alemanes. El arte de Benín ocupa un lugar especial en la escultura negra que, en conjunto, escapa a una clasificación histórica y solo puede ser definida en sus caracteres generales. Se sabe que las obras que se han descubierto, aun remontándose al s. XIX, representan una tradición más antigua. Desde principios del s. XX el arte negro ha ido en decadencia, perdiendo gran parte de su originalidad de expresión. En muchos casos las esculturas negras actuales no son sino objetos producidos en serie para satisfacer la demanda del mercado europeo.

Toda la escultura negra tiene su razón de ser y su explicación en el símbolo, expresión de la ideología y del mito religioso. Este mito no se expresa en una relación imaginaria, sino en formas concretas que van desde el fetiche del antepasado u otras figuras ancestrales hasta las máscaras destinadas a asumir funciones civiles o rituales. Es justamente en la máscara donde la escultura negra alcanza, sin duda, su más alto nivel artístico. Es instrumento de exorcismo ante las calamidades, los reveses, en las amenazas, pero por sus valores simbólicos y formales varían profundamente, según el ambiente en que vive cada tribu y cada pueblo. El vigor y la combatividad pueden ser expresados por medio del elefante, el búfalo y el cocodrilo; así como la destreza, la agilidad o la velocidad pueden encarnarse en la forma del lagarto, la serpiente, o cualquier otro animal cuya forma sutil y desarticulada sugiera la idea de movimiento. Para responder a tantos significados, la máscara adquiere las más variadas formas. La máscara de antílope de los Bambara (Sudán Occidental), por ejemplo, reproduce la forma fantásticamente alargada de Ciwara, el Dios antílope, mientras que la máscara del Dios Tutelar Do (alto Volta), presenta los rasgos de los ojos, la boca y la nariz muy marcados y coloreados de un verde intenso, de modo que evoca la imagen de un mono (símbolo de la justicia y de la muerte) sobre el fondo blancuzco de la “encarnadura”, a su vez, símbolo de la muerte y el peligro. Signos contradictorios de vida y muerte ofrecen las máscaras para iniciados de los Bayalas y los Bazukas (Congo), que las llevan sobre los hombros en las danzas rituales.

La coloración es bastante más frecuente en las máscaras que en las figuras, ya que en las primeras asume un significado simbólico. Pero, en unas y otras, los colores más usados son el rojo, el blanco y el negro. A menudo la madera es simplemente patinada, o sea, tratada con un procedimiento rudimentario a base de grasa animal mezclada con ceniza, tierra o cualquier otra sustancia que sea capaz de volverla opaca. De todas maneras, sean máscaras monocromas o patinadas, policromas o finamente grabadas, o fetiches con los miembros rígidos o articulados en gestos, las esculturas negras sorprenden por la violencia de la fantasía y por la apremiante concisión de las formas. Aparecidas en Europa en el momento de máxima expansión del colonialismo, fueron un estímulo para la fantasía de los artistas europeos. No obstante, la influencia ejercida fue de diversa naturaleza: según los países y los grupos culturales. Así para los impresionistas alemanes el arte negro se identificó con el aspecto enigmático de la máscara o el brutal o discorde aspecto lineal de la figura esculpida, a modo de estilo hacia un “arte de ruptura” y como expresión de una total y anárquica discrepancia con el mundo circundante. Para los cubistas, en cambio, no aparece tan sugestiva por sus datos instintivos como por su representación sintética de la figura, de modo que sugiere una forma que los pintores y los escritores de arte han asociado paradójicamente a los caracteres de la civilización mecánica.

La singular situación geográfica y climática condicionó la historia de una gran parte del continente africano, impidiendo el crecimiento de una cultura unitaria o de vastas entidades nacionales. La organización fundamental de la sociedad africana, salvo rarísimas excepciones, es la tribu, con un fraccionamiento extremo desde los puntos de vista político, lingüístico y, por lo tanto, artístico. Tribus y pueblos que han alcanzado nivel similar de desarrollo tecnológico se expresan artísticamente de formas muy diferentes, debido al a posibilidad de intercambios culturales y a la falta de participación comunitaria en experiencias que, aun siendo análogas, son efectuadas de modo distinto. A ello se añade, frecuentemente, la imposibilidad de un desarrollo cultural suficientemente diferenciado y dinámico, lo que ha arrastrado hasta hoy situaciones típicas de la prehistoria.

Es preciso, sin embargo, distinguir entre el arte africano de carácter espontáneo y el de carácter turístico, que obviamente representa una degeneración del primero y se reduce a efectos formales a lo que la cultura occidental es particularmente sensible pero sin aportar a sus obras auténticos valores expresivos. Efectivamente, el arte africano tiene una función mágica ligada a los cultos, con el fin de garantizar la buena suerte para las tribus.

Expresión típica del arte africano es la escultura. Las más antiguas hasta ahora conservadas son las terracotas de Nok (Nigeria Central) que datan del 900 a. de J.C. al 200 d. de J.C. Comprenden figuras de animales y cabezas humanas de varias dimensiones y con gran diversidad de estilizaciones geométricas. Reproduce probablemente a míticos antepasados y denotan una fase cultural ya madura que puede haber contribuido a las posteriores generaciones yorubas. Se caracterizan por una intensa concentración de la mirada, acentuada por las pupilas fijas y hundidas.

La presencia de estos testimonios en la región que se extiende en la zona ecuatorial africana hasta el Atlántico y el Sur del Sahara, es sintomática, pues es en ese sector, habitado por numerosas tribus, donde el arte ha creado sus más auténticas expresiones, conocidas con el nombre genérico de Arte del Costa de Guinea.

En la segunda mitad del primer milenio d. de J.C surge una arquitectura imponente, auténticamente excepcional, así como una escultura de piedra en Zimbabwe. Se trata de la cultura de Ife, que es más rica y avanzada y adquiere un carácter urbano al igual que después sucederá en Benín. Ife era el centro de Nigeria Occidental donde residía el soberano de los yorubas, pueblo muy antiguo que fue sede de una casta sacerdotal que dio vida a un arte típico de la corte que parece haber desarrollado entre los años 1000 a 1400. Allí se produjeron figuras humanas de tamaño natural en terracota, las que no fueron probablemente ajenas a las esculturas de Nok, que se cree representan personajes de alto rango social. Se elaboró también el bronce y el latón, lo que apoya la hipótesis de que los pueblos africanos conocieron los metales antes de la era cristiana, pero solo fueron capaces de usarlos a partir de los s. X y XI, en todo caso, antes de la llegada de los blancos a esa de la parte del territorio.

Extraordinario centro de cultura urbana fue Benín, cuyo arte fue conocido y admirado por los portugueses en el s. XIV. Su arte fue heredado de Ifé y se dice que Igue Igha, maestro fundidor de este pueblo, les enseñó la técnica a los fundidores de Benín, quienes veneraban a Igha como a una divinidad. Este arte se divide en una fase arcaica que va desde el s, XII hasta la mitad del s. XIV, una fase clásica que va desde los años 1350 a 1500 y una fase de decadencia. Al período clásico se atribuyen las más bellas cabezas retratos, masculinos y femeninos, entre los que se destacan las de jóvenes princesas con un peinado cónico. El arte de Benín, cuya culminación se produjo entre los años 1500 y 1505, fue realizado especialmente en bronce y, al contrario de la característica tribal africana, estaba dedicado a la glorificación de la corte. Los bronces de Benín comprenden cabezas, máscaras y placas conmemorativas en las que se escribían los acontecimientos importantes de la historia de la ciudad y adornaban las columnas de madera de las galerías de los palacios reales. Estos bronces presentan, sobre todo los más antiguos, una belleza formal que impresionó a los europeos cuando los británicos, después de la ocupación de la ciudad en 1897, difundieron su conocimiento. Se debe tener presente que se trataba de una sociedad guerrera que practicaba una política imperialista y que sometía a las tribus vecina, efectuando frecuentes saqueos. Tras la llegada de los portugueses aparecen nuevos tonos en la decoración y se representa y se representa también al hombre blanco. Sin embargo, la decadencia de este arte no comenzó hasta el s. XVII: los bronces fueron sustituidos por el latón y, después, por la madera, y comenzaron a introducirse motivos naturalísticos en la decoración.

En la zona de los bakuka bushongos (zona sur occidental del ex Congo belga) se reprodujeron una serie de estatuas reales que, según los expertos, se remontan al s. XVII.

Una típica expresión muy difundida del arte africano son las máscaras para la danza, ligadas a una litúrgica animística, de aspecto muy variado y, frecuentemente, policromas y de gran fuerza expresiva; son características, entre otras, las de los Bagas, Báulés, Senefos y Yorubas.

Estas máscaras varían en su expresión, no sólo según la población que los utiliza, sino con relación a sus funciones: las máscaras para la guerra, por ejemplo, o las utilizadas para ahuyentar espíritus malignos, son completamente diferentes de las que representan antepasados. . Entre las máscaras más interesantes se pueden citar las de Ngeres, Wobes y Niabuas, pueblos que habitan en las zonas de las grandes selvas y que realizaron máscaras monstruosas, con ojos en forma de tubo, orejas desmesuradas y cuernos, lo que parece traducir el temor y la inquietud de una vida que se desarrolla a la sombra del bosque bajo, continuamente azotado por las lluvias.

En muchas otras poblaciones se produjeron también figuras de madera, pero es difícil reconstruir su tradición, dadas las diferencias climáticas y de todo tipo que han hecho imposible su conservación. Por otra parte, en diversas zonas del continente, habitadas predominantemente por una población nómada, la producción artística es escasísima.

El continente africano acoge una gran variedad de culturas, caracterizadas cada una de ellas por un idioma propio, unas tradiciones y unas formas artísticas características. Aunque la gran extensión del desierto del Sahara actúa como barrera divisoria natural entre el norte de África y el resto del continente, hay considerables evidencias que confirman toda una serie de influencias entre ambas zonas a través de las rutas comerciales que atravesaron África desde tiempos remotos. Hoy, por ejemplo, aparecen entre las culturas del sur del Sahara muchas muestras de arte islámico, así como también formas arquitectónicas de inspiración norteafricana. Además, las investigaciones apuntan a una influencia recíproca entre estas zonas del sur con las tradiciones artísticas y culturales de aquellas regiones del norte de África más cerradas al Mediterráneo. El arte de Egipto, uno de los más brillantes de África, tiene importantes conexiones artísticas y culturales con las civilizaciones africanas al sur del Sahara.

Las artes africanas son fiel reflejo de las ricas historias, filosofías, religiones y sociedades de los habitantes de este vasto continente. El arte africano, además de su importancia inherente a las gentes que lo produjeron, ha servido de inspiración a algunos de los más importantes artistas y movimientos del arte contemporáneo tanto de Europa como de América. Los artistas occidentales del s. XX han admirado la importancia que se concede a la abstracción en el arte africano, estimulando con ello su falta de preocupación por el naturalismo.

La historia del arte africano se remonta a los tiempos prehistóricos. Entre las formas artísticas más antiguas están las pinturas y grabados en piedra de Tassili nAjjer y Ennedi, en el Sahara (6000 a. de J.C. y s. d. de J.C.). Otros ejemplos de arte primitivo los tenemos en las esculturas modeladas en arcilla de los artistas de la cultura Nok, al norte de Nigeria, fechadas entre el 500 y el 300 a. de J.C.; también en los decorativos trabajos en bronce de Igbo Ukwu (s. IX y X d. de J.C), y en las magníficas esculturas en bronce y terracota de Ifé (del s. XII al XV). Estas últimas muestran tal habilidad técnica y están representadas de forma tan naturalista que en un principio, aunque erróneamente, se consideró que estaban inspiradas en la Grecia clásica. Las ricas tradiciones artísticas africanas continúan hoy día, tanto en su línea más tradicional como a través de nuevos y renovadores modos de expresión.

Herencia artística africana

La tradición artística africana abarca la escultura (en forma de figuras y máscaras), la arquitectura (principalmente estructuras de tipo doméstico), el mobiliario, la cerámica, los tejidos y las joyas. La decoración corporal (que comprende pinturas, peinados, tocados y tatuajes, o incisiones) y las pinturas (en edificios y ropas) forman también una parte destacada del patrimonio artístico africano.

Materiales

Los materiales más comúnmente empleados son la madera, las fibras textiles, el metal (especialmente bronce, hierro y oro), el marfil, la arcilla, la tierra y la piedra. Las formas de representación dentro de cada elemento varían desde un relativo naturalismo a la abstracción absoluta, con unos estilos artísticos en consonancia con la tradición estética establecida en cada área cultural. En el arte africano se presta una considerable atención tanto al mantenimiento de las formas artísticas tradicionales dentro de una cultura, como a la estimulación de la creatividad y la innovación dentro de los parámetros de cada tradición artística.

Artistas

Los artistas africanos trabajan generalmente como especialistas, recibiendo su instrucción y enseñanzas de otros artistas ya consolidados que viven en sus mismas comunidades o áreas culturales. En ciertos reinos antiguos, como el de Benín en Nigeria, la formación de los jóvenes artistas era controlada por importantes y activos gremios. Entre los cercanos yorubas se fueron desarrollando escuelas de artistas a partir de grupos familiares locales. A menudo la profesión artística se vio como algo hereditario, pasando el talento de generación en generación, y relacionando muchas veces la creatividad y el éxito a cualidades divinas heredadas de los ancestros. Entre los pueblos dogones y bambara de Malí, por este motivo, todos los escultores fueron seleccionados de entre un antiguo grupo de herreros con costumbres endogámicas (matrimonios entre los distintos miembros de la familia). El lugar de trabajo y los materiales empleados fueron también elementos importantes para el artista durante el proceso creador. A menudo éstos fueron controlados por severas medidas y prohibiciones de carácter religioso.

Estéticas

La crítica social fue parte esencial de la tradición artística de muchas culturas africanas. Estudios estéticos llevados a cabo por artistas y críticos de África señalan una deliberada preocupación por la abstracción. Así, por ejemplo, entre los yorubas de Nigeria los cánones de belleza de una escultura descansan sobre diversos elementos expresamente no figurativos. Entre éstos están: la expresividad, aun cuando para ello haya que recurrir a la distorsión de las proporciones; la pureza, que implica juventud y buena salud; la simetría, con exclusión de actitudes o posturas más naturales; el aspecto efébico, que es la representación idealizada de cada personaje en su edad juvenil; la tersura, sugiriendo de nuevo la idea de lo joven y sano, carente de imperfecciones físicas; y la hipermimesis, enfatizando los caracteres generales más que las representaciones fidedignas y exactas de la realidad.

En algunas culturas africanas se aceptaron modelos estéticos intencionalmente distorsionados para retratar personajes de conducta antisocial. Los ibo e ibibio de Nigeria, por ejemplo, hicieron máscaras imitando horrendos y morbosos monstruos de facciones asimétricas para representar con ellas a los individuos revoltosos, malos o peligrosos. Estas máscaras solían compararse frecuentemente con otras de mayor belleza y factura estética, en las que se retrataba a los personajes disciplinados, buenos o pacíficos de la tribu.

Mecenazgo

El mecenazgo, como los condicionamientos estéticos, desempeña un destacado papel en la creación de arte africano. Los reyes y cortesanos tienen particular importancia a este respecto por sus continuos encargos artísticos para el montaje de representaciones públicas, ceremonias religiosas y exposiciones. En arquitectura, los palacios de los reyes que habitaron en Nigeria (yoruba, Benín), Ghana (akan), Camerún (bamileke, bamum) y Zaire (quba, mangbetu) se encuentran entre los más bellos y ricamente decorados de toda África. Los costosos materiales puestos a disposición de los gobernantes (marfil, bronce, oro, abalorios y terciopelo) tienen una amplia difusión en las artes promocionadas por estas cortes reales. Entre los objetos artísticos encargados por la realeza se encuentran los cetros, báculos, tronos, espadas, coronas, esculturas conmemorativas y vajillas.

Otra fuente importante de mecenazgo para el arte africano fueron las numerosas asociaciones de hombres y mujeres creadas dentro de las respectivas comunidades para controlar los asuntos sociales y políticos, así como también los religiosos. Las aún vigentes asociaciones de hombres poro de la etnia dan y sus vecinos de Liberia y Costa de Marfil son ejemplos característicos de este tipo de mecenazgo artístico. Los poro fueron quienes encargaron muchas de las máscaras y esculturas figurativas halladas en esta región.

Dentro de cada comunidad hubo además asociaciones de carácter más gremial, integradas por distintos miembros según sus edades y oficios, convirtiéndose también en importantes patrocinadores de arte africano. Ejemplos de obras artísticas encargadas por estas asociaciones los podemos encontrar entre los bambara (Malí) y entre los ibo y los ejagham (Nigeria). A veces cada grupo o gremio poseía su propio distintivo. Entre los ejagham, las máscaras de las sociedades cazadoras venían caracterizadas por formas animales, y los temas de deformidad humana han aparecido asociados con bastante frecuencia a máscaras guerreras; las imágenes de mujeres se utilizaron por regla general para las asociaciones femeninas.

La religión y sus distintas organizaciones de culto fueron también importantes patronos para el arte africano. Los objetos artísticos no fueron solamente un componente importante de los altares y capillas, sino que también desempeñaron un destacado papel en las diversas procesiones de carácter religioso que se hacía en las diferentes tribus. Entre los yoruba de Nigeria, los cultos vinculados a las principales divinidades: Shango (trueno), Obatala (creatividad), Oshum (agua), Ifa (conocimiento), Yemoja (brujería), Eshu (sabiduría) y Odudua (tierra), tuvieron un extenso repertorio de formas artísticas asociadas a ellos, como figuras, máscaras, cerámica, tejidos y joyas. Aquí, como en otras partes de África, las piezas artísticas utilizadas en relación con el culto al que representan, se han identificado, por regla general, a través de su iconografía, materiales, estilos y modos de fabricación.

El papel del arte en la sociedad africana

Los múltiples papeles desempeñados por el arte en las comunidades africanas son tan variados como sus formas de mecenazgo. Entre ellos se incluyen el social, político, económico, histórico y terapéutico.

Papel social

Una de las funciones más importantes del arte africano radica en la diferenciación social. De acuerdo con ello, las mujeres suelen representarse como madres, generalmente amamantando o acunando a su hijo. Los hombres, en cambio, suelen aparecer bien como ancianos, los jefes tradicionales de la comunidad, bien como guerreros montando a caballo o pertrechados para la lucha. Los temas sociales destacan, asimismo, en muchas representaciones de máscaras. En estas representaciones las características humanas y animales, personificadas por seres humanos debidamente vestidos y enmascarados, adoptan una gran variedad de papeles para ejemplificar con ellos las formar correctas e incorrectas de la conducta social. En las representaciones de los ijo y de los ibo, al sur de Nigeria, se han encontrado diversos modelos de conducta antisocial, como, por ejemplo, el avaro, el codicioso, la prostituta, el médico incompetente y el abogado sin escrúpulos. En las representaciones egungun de la vecina tribu yoruba, el chismoso, el glotón y el extraño amaneramiento de los extranjeros forman parte destacada dentro de los modelos sociales negativos.

Papel político

El arte africano desempeña también un importante papel dentro del poder político. Entre los dam (Liberia), kota (Gabón), pende (Zaire) y otros pueblos, la gente lleva máscaras imitando a jueces y policías. Las máscaras de los kwele gon de Gabón son ejemplos particularmente buenos de este tipo de representaciones de la comunidad oficial. Gracias a su anonimato y sus poderes especiales, estas figuras enmascaradas de los gon tienen poder para romper los códigos y prohibiciones sociales establecidas como medio para redistribuir la comida y los animales en épocas de gran escasez dentro de la comunidad tribal. Un modo diferente de control social es el realizado por ciertas figuras y motivos arquitectónicos en determinadas zonas de África. Las figuras relicario de los kota, sogo y fang de Gabón, por ejemplo, se utilizan como imágenes protectoras para custodiar las ancestrales reliquias sagradas de la tribu de posibles robos o daños. En el mismo sentido, los dogones de Malí y los senufo de Costa de Marfil tienen puertas minuciosamente talladas que, según la creencia popular, protegían los objetos sagrados y los suministros de comida de la comunidad.

Papel económico

El arte cumplió también un importante papel en la economía africana. Los bambara de Malí llevan a las ceremonias y ritos de cultivo y cosecha de los campos elegantes tocados de antílope de madera representando a Chi Wara. Chi Wara, mítico inventor de la agricultura para los bambara, aseguran que se sepultó él mismo bajo tierra como un acto de autosacrificio. La danza de las máscaras Chi Wara sobre los campos agrícolas (la tumba de Chi Wara) sirve a la vez para honrarle y para recordar a los jóvenes granjeros bambara el duro sacrificio que ellos deben hacer cada año. Entre los senufo de Costa de Marfil se utilizan figuras delicadamente talladas con el mismo fin de alentar a los agricultores en su difícil tarea. En este caso, estacas daleu con imágenes de pájaros o figuras femeninas se afianzan en la tierra al final de cada hilera de plantas cultivadas. Estos postes actúan a modo de metas, marcadores y trofeos en las competiciones agrícolas.

Papel histórico

En otra dimensión, el arte africano actúa como referencia o registro visual de importantes personajes o acontecimientos del pasado. Así, los dogones de Malí han grabado numerosas imágenes de sus legendarios antepasados, los nommo, que descendieron del cielo al comienzo de los tiempos. Estas figuras nommo (algunas de las cuales alzan sus manos hacia el cielo señalando su lugar de origen) han aparecido sobre puertas de graneros, en pinturas en el interior de las cuevas y en edificios sagrados.

En el poderoso reino de Benín, en Nigeria, se hicieron igualmente laboriosas planchas en relieve vaciadas en bronce (sistema de la cera perdida) representando a personajes y acontecimientos del pasado, con escenas de batallas, encuentros con dignatarios extranjeros, procesiones cortesanas, nobles con sus ropas de gala, ceremonias religiosas y músicos.

Papel terapéutico

Las terapias tradicionales africanas han tenido también formas especiales de representación artística. La adivinación, modo de determinar los problemas y su posible resolución, fue particularmente importante a la hora de elaborar objetos artísticos. Los adivinos o brujos yoruba (Nigeria) e ifa, por ejemplo, usaron mesas de adivinación laboriosamente esculpidas, cuencos y otros útiles como parte esencial de sus rituales. De igual modo, los baulé de Costa de Marfil emplearon también para sus oráculos recipientes y cacharros cuidadosamente labrados. Entre los kongo de Zaire, los fetiches de madera (atravesados por agujas y clavos de hierro) se consideraban imbuidos de poder para ahuyentar los peligros.

Diferenciaciones regionales

Aunque las diferencias son muy amplias, las culturas africanas subsaharianas pueden agruparse geográficamente atendiendo a su clima, topografía y organización social. Algunas de estas culturas han desaparecido, quedando sólo sus manifestaciones artísticas; otras han sobrevivido, con lo que su tradición artística continúa.

Artes de la sabana occidental

Entre las tradiciones artísticas más conocidas de la sabana occidental están las de los dogones, bambara, mossi, bobo y tamberma que habitan las llanuras secas y herbáceas de Malí, Burkina Faso y Togo. Las artes plásticas de los dogones, una de las tribus más aisladas, han sido especialmente bien estudiadas. Los dogones tienen una rica y compleja base filosófica sobre la que apoyaron sus producciones artísticas. Sus poblados, por ejemplo, semejan una forma humana, representando a los nommo, primeros seres humanos creados por el dios Sol y creador de los dogones. Partes importantes de la fisonomía en que se estructuran estos poblados son: la cabeza (herrería y casas para hombres), el tórax (casas de los jefes de los distintos clanes o linajes), las manos (casas de las mujeres), los genitales (mortero y altar) y los pies (capillas). Las máscaras dogones, realizadas por la asociación de hombres awa, representan la imagen que los dogones tienen del mundo en su totalidad, con los animales y gentes que lo habitan. El antílope, el pájaro, la liebre, las mujeres fulani y los hombres samana son algunas de las formas y modelos que aparecen en las representaciones de tipo funerario de esta asociación. Otras máscaras, a su vez, se inclinan más hacia la representación de conceptos filosóficos más abstractos. Una de ellas, la serpenteante máscara Gran Madre de 9 metros de largo, rememora a la muerte. Otra, la cruciforme máscara Kanaga, recrea, junto con los motivos de danza representados, el origen del mundo.

Más al este, entre el grupo lingüístico de los tamberma de Togo, la arquitectura doméstica ha alcanzado la cima de belleza y complejidad simbólica. Los castillos de barro de 2 pisos utilizados por este pueblo sirven no sólo de viviendas, sino también como fortalezas, catedrales, teatros y diagramas cosmológicos. Al igual que el pueblo dogon, cada casa tamberma adopta las distintas formas humanas. De acuerdo con ello, las fachadas aparecen esgrafiadas con los mismos diseños utilizados por las mujeres en sus adornos. Algunas partes del cuerpo se relacionan con determinados elementos de la vivienda, y así, por ejemplo, la puerta con la boca, la ventana con los ojos, la piedra de moler con los dientes, y así sucesivamente.

Los bosques occidentales

La gran masa forestal de la costa oeste, bañada por el Atlántico, a menudo llamada costa de Guinea, engloba las distintas culturas y artes de Guinea, Sierra Leona, Liberia y Costa de Marfil en el oeste, y Ghana, Togo, Benín y Nigeria en el este. En los bosques de la costa occidental, el arte está controlado y patrocinado por asociaciones de hombres y mujeres del tipo de los sandé y los poro. En la sociedad de mujeres sandé de los mende (Sierra Leona), tienen particular importancia sus máscaras, bruñidas en negro, que reflejan la belleza y riqueza del mar. Tales máscaras son llevadas por los líderes femeninos de la asociación en las ceremonias de iniciación de las jóvenes mujeres que ingresan en la comunidad. La más bella de estas máscaras refleja, a su modo, las características que los mende admiran de sí mismos: una frente elevada, despejada, un tocado ricamente elaborado, y un cuello de marcada elegancia.

Los poro, asociación paralela de hombres, también tienen una importante tradición de máscaras. De Liberia y Costa de Marfil son los dan, kran y guere poro, que representan en sus máscaras a diversos personajes relacionados con su asociación, como el juez, el cantante y el corredor. Formas elegantes, superficies negras y brillantes, y complicados tocados son sus principales características. Cuando las máscaras no se usaban se guardaban en una casa sagrada especial para ellas bajo la protección del amo o maestro. La esposa de este importante personaje tiene su propio objeto especial: una cuchara decorada que enseña en las fiestas de la comunidad.

En Ghana, Togo, Benín y Nigeria, en las regiones de la costa atlántica, se han encontrado algunas de las mejores piezas artísticas de carácter aristocrático de todo África. Quizá el más famoso de los reinos es el de la dinastía Benín en Nigeria. La ciudad regia de Benín (no debe confundirse con el reciente y vecino país del mismo nombre) tuvo su momento de esplendor en los s. XVII y XVIII, siendo comparada por los viajeros que la visitaban con las grandes ciudades contemporáneas de los Países Bajos. El palacio del rey era especialmente impresionante. Todos sus muros estaban recubiertos con magníficas y bellas planchas de bronce fundido, de las que se decía que brillaban como el oro. Cada uno de los tres edificios principales del palacio estaba rematado por grandes torretas que soportaban gigantescos pájaros y pitones de bronce. En los altares del palacio real se desplegaban cabezas conmemorativas de bronce, tanto para las fiestas privadas como para las oficiales.

Centro, sur y este de África

En los espesos bosques ecuatoriales y en las áridas regiones de la sabana que se extienden por todo Gabón, Zaire y países limítrofes al este y al sur, destacan aún otras manifestaciones artísticas. En las culturas matriarcales del sur de la República Democrática del Congo, tienen particular importancia la figuras femeninas. La casa del jefe de los pende, por ejemplo, presenta a menudo sobre su tejado una imagen de mujer a escala natural. Dicha figura sostiene, a veces, a un niño (símbolo de la línea familiar y futuros herederos) y a veces, un hacha (símbolo del poder).

Entre los primitivos gato, bongo y konso de Sudán y Etiopía, hubo la costumbre de instalar en lugares destacados del poblado figuras conmemorativas de madera que delimitaban el acceso al mismo y los sepulcros de sus antecesores más relevantes. En muchas otras culturas de África oriental, la escultura de tipo monumental fue menos frecuente. En cambio, la decoración corporal se convirtió en una importante fuente de manifestaciones artísticas. Los masai de Kenia y los zulú de Sudáfrica destacan sobre todo por sus joyas. Las formas circulares utilizadas por los masai para sus adornos personales aparecen también entre la tribu bantú, en esta misma zona. El gran edificio elíptico de piedra (c. 1200) de la antigua cultura Monomotapa, en Zimbabue, forma parte, conceptualmente, de estos diseños circulares.

Arte contemporáneo africano

Muchas de las denominadas artes tradicionales de África están todavía en pleno uso y vigencia. Como en todos los periodos artísticos, coexisten actualmente en África importantes innovaciones junto con significativos conservadurismos estilísticos. En años recientes, los avances en los medios de comunicación experimentados en el continente africano han facilitado la dispersión y difusión a gran escala de las diversas formas artísticas entre sus distintas culturas. Hoy, por ejemplo, algunas máscaras de estilo nigeriano se están usando con asiduidad entre las poblaciones de Ghana y otras tribus de la costa de Guinea.

El arte africano ha estado también sujeto a influencias exteriores. Por ejemplo, la arquitectura y los motivos decorativos islámicos pueden verse en muchas de las manifestaciones artísticas de la zona norte, especialmente en Nigeria, Malí, Burkina Faso y Níger. Motivos estampados similares a los utilizados en la India, se han encontrado en las esculturas y máscaras de los ibibio y efik, a lo largo de la costa sur de Nigeria. Algunos artistas contemporáneos han adoptado temas cristianos para los diseños de puertas, artesonados y pilas bautismales de las iglesias y catedrales del África cristiana. En fechas recientes, los artistas han encontrado sus principales fuentes de mecenazgo en los bancos, establecimientos comerciales, oficinas gubernamentales y cortes de los nuevos países. El turismo también ha contribuido a favorecer la demanda de arte africano, especialmente máscaras decorativas y esculturas ornamentales de ébano o marfil, dentro de los límites oficialmente permitidos.

El desarrollo de las escuelas de arte y arquitectura en las ciudades del África subsahariana ha alentado a los artistas a trabajar en nuevos materiales, como el cemento, el óleo y otras pinturas, tinta, piedra, aluminio y una gran variedad de medios gráficos. Las imágenes y diseños así creados reflejan una vibrante fusión entre la tradición africana y el Occidente contemporáneo. Artistas como Twins Seven y Ashira Olatunde, ambos de Nigeria, o Nicholas Mukomberanwa, de Zimbabue, se cuentan entre los más brillantes seguidores de estas nuevas formas de creación artística.

El continente africano acoge una gran variedad de culturas, caracterizadas cada una de ellas por un idioma propio, unas tradiciones y unas formas artísticas características. Aunque la gran extensión del desierto del Sahara actúa como barrera divisoria natural entre el norte de África y el resto del continente, hay considerables evidencias que confirman toda una serie de influencias entre ambas zonas a través de las rutas comerciales que atravesaron África desde tiempos remotos. Hoy, por ejemplo, aparecen entre las culturas del sur del Sahara muchas muestras de arte islámico, así como también formas arquitectónicas de inspiración norteafricana. Además, las investigaciones apuntan a una influencia recíproca entre estas zonas del sur con las tradiciones artísticas y culturales de aquellas regiones del norte de África más cerradas al Mediterráneo. El arte de Egipto, uno de los más brillantes de África, tiene importantes conexiones artísticas y culturales con las civilizaciones africanas al sur del Sahara.

Los collares africanos destacan por el conjunto de colores que en ellos se combinan. Cada collar tiene un significado, al igual que las máscaras.

Las artes africanas son fiel reflejo de las ricas historias, filosofías, religiones y sociedades de los habitantes de este vasto continente. El arte africano, además de su importancia inherente a las gentes que lo produjeron, ha inspirado también a algunos de los más importantes artistas y movimientos del arte contemporáneo tanto de Europa como de América. Los artistas occidentales del s. XX han admirado la importancia que se concede a la abstracción en el arte africano, estimulando con ello su falta de preocupación por el naturalismo.

La historia del arte africano se remonta a los tiempos prehistóricos. Entre las formas artísticas más antiguas están las pinturas y grabados en piedra de Tassili y Ennedi, en el Sahara (6000 a. de J.C. y s. I). Otros ejemplos de arte primitivo los tenemos en las esculturas modeladas en arcilla de los artistas de la cultura Nok, al norte de Nigeria, fechadas entre el 500 a. De J.C. y el 200; también en los decorativos trabajos en bronce de Igbo Ukwu (s. IX y X), y en las magníficas esculturas en bronce y terracota de Ifé (del s. XII al XV). Estas últimas muestran tal habilidad técnica y están representadas de forma tan naturalista que en un principio, aunque erróneamente, se consideró que estaban inspiradas en la Grecia clásica.

Las ricas tradiciones artísticas africanas continúan hoy día, tanto en su línea más tradicional como a través de nuevos y renovadores modos de expresión.

África occidental y central sudsahariana

La vastísima zona africana que comprende las costas del golfo de Guinea y las enormes cuencas de los ríos Níger y Congo, cubiertas de sabanas y espesas selvas tropicales, está habitada por pueblos melánidos de cultura agrícola y vida sedentaria, que practican cultos y ritos de carácter animista, en relación con los cuales han desarrollado modalidades artísticas que se caracterizan por el uso de la madera como material básico de sus esculturas y tallas. Destacan las tallas antropomorfas dedicadas al culto a los antepasados, las máscaras para danzas de carácter ritual, y en menor grado los denominados fetiches, que se relacionan con la magia. También son muy interesantes las tallas de objetos utilitarios: taburetes, tambores, copas y postes para las casas de los jefes.

África oriental y meridional

En las mesetas de Etiopía y en la región de los grandes lagos habitan pueblos, como los etíopes y los nilóticos, que practican la ganadería de bóvidos en las sabanas cubiertas de hierba; también en las llanuras herbosas del África meridional, en las que viven diversos pueblos de lengua bantú, la economía es asimismo pastoril y, por lo tanto, esencialmente nómada. Los pueblos no sedentarios, por lo general, no realizan obras de arte que requieran largas horas y jornadas de un trabajo que exige atención y numerosas herramientas, como es la talla en madera. Por ello, los pueblos pastores de África limitan sus actividades artísticas a la decoración de su propio cuerpo con pinturas, ungüentos, complicados peinados y grandes tocados y a la fabricación de utensilios de cestería, cerámica y cuero.

Cuando se habla de arte negroafricano, hay que hacer la advertencia que éste queda limitado a las etnias que pueblan un área amplia y a la vez compacta del África Occidental y Central, cuyas fronteras están marcadas, por el norte, por el desierto del Sahara; por el este, por la cuenca de los Grandes Lagos, y por el sur, por el desierto del Kalahari. Dicho en otras palabras, la plástica negroafricana procede exclusivamente de las cuencas de los ríos Níger y Congo. Dentro de las áreas mencionadas, prácticamente todas las tribus realizan esculturas de madera. Únicamente se tallan objetos de carácter utilitario, para las actividades de cada día. Dado que no existen diferencias raciales o lingüísticas que permitan establecer algún tipo de hipótesis acerca de la mencionada distribución, la única explicación posible reside en el género de vida de unos y otros pueblos. En efecto, el ámbito de los pueblos escultores corresponde a etnias sedentarias, de agricultores que viven agrupados en poblados. Los pueblos que carecen de escultura (nilóticos, sudafricanos) son nómadas, dedicados básicamente al pastoreo.

La plástica negroafricana fue conocida en Europa al iniciarse los primeros imperios coloniales. Fueron los navegantes portugueses, que a mediados del s. XV contorneaban las costas occidentales de África, los primeros que entraron en contacto con los pequeños reinos de tipo feudal que existían en los territorios correspondientes a las actuales repúblicas de Nigeria y Congo. Más tarde, en los s.s XVI a XVIII, siguieron aquellas rutas comerciantes holandeses, ingleses y franceses, cuyo objetivo principal, en sus incursiones por territorio africano, era la adquisición de oro, marfil y, especialmente, esclavos. Ya en el s. XIX, África fue el principal objetivo de los países colonizadores europeos, y los ejércitos belgas, franceses, alemanes y, claro está, ingleses, rivalizaron en el reparto y conquista del territorio africano.

Tallas africanas, especialmente de marfil y bronce, fueron trasladadas a Europa desde mediados del s. XV, pero en ningún caso fueron consideradas como objetos de interés artístico, sino como meras “curiosidades”, producto de culturas inferiores, propias de pueblos “primitivos” y” salvajes”. Realmente, las tallas y las máscaras negroafricanas no recibieron la consideración del mundo occidental, desde el punto de vista estético, hasta que a finales del s. XIX y principios del XX, la vanguardia artística europea del postimpresionismo francés (fauves y cubistas) y los expresionistas alemanes (de los grupos Die Brücke y Der Blaue Reiter) creyeron ver, en las esculturas procedentes del África negra y de Oceanía, la respuesta a los interrogantes que ellos se planteaban acerca de la validez de las antiguas tradiciones artísticas de Occidente, que consideraban caducas y periclitadas. Encontraron, pues, en el denominado “arte de los pueblos primitivos”, africanos y oceánicos, que prescindía totalmente de cánones, que rehuía de la imitación y la descripción, el paradigma de la libertad expresiva del artista.

A partir de la primera década del s. XX, el interés por las manifestaciones artísticas africanas se difundió con extraordinaria rapidez, iniciándose una verdadera carrera por adquirir ejemplares representativos del arte de las diferentes etnias del continente africano. Pronto se reunieron en Europa y América grandes colecciones que no sólo enriquecieron los museos en los que se exhiben las producciones artísticas de las antiguas civilizaciones de la humanidad, como son el British Museum o los museos de Berlín, sino que se integraron también en riquísimas colecciones particulares. El interés por el arte negroafricano corría paralelo con el desarrollo e intensificación de la colonización de África por parte de los Estados europeos y de la consiguiente penetración de la cultura occidental en aquel continente, con todas sus ventajas y, asimismo, con todos sus inconvenientes.

La actuación de misioneros y colonos pronto operó cambios profundos en el sistema de creencias y en la propia filosofía de la vida de los indígenas africanos, basada en el temor al poder de los espíritus y en la eficacia de la magia y de los ritos para propiciar y dominar aquel poder. Dado que el arte negroafricano, como se verá más tarde, estaba estrechamente conectado con esa cultura mágico religiosa, a medida que han ido desapareciendo aquellas creencias, el arte, a su vez, falto de la savia que lo nutre, ha ido extinguiéndose, y en los últimos lustros las tallas africanas son una mera repetición de las que todavía estaban en plena vigencia en las décadas de 1950 y 1960. Esta transformación se operó de un modo automático y no siempre por la actuación deliberada del “invasor”, deseoso de extirpar un sistema de ideas que consideraba inmoral y pernicioso, sino simplemente por la introducción entre las poblaciones africanas de nuevos materiales y herramientas, de un sistema educativo que incluía el aprendizaje de la lengua y la cultura de los colonizadores, y sobre todo, por el sentimiento surgido entre los mismos indígenas, al abandonar su “primitivo” pasado, y aculturizarse, de desprecio hacia sus antiguas creencias. Y como las esculturas dedicadas al culto a los antepasados y las máscaras rituales estaban íntimamente unidas a tales creencias, fueron consideradas como testigos desafortunados de aquel pasado, y las mismas personas que las habían creado las desecharon, destruyeron o, en el mejor de los casos, obtuvieron una pingüe ganancia vendiéndolas a los blancos.

Hay que tener en cuenta que el sistema de valores africano no consideraba aquellas piezas, como hace la cultura occidental, por su interés estético o histórico, sino simplemente como un vehículo o instrumento de su sistema de creencias; por tanto, abandonado el sistema, el instrumento dejaba de tener validez. Otra causa de la desaparición de magníficas tallas africanas, que es necesario considerar, es el propio material en el que más corrientemente se expresó la plástica africana, la madera, que en su medio ambiente original se encuentra amenazada por los factores ambientales de calor, y sobre todo de humedad, y también por roedores e insectos xilófagos, por lo que las tallas, incluso las elaboradas con maderas muy duras, no sobreviven largo tiempo.

Paradójicamente, las tallas africanas más antiguas son las conservadas en museos europeos. Lo mismo sucede con piezas esculpidas en otros materiales, como el marfil, tan apreciado en Europa, y que en cambio en la propia África se utiliza muy raramente y sólo en objetos suntuarios usados por los reyes de los pequeños estados feudales. Precisamente, de este material hechas por encargo de los propios europeos y con temas de inspiración también europea. Se trata de copas, saleros, cucharas, trompas y colmillos de elefante cubiertos de escenas en relieve y también de crucifijos y cálices. Las escasas esculturas de madera que se conservan de los primeros s.s de contacto entre Europa y África carecen de documentación y a veces tan sólo se conoce de ellas el lugar de origen.

La inicial aproximación admirativa, por parte de los artistas de las vanguardias europeas, al arte negroafricano fue seguida, en el período entre las dos guerras mundiales, y de modo progresivo, por el interés del mundo científico por descubrir el significado que aquellos objetos tenían para las sociedades que los habían creado. Se promovieron entonces numerosas expediciones constituidas por antropólogos, sociólogos, arqueólogos e investigadores del arte, para el estudio en profundidad de la compleja y plural cultura de las etnias negroafricanas.

Esta etapa, realmente positiva y fructífera, fue interrumpida por la II Guerra Mundial, tras la cual las naciones europeas, concientizadas de los errores cometidos por un imperialismo sin escrúpulos, iniciaron el proceso de descolonización de los territorios africanos. Este proceso, complejo y difícil, plagado de conflictos políticos, económicos y sociales, ha sumido a las sociedades negroafricanas en un profundo desconcierto, en gran parte debido a la imposición, por parte de los colonizadores, de esquemas culturales que eran ajenos a las etnias africanas y por la destrucción de los suyos.

Entre los muchos daños que esa situación ha determinado se halla también la lenta desaparición de las raíces de las que se alimentaba el arte autóctono No obstante, con toda seguridad, surgirán en un futuro inmediato nuevos artistas que lograrán aunar la antigua plástica con las nuevas corrientes culturales que van surgiendo en los modernos países del África negra.

Desarrollo histórico del arte en África negra

Aunque poco conocido, el arte negroafricano abarca un período extenso, de casi 30.000 años. Las primeras muestras conservadas son de hacia el 26000 a. de J.C y consisten en pinturas y grabados rupestres en la zona de Namibia. No se descarta que en futuras excavaciones y exploraciones se encuentren vestigios anteriores ya que el género humano se originó en este continente.

En la zona del Sahara existen numerosos ejemplares también de arte muy antiguo, de la época neolítica, si bien de un momento más reciente que el de África meridional. Se trata también de pinturas y grabados de entre el 8000 a. de J.C y el s. I d. de J.C En este mismo lapso histórico en la zona alta del río Nilo se desarrolló, entre el 8000 a. de J.C y el 500 d C, el reino negro de Nubia (actual Sudán), con interesantes manifestaciones artísticas. A partir de los primeros contactos con el mundo egipcio, en torno al 2000 a. de J.C, empezaron a trabajar materiales nobles, de los cuales nos han llegado algunas piezas.

Desde mediados del I milenio a. de J.C las poblaciones saharianas se expandieron hacia el sur y se tienen muestras de su presencia en la cuenca del río Níger. Destaca la ciudad de Djenné, con su gran mezquita, que fue fundada entorno el 250 a. de J.C y que se desarrolló gracias al comercio hasta llegar a su mayor expansión en el 850 d. de J.C

Entre el 500 a. de J.C y el 200 d. de J.C se desarrolló en la zona media del río Níger la cultura Nok. El nacimiento de este pueblo sigue siendo un misterio, igual que el significado de sus esculturas. Un poco más al sur y en torno al año 350 a. de J.C se tienen las primeras muestras de la cultura Ifé, la cual desarrolló magníficas cabezas en bronce y terracota, que demuestran la perfección de los artesanos en el momento de usar la técnica de la cera perdida en tan remota época.

Poco se conoce de lo que sucedió en África hasta el año 500 d. de J.C Se sabe, sin embargo, que en el sur del continente se seguían pintando y grabando rocas y cuevas. Sin embargo también se han encontrado los restos de siete esculturas en un yacimiento cercano a Pretoria (Sudáfrica). Están realizadas en loza y, según los datos de la datación por radiocarbono, fueron enterradas en torno al año 500, lo que las convierte en las piezas escultóricas más antiguas del hemisferio sur africano.

En Etiopía, entre el s. I y VII, se desarrolló el reino cristiano de Axum. En este estado se originó un arte sacro cristiano. Cabe señalar, por su monumentalidad, las estelas funerarias de unos 20 metros de altura que se erigieron cerca de la ciudad de Yeha, con motivo de la muerte de personajes de la elite política y religiosa.

A partir del año 500 hay que diferenciar el arte africano según la zona de su producción, distinguiendo así dos grandes centros: África occidental y África suroriental. En la zona occidental aparecieron diversos reinos que se enriquecieron por el comercio transahariano entre los pueblos del norte y los del sur del desierto. El primero de estos reinos en surgir fue el de Sonninké, en Ghana, y se convirtió en uno de los centros principales.

Entre el 500 y el 800 se desarrolló enormemente la ciudad de Djenné, que junto a la civilización previa de los Nok, fueron uno de los primeros en dominar la técnica del hierro, y entre el s. X y XV, elaboraron magníficas piezas de terracota. Desgraciadamente, las excavaciones no profesionales han expoliado muchos de estos testimonios y hoy poco se puede descubrir acerca de su significado. Sin embargo las pocas investigaciones profesionales han revelado que eran objetos ceremoniales que eran enterrados junto a otros objetos rituales.

Las civilizaciones de Nok e Ifé

Es en Nigeria donde se han localizado los más antiguos testimonios del arte africano. En el poblado de Nok, en la provincia de Zaria, se hallaron, en unas minas de estaño abandonadas, y mezcladas con hachas de piedra pulimentadas y con restos de una industria del hierro, un conjunto de esculturas de terracota de tamaño diverso, entre las que destaca una serie de estilizadas cabezas humanas de forma cilíndrica o cónica, con complicados tocados, y boca, ojos, orejas y pupilas realizados mediante escisiones. Además de estas cabezas y de fragmentos de cuerpos, brazos y piernas humanos, se han encontrado figurillas de animales de tipo realista. A los hallazgos de Nok se han unido, en los últimos lustros, varios más descubiertos en lugares cercanos. Según los datos que proporciona la datación mediante el carbono 14, las esculturas de Nok se remontan a una época comprendida entre el 500 a. de J.C. y el 200 d. de J.C

Cerca de Nok, en el sudoeste de Nigeria, en territorio habitado desde antiguo por la etnia yoruba, se desarrolló un importante foco cultural centrado en torno a la ciudad de Ifé, capital religiosa de la mencionada etnia. Un investigador alemán, León Frobenius, descubrió en 1910, en la ciudad de Ifé, un conjunto de esculturas representando bellísimas cabezas humanas realizadas en terracota y en bronce fundido, de tamaño algo menor que el natural, de un extraordinario realismo y elaboradas con una habilidad y una técnica altamente refinadas; junto a estas cabezas aparecieron también esculturas muy estilizadas que relacionaban el arte de Ifé con el de Nok.

En 1938 fueron descubiertas, también en Ifé, 18 hermosas cabezas en bronce fundido, de extraordinaria perfección, la mayor parte de las cuales se conservan hoy en día en los museos de Nigeria (en Ifé y en Lagos). En los años sesenta se practicaron excavaciones en algunos centros cercanos a Ifé, que proporcionaron nuevos y extraordinarios hallazgos.

Lo más sorprendente del arte de Ifé son, sin duda, las magníficas cabezas humanas, que constituyen verdaderos retratos, quizás algo idealizados. Estas cabezas difieren totalmente, tanto en el tratamiento de las formas, como en las técnicas empleadas, e incluso en el mensaje que transmiten, de cuanto representa el arte negroafricano posterior; hasta el punto que se ha pretendido entroncar el arte de Ifé con el de las altas culturas mediterráneas. En 1950, M. W. Fagg formuló la hipótesis de que los yoruba, creadores del arte de Ifé, hubiesen emigrado hasta Nigeria desde las orillas del alto Nilo, en los inicios de la era cristiana; las emigraciones pudieron producirse en diferentes oleadas, de modo que Nigeria habría recibido el influjo de la cultura de Nubia, donde se conservaban tradiciones egipcias y prehelénicas.

Otras hipótesis, menos plausibles, entroncan el arte de Ifé con posibles contactos e influencias de fenicios, cartagineses e incluso griegos y romanos, que pudieron establecerse en aquellos territorios de modo fortuito, en el transcurso de sus expediciones a lo largo de las costas del golfo de Guinea.

El oni regulaba los conflictos dinásticos y coronaba a los reyes de los estados federados. La ciudad “santa” de Ifé era y es aún en la actualidad foco de atracción de peregrinajes procedentes de buena parte de la cuenca del río Níger. Las cabezas de terracota y de bronce serían retratos de los oni y de sus esposas.

Las cabezas de bronce están fundidas por el difícil procedimiento de la cera perdida, realizado con extraordinaria perfección, sólo superada por los grandes escultores italianos deI Renacimiento. Algunas de estas cabezas, por su expresión severa y altiva, poseen la dignidad de los retratos de la Roma imperial; no obstante, sus rasgos, sus bocas de labios gruesos, los ojos rasgados, la nariz ancha de aletas dilatadas, reflejan las características raciales negroafricanas. Algunas cabezas presentan surcos paralelos, que recorren las caras longitudinalmente y que representan un tipo de escarificación practicado en esta zona de África. Asimismo, en torno al nacimiento del cabello y de la boca y las mejillas, algunas cabezas ostentan pequeños orificios en los que al parecer se insertaban pelucas, barbas y bigotes artificiales hechos con pelo natural.

El arte del reino de Benín

Al este de los yoruba y al oeste del río Ifé, están establecidos los edo, una etnia compuesta por varias tribus, entre las que se cuenta la de los bini, cuya capital fue Benín. Los bini formaron en el s. XII uno de los reinos confederados que rendía pleitesía al oni de Ifé. Incluso parece que un oba rey de Benín pidió al oni de Ifé, en el s. XIII, que enviase a su ciudad un maestro en el arte de la fundición del bronce. Constituían un grupo guerrero y pronto formaron uno de los más poderosos imperios que han existido en África. En el s. XV, el portugués Fernando Poo estableció un tratado comercial, entre el rey de Portugal y el oba reinante en Benín, por el que los africanos entregaban productos tales como pimienta, aceite de palma, marfil y esclavos, recibiendo a cambio sal, telas, alambre, utensilios metálicos, armas de fuego y pólvora. Los portugueses introdujeron en Benín las naranjas, los limones, el cacao, el maíz y el tabaco. En los s.s XVI y XVII comerciantes ingleses y holandeses establecieron sus factorías en Benín. Precisamente un viajero holandés, Dapper, nos ha dejado una magnífica y vívida descripción de la ciudad de Benín y del palacio del oba, con sus pilares recubiertos de placas de bronce decoradas con hermosos relieves. El bronce era un material de primordial importancia para los bini, y el oba tenía el monopolio de su fabricación y utilización, consistente en la realización de objetos suntuarios y religiosos para el oba y su corte.

En Benín se produjeron piezas de bronce, y también tallas de marfil, a lo largo de varios s.s; las mejores y más bellas esculturas y placas con relieves son, sin duda, las realizadas a mediados del s. XVI. Entre las primeras destacan las cabezas de reinas madre, de bellos y delicados rostros y graciosos tocados; entre las placas destacan las escenas de caza, en las que están representados arcabuceros portugueses, y las de corte. Otra época de bellas producciones fue el s. XVIII. A partir de entonces el arte de los broncistas de Benín entró en una progresiva decadencia; las cabezas de los oba se hicieron cada vez más estereotipadas, la fundición perdió calidad, y aumentó el grosor del material empleado.

A finales del s. XIX, cuando los ingleses iniciaron la colonización de Nigeria, el reino de Benín se había convertido en paradigma de terror y crueldad, ya que los oba, para mantener su posición preponderante sobre las tribus vecinas, recurrían a un constante uso de la fuerza, que se manifestaba especialmente durante las ceremonias anuales dedicadas al culto a los oba difuntos y a la divinización del oba reinante, y que implicaban la realización de sacrificios masivos de los prisioneros de guerra.

En 1897, las constantes denuncias que hacían los pueblos vecinos de la crueldad que reinaba en Benín decidieron al vicecónsul británico, Mr. Phillips, a intervenir, comunicando al oba que deseaba visitar la ciudad. Pese a la negativa del oba, que manifestó que la época no era oportuna, por celebrarse entonces los ritos que aseguraban la continuidad de la dinastía y la riqueza de su reino, Phillips decidió realizar la visita.

Según parece, uno de los jefes de las tropas del oba, desobedeciendo las órdenes de éste, hizo caer en una emboscada a los blancos, y Phillips y sus acompañantes (excepto dos, que pudieron escapar y explicar lo sucedido) fueron asesinados. La respuesta británica fue contundente, la ciudad de Benín fue sitiada, cañoneada hasta arrasarla y entregada al pillaje.

Los tesoros del palacio del oba, los altares, las cabezas de bronce, las copas, campanas, trompas, marfiles tallados, y las hermosas placas de bronce de paredes y columnas, fueron repartidas entre los soldados. A la larga, una buena parte de las mejores piezas pasaron a engrosar las colecciones inglesas; algunas, muy pocas, quedaron en Nigeria y otras se dispersaron por el mundo.

Actualmente, la mayor y mejor colección de piezas de Benín es, sin duda, la del Museo de Berlín Dahlen; le sigue la del Museo Británico y la colección Pitt Rivers, también en Inglaterra. Así terminó la más importante y más larga tradición artística del África negra.

Las tallas en madera

La estatuaria del África negra de madera incluye objetos y temas variados. Hay que destacar en primer lugar las figuras para el culto a los antepasados y las máscaras, que constituyen los temas más ampliamente difundidos. Otros temas cultivados solamente por tribus muy determinadas son los fetiches, relacionados con la magia, las figuras de divinidades o de personajes reales (que aparecen solamente entre las tribus de mayor desarrollo cultural) y objetos varios en los que, en ocasiones, la plástica africana alcanza sus más bellas manifestaciones, como tronos, taburetes, bandejas y cajas para la adivinación, copas, puertas, columnas, tambores y figuras de animales. Se ha dicho que toda la estatuaria africana tiene un trasfondo religioso. Aunque esta afirmación es excesivamente rotunda, es cierto que una buena parte de las mejores tallas africanas están dedicadas al culto a los antepasados, al mito, la magia y el ritual. El negroafricano cree que todos los seres y cosas dotados de vida poseen un espíritu que los anima: cuando mueren, su espíritu vaga libremente y, según sea el comportamiento de los vivientes respecto a él, puede actuar de una manera positiva o negativa. El hombre, para lograr dominar los espíritus de los difuntos, puede recurrir al culto, que incluye ritos, sacrificios y ceremonias, y también acudir a la magia, que podrá ser realizada con fines benéficos (magia blanca) o maléficos (magia negra). La propia realización de una talla dedicada a ese culto se inicia ya en medio de ritos especiales que tienen por objeto apaciguar al espíritu del árbol del que se ha de obtener la madera para la escultura. Los ritos consisten en sacrificar al espíritu del árbol un pequeño animal, generalmente un pollo, cuya sangre se derramará sobre la madera, y en el recitado de fórmulas mágicas salmodiadas. Una vez tallada la figura, se purifica ésta mediante sahumerios y se baña con aceite de palma para evitar que espíritus dañinos penetren en ella. Más tarde se consagra a los espíritus de los difuntos, que pasarán a residir en ella mediante ceremonias en las que se invoca a los espíritus en medio de danzas y ritos especiales. Una vez “consagrada” la estatuilla, en la que ya reside el espíritu de un difunto en particular, o el espíritu de los difuntos del grupo, se procurará obtener su benevolencia y ayuda mediante pequeñas ofrendas de comida, vino de palma, sahumerios, etc.

Las tallas para el culto de los antepasados de ciertas etnias africanas se cuentan entre las más notables piezas del llamado “arte primitivo”; así, las de los baulé de Costa de Marfil, los dogon de Mali, los fang de Gabón y Guinea Ecuatorial, los bacota de Gabón, los bakongo, baluba, bakota, bapende, bena lulua, etc., de Zaire. Aunque la utilización de máscaras se extiende a todos los continentes, épocas y culturas, es en África, y entre los pueblos de raza negra y de cultura agrícola, donde el uso de la máscara alcanza mayor difusión, significado y variedad.

Las máscaras, como las estatuillas para el culto a los antepasados, están relacionadas con el mundo de los espíritus. La máscara es el instrumento del que se vale el hombre para captar la fuerza que emana de los espíritus, someterla y transmitirla a la comunidad, para que ésta la use en su propio provecho. La máscara ha de tener un aspecto semejante al del espíritu que se desea dominar, para que éste se sienta atraído y tome posesión del portador de la máscara. La máscara es una simple apariencia del espíritu y el enmascarado no se identifica con el espíritu que invoca, sino que éste toma posesión de su persona, hasta el punto que el portador de la máscara, “fuera de sí” (perdida momentáneamente su propia personalidad), en puro frenesí, en estado incluso de trance, actúa, se mueve, habla, gesticula y danza de modo distinto al suyo habitual; se convierte en instrumento del espíritu, a través del cual éste se manifiesta. Las máscaras desempeñan un papel eminente en las ceremonias funerarias; gracias a ellas, el grupo ( familia, clan, tribu) del que formaba parte el difunto logra dominar la fuerza vital del espíritu del difunto, de modo que no pueda convertirse en una fuerza maligna que llegue a perjudicar a los suyos.

La técnica de la cerámica

Las piezas cerámicas más antiguas que se han descubierto en el continente africano se remontan al VI milenio a. de J.C, tal como demuestran ciertos fragmentos hallados en el desierto del Sahara.

Pueden distinguirse entre dos tipos de objetos cerámicos: las esculturas y los utensilios de uso cotidiano. A pesar de estar fabricados con las mismas técnicas, éstos difieren radicalmente en cuanto a su funcionalidad y naturaleza. Mientras la escultura puede tener significación ritual o mágica, los elementos domésticos eran concebidos para resultar prácticos en el hogar. Estos últimos podían contener leche o grano, cerveza o miel, hierbas curativas e incluso las cenizas de los familiares fallecidos. Cada uno de ellos adaptaba su forma y aspecto externo a su funcionalidad precisa.

La cerámica africana antigua estaba habitualmente modelada por mujeres, ya que el acto de realización de este tipo de obras se encontraba íntimamente relacionado con los rituales de fertilidad y el proceso de creación de la vida. Sin embargo, y como se verá un poco más adelante, existen ciertas culturas en las que son los hombres quienes se ocupan de esta labor.

Los objetos cerámicos africanos tradicionales están modelados a mano, sin la utilización de la rueda de alfarero. Si bien en la actualidad ésta se halla presente en algunos centros productores, las técnicas ancestrales de manipulación y tratamiento de la arcilla siguen siendo las más expandidas en la mayor parte del continente, sin peligro de desaparecer próximamente. De hecho, trabajar el material a mano presenta más dificultad que hacerlo con la rueda de alfarero, por lo que los objetos realizados mediante esta técnica requerían mayor destreza que los hechos utilizando medios mecánicos. Como ya se ha avanzado, tanto los receptáculos como las esculturas cerámicas africanas se realizaban teniendo en cuenta las mismas técnicas, ya que normalmente una sola persona se encargaba de fabricar el material y de darle forma. El creador, una vez preparada la arcilla mezclando la tierra seleccionada con agua, colocaba una pequeña cantidad de ésta sobre un soporte, para realizar la base del objeto. Encima de la misma se iba construyendo el artefacto, a través de diferentes trozos que se modelaban con las manos de forma individual. Sin embargo, en determinadas regiones del continente, se usaban otras técnicas para construir los objetos. Las mujeres ashanti de Ghana, por ejemplo, los elaboraban a partir de una única porción de arcilla; al igual que los artistas cerámicos de Sokoto. Generalmente, los objetos se dejaban secar al sol hasta que perdían toda la humedad. Entonces, se procedía a su cocción, para lo cual se colocaban sobre una capa de maleza, eran recubiertos con hierba y, finalmente, se prendían con fuego. Aunque la duración de la cocción variaba según las dimensiones de la pieza y las regiones donde se efectuaba, habitualmente ésta se prolongaba entre 15 minutos y un par de horas. Los hornos no empezaron a ser utilizados hasta el final de la sociedad tribal, por lo que hoy en día muchos pueblos africanos siguen elaborando sus objetos cerámicos con las técnicas ancestrales de sus antepasados.

Los utensilios que se usaban para la fundición de estas piezas eran, por regla general, elementos sacados del entorno natural, como vainas, trozos de cuero y guijarros, e incluso pequeñas varillas de madera para efectuar las decoraciones del exterior antes de su secado. Después de éste, se podían realizar ornamentaciones con incisiones de cuchillos o incluso con pigmentos.

Nigeria es uno de los lugares que alberga restos de cerámica de gran antigüedad, en especial procedentes de la cultura de Nok. Estos pueblos sobresalieron en las representaciones escultóricas de cabezas y partes del cuerpo, algunas de ellas de tamaño real, y se les puede considerar como precursores de este tipo de producción en el continente.

Además de la cultura de Nok, en Nigeria también es destacable la presencia de los Ifé, cuya tradición cerámica es igualmente remarcable. Probablemente influenciados por el pueblo Nok, los Ifé produjeron también esculturas de gran naturalismo, tratándose de las dos únicas culturas africanas en haber construido figuras de seres humanos a tamaño natural.

El estilo Igbo Ukwu

En la región africana del bajo Níger, a mediados del s. XX, se encontraron fortuitamente varios objetos de bronce así como una cámara funeraria perteneciente a quien se cree era un gran dirigente religioso de los igbo, enterrado alrededor del año 1000. Este descubrimiento debe atribuirse a la familia Anozie y por este motivo a los yacimientos se les puso el nombre de sus miembros (Isaiah, Jonah y Richard).

La excavación del emplazamiento fue llevada a cabo por el arqueólogo Thurston Shaw quien, en este primer momento, desenterró los esqueletos de cinco individuos, que probablemente eran esclavos al servicio de su amo, cuyos restos se hallaron un metro por debajo. Acompañando los cuerpos se encontró una gran cantidad de objetos: artefactos de marfil y madera, fragmentos de tejidos, cuentas de cristal y coralina, cerámica, cuchillos y unos 25 utensilios de bronces y varios objetos metálicos para uso personal (brazaletes, abanico, etc.), confeccionados mediante la técnica de la cera perdida.

Para obtener la data de todas estas piezas, se utilizó la técnica del radiocarbono, resultando fechadas en torno al año 900 d. de J.C, mucho antes de los bronces de Ifé y de las esculturas del palacio del Oba, en Benín. Igualmente, las obras de Igbo superan a las anteriormente citadas en la calidad del metal utilizado para su confección. Parece ser que el cobre empleado en Igbo contiene como mínimo de un 5% de estaño; todo esto no hace sino demostrar el alto grado de refinamiento y técnica de esta cultura a la hora de confeccionar sus obras. Entre las piezas sacadas a la luz en Igbo Richard, cabe destacar un objeto de bronce, representando un cráneo de leopardo engarzado en una varilla metálica, probablemente de cobre. Este elemento se halló junto a los restos del personaje principal enterrado en este yacimiento, así como una estatua ecuestre de peculiar belleza. El más importante de los objetos hallados en el yacimiento Igbo Isaiah, es un recipiente de bronce, consistente en un pie con decorado con motivos geométricos que sostiene un cuerpo en forma de vasija ornamentada por ondas entrecruzadas. Toda la pieza está envuelta por una red metálica que simula una cuerda. Se desconoce la funcionalidad exacta de este objeto, si bien se han lanzado varias hipótesis al respecto. De todos modos, parece evidente que no era para uso doméstico y tenía que tener una función ritual.

En el yacimiento de Igbo Jonah, aparte de numerosos objetos de hierro, cobre y terracota, sobresalen excelentes utensilios cerámicos ornamentados con motivos geométricos y zoomorfos, cuya funcionalidad era con toda probabilidad ritual. Si tenemos en cuenta la naturaleza del territorio del bajo Níger, sorprende la utilización de ciertos materiales presentes en las obras, tales como la cornalina, el cristal y el cobre. En el caso de los dos primeros, parecen proceder de la India, hecho que probaría la existencia de un intercambio entre las dos regiones, así como de rutas comerciales, ya en la época. Por otra parte, se ha discutido mucho sobre la procedencia del cobre usado para obtener el bronce con el que se realizaron las piezas Igbo Ukwu.

Debemos especificar que en aquel momento se desconocía la existencia de depósitos de cobre en la región. Por consiguiente, el material tuvo que ser importado desde otro lugar, como podría ser las Montañas de Air (al norte de Igbo Ukwu), el Congo o las runas de Azelik y Marandet, en el actual Níger. De la misma manera, se han hallado pequeños depósitos de cobre cerca del poblado de Abakaliki. Además del hecho de que el material procediera básicamente del exterior, otro hecho que pone en duda la realización de estas piezas por el pueblo Igbo Ukwu es el hecho de que no se han encontrado restos de una manufactura de Fundición de bronce en el mismo sitio. Al respecto, se han barajado varias teorías que contemplan la posibilidad de que los bronces Fueran importaciones, trabajos locales realizados por artesanos extranjeros o, simplemente, piezas locales sin relación alguna con la tipología habitual en el área.

El descubrimiento de algunas piezas en emplazamientos relativamente alejados de Igbo Ukwu (delta del Níger y las inmediaciones del río Cross), ha puesto de manifiesto la enorme afinidad tanto técnica como estilística a las piezas anteriormente descritas. Esto no ha hecho más que añadir más interrogantes al misterioso origen de las obras de esta cultura del bajo Níger. ¿Es probable que se exportaran bronces, o hubo un taller itinerante conocedor del estilo, que viajó por la zona? La falta de nuevos hallazgos arqueológicos y de una prueba fehaciente de la existencia de una industria de Fundición en la región no permiten, de momento, dar una respuesta de6nitiva a todas las dudas que los bronces de Igbo Ukwu plantean.

El arte afro portugués

El hijo de Juan I de Portugal, Enrique el Navegante, decidió que Portugal tenía que explorar las zonas recónditas de África, después de su victoria en la batalla de Ceuta (1415). A partir de entonces, y bajo su dirección, se iniciaron una serie de viajes de exploración, que culminaron con la circunnavegación del continente africano y el posterior establecimiento Jorge da Mina (Elmina, actualmente en Ghana) en el año 1482. En este lugar se comerciaba con los indígenas a cambio de esclavos, oro, marfil y especias. Desde este punto se entrará más tarde en contacto con el antiguo reino de Benín. En ese mismo año, Diego Cao llegó al estuario del río Congo (República Democrática del Congo) y remontando el curso alcanzó la capital del reino de los bakongo, Mbanza. El explorador portugués quedó sorprendido de la organización de ese estado, con el cual estableció rápidamente excelentes relaciones comerciales que beneficiaron a ambas partes. Fue tal el entendimiento, que el monarca bakongo se convirtió al cristianismo en 1491 y, con él, muchos de sus seguidores. Desafortunadamente, esta cordialidad duró poco por la codicia portuguesa, y acabó en una guerra que destruyó el estado bakongo y propició que los kongoleses volvieran a su religión tradicional.

Así pues, vemos que a partir de las primeras incursiones portuguesas en África, el contacto europeo traerá consigo una profunda transformación de muchos aspectos de la vida social, cotidiana, religiosa, comercial y artística de los africanos. En este sentido, la influencia europea y cristiana en la zona de bakongo hizo que se adaptaran muchos de los antiguos objetos rituales, adquiriendo un nuevo sentido religioso. Como ejemplo podríamos mencionar el crucifijo, el cual adoptó formas artísticas africanas, y que, con la vuelta a los ritos ancestrales, obtuvo un sentido de fetiche.

Fue en estas condiciones en las que, a partir del s. XVI, el término fetisso, derivado del portugués feitiço, y que daría lugar a nuestro actual “fetiche”, para nombrar a efigies y objetos supuestamente adorados por los nativos y con poderes mágicos. Asociado en principio con las ideas medievales en torno a la brujería y el control de la sexualidad femenina, el término acabó convirtiéndose en una palabra genérica para designar un tipo particular de objetos. La mayor parte de los objetos africanos llamados fetiches presentes en los museos fueron coleccionados entre 1870 y 1920. Los grupos de la cultura bakongo (oeste de la República Democrática del Congo) los denominan minkisi (plural) o nkisi (singular). Las efigies de ese tipo, algunas realmente impresionantes, tenían como finalidad originariamente el ejercicio de algún tipo de poder (curación, castigo, adivinación, control social…), pero ese poder no podía ejercerse sin los materiales que lo activan y las personas que saben cómo usarlo. Por una parte, el nkisi no es autónomo (la idea de sus propiedades mágicas es absolutamente simplista). Y por otra, tampoco representa ningún ser o entidad no material. Es como un dispositivo, un desencadenante de una serie de operaciones que van más allá de la efigie y requieren la incorporación de otros elementos: espejos, cristales, clavos, cabellos, ungüentos, sangre sacrificial. La diferencia entre éstos y las figuras de antepasados no es formal sino más bien funcional. Algunos son fácilmente reconocibles porque llevan clavos y un relicario en el ombligo (parte del cuerpo que se relaciona al origen de la vida y fuente de energía). Su poder dependía, además, de las reglas de abstinencia sexual y alimenticia que imponía a su propietario y a quienes se convertían en sus clientes. Si esas reglas se rompían, el nkisi quedaba profanado y volvía al status de un objeto inservible hasta que hubiera sido reconstituido con los rituales necesarios.

Algunos autores han querido ver en estos objetos la influencia que tuvieron los bakongo durante el período de dominación portugués, ya que creen que se inspirarían en las imágenes de santos y mártires cristianos para la realización de dichas piezas.

Influencia del arte de África negra en el s. XX europeo

El arte negroafricano es fundamentalmente escultórico y la materia prima predominante en su elaboración ha sido desde sus inicios la madera. Como es lógico, sus escultores han preferido siempre la utilización de maderas blandas por la facilidad que les brindaba la naturaleza de su constitución en el momento de ejecutar la talla. Pero, por otro lado, esta elección implica un material con menor resistencia a la erosión y representa un inconveniente a la hora de profundizar en su estudio, ya que gran parte de las obras ha desaparecido. Sin embargo, la escultura negroafricana, que ha mantenido una serie de constantes en el trascurso de miles de años, ha conseguido llegar a la actualidad representando, incluso, una importante influencia en numerosos artistas occidentales modernos. Podría decirse incluso que sus premisas estéticas han contribuido a revolucionar parte importante del arte europeo a partir del s. XX. Movimientos cubistas, fauvistas, expresionistas, se han nutrido de la influencia de estas consignas en su desarrollo, y los ejemplos pueden encontrarse en obras de artistas de la talla de Braque, Picasso o Vlaminck, que se han servido notablemente de su fuerza expresiva Entre estos artistas, es importante señalar la transformación pictórica llevada a cabo por Amedeo Modigliani en este sentido, que se hace evidente en la composición de sus singulares retratos.

Pinturas rupestres del Sahara y del África Meridional

En varios lugares del Sahara, desde Tunes hasta Marruecos, y en las montañas del Atlas se han encontrado miles de pinturas e incisiones rupestres que representan, en su mayoría, figuras de animales: rinocerontes, leones, avestruces, jirafas, búfalos, bueyes, camellos, caballos, etc. Estas pinturas han sido calificadas en dos grupos y han sido atribuidas a dos culturas artísticas diferentes: el “arte de los pastores” y el “arte de los cazadores”. El primero es mucho más antiguo que el otro; en él no existe una verdadera técnica pictórica, sino que se usaba una técnica de incisión especial en la roca. Además, los animales representados pertenecen exclusivamente a especies salvajes. En cambio, el arte de los pastores representa animales domésticos, con una técnica de incisión diferente de la utilizada por los “cazadores” y a menudo con auténticas pinturas realizadas generalmente con ocre rojo. Por otra parte, en la pintura de los pastores suelen aparecer figuras humanas reproducidas con un estilo esquemático y que presentan caracteres parecidos a los de los bosquimanos. En algunos lugares se descubrieron pinturas que parecen atestiguar la coexistencia en el mismo período, de pueblos cazadores y pastores, como las de Uwenat, en el desierto de Libia, que reproducen escenas de caza y pastoreo. También las pinturas de África del Sur, Zimbabwe y Tanzania parecen ser fruto de 2 culturas diferentes. Un primer grupo está constituido por obras que algunos científicos han definido como prebosquimanas. Estas pinturas representan, en general, animales y, raras veces, figuras humanas. Muestra una notable afinidad con las pinturas rupestres del Sahara, pero difieren notablemente en la técnica y en el estilo de las pinturas propiamente bosquimanas, siendo, además, más antiguas que estas últimas. Las pinturas bosquimanas de África del Sur realizadas, por lo general, en tintas planas en rojo, amarillo o pardo, se caracterizan por un estilo muy vivaz e inconfundible. Representan gran variedad de temas: escenas de caza y lucha, danzas, ritos mágicos, combates con los pastores cafre y robo de ganado en perjuicio de estos últimos. Incluso el hombre blanco aparece en este dinámico cuadro de vida; en efecto, en las obras más recientes aparecen las figuras de los colonos boers representados junto a los grandes carros con que se desplazaban al interior del país. Actualmente, la vena creadora de los bosquimanos, reducidos a pocos millares, parece casi totalmente agotada.

África Septentrional tuvo una producción muy rica en pinturas rupestres, no tan antigua como las manifestaciones del paleolítico europeo, pero sí muy variada y, con frecuencia, más refinada, que se desarrolla a partir de unos 10.000 años a. de J.C. En aquel entonces el Sahara tenía un clima muy variado, rica vegetación y numerosas especies de animales. En él pudo vivir una población entregada en un primer momento a la caza y luego al pastoreo.

Se dice que África fue la cuna de la humanidad. Así pues desde el Paleolítico más antiguo ha habido existencia humana en el continente africano. Se cree también que los grandes avances se desarrollaron en el continente negro entre el 10000 y el 5000 a. de J.C, momento en que se “domesticó” la agricultura en el curso del río Nilo. Sin embargo, todavía no se ha podido determinar si la agricultura se difundió desde Egipto al resto de África o se desarrolló independientemente en cada lugar.

El norte de África difería mucho del aspecto actual hacia el 5000 a. de J.C Una enorme parte de la población africana vivía en el actual desierto del Sahara, que en esos momentos estaba cubierto por ríos, lagos y amplias praderas y había una gran variedad de fauna y de flora. La desertización empezó hacia el 2500 a. de J.C a causa del cambio climático y la zona se despobló completamente hacia el 500 a. de J.C Los movimientos migratorios fueron muy frecuentes en toda África a partir de mediados del III milenio a. de J.C Los saharianos empezaron a moverse hacia el sur (el Sahel) y el este (valle del Nilo), llevándose consigo su cultura y mezclándose con los indígenas de las nuevas zonas que habitaron. Todos estos primitivos pobladores desarrollaron un arte rupestre que se extiende por todo el continente. Los restos artísticos del Sahara son los más interesantes y cuantiosos de los conservados, sin embargo se pueden apreciar otras muestras relevantes en otras regiones africanas.

En origen, la zona del Sahara era habitada por beréberes, negros y árabes. Después de una primera migración causada por las condiciones climáticas adversas, los pueblos negros tuvieron que dirigirse hacia el sur (el Sahel y la sabana) empujados por el expansionismo árabe bereber. Sin embargo, la existencia de las tribus negras en el centro del desierto del Sahara se perpetuó gracias a las pinturas murales que ahí se han conservado: aparecen hombres negros y blancos y nos narran sus formas de vida, su experiencia ante lo desconocido y su supervivencia en un medio cada vez más hostil. Además de estas escenas más “costumbristas” aparecen símbolos míticos, rituales religiosos y de fertilidad y conjuros contra lo sobrenatural. Es probable que en los abrigos rocosos en los que se encuentran todas estas pinturas se celebraran las reuniones de los jefes de los clanes y se realizaran diversos ceremoniales, que servirían de inspiración para su plasmación en la pintura.

Este primer arte entronca perfectamente con el arte negroafricano, por su cerrado simbolismo y sus convenciones, por lo cual no es difícil pensar que pudiera haber sido su germen. Las pinturas rupestres africanas se basan en los colores básicos, obtenidos de las tierras y las plantas, como el rojo, el ocre, el blanco, el negro y el amarillo, incluyendo a veces el azul y el verde. En la actualidad, todos estos colores están todavía presentes en las máscaras y trajes de los bailarines rituales.

Del mismo modo, en esta pintura antigua, se representan figuras humanas de grandes proporciones junto a otras de menor tamaño. Esta “perspectiva jerárquica” es habitual en el arte de las culturas antiguas y sigue siendo corriente en el arte africano contemporáneo. Así en el arte africano, siempre se dará preponderancia a la cabeza, como parte principal del cuerpo, igual que el “rey será representado de mayor tamaño que el resto de figuras. Sin embargo, esto no quiere decir que el arte africano no haya evolucionado, sino que sigue participando de un elemento prístino en el cual, el arte, la religión y la experiencia humana son un todo imbricado

Se conoció el arte rupestre africano mucho antes que el arte prehistórico europeo. La primera noticia escrita sobre el africano es de 1721, cuando un misionero portugués notificó a la Real Academia de Historia de Lisboa que había visto pinturas en rocas y cuevas de Mozambique que representaban a animales. Posteriormente, se habló de las pinturas bosquimanas en el sur de África, en 1754. Cabe recordar que el primer descubrimiento de arte rupestre europeo es de mediados del s. XIX y que Altamira y Lascaux, se encontraron en 1879 y 1940 respectivamente. Los grabados del norte de África fueron descubiertos por militares franceses en el sur de Orán (Argelia) en 1847. Notificaron la existencia de dibujos en la roca de avestruces, toros, elefantes, leones y seres humanos. Se supone que a raíz del conocimiento que se tenía de este tipo de pintura africana y del descubrimiento del arte prehistórico europeo, se multiplicaron las expediciones en búsqueda de este arte por toda África. Así, en el primer tercio del s. XX, se empezó a trabajar en la zona del Tassili (Sahara argelino), copiando las pinturas y catalogándolas, bajo la supervisión de Henri Lhote.

La Dama Blanca de Brandberg

Se trata de una pintura rupestre hallada en 1918 al sudeste de África, en Namibia. La obra está datada entre los años 1000 al 650 a C., y su nombre es fruto de la errónea interpretación que su descubridor el topógrafo alemán Reinhard Maack, difundió entre los investigadores. Y es que esta figura no es de color blanco. Luego, la figura fue considerada durante años por Abbé Henri Brueil como una mujer europea. La fama de Brueil como experto en arte prehistórico europeo y como pionero en arte namibio elevó a la categoría de cierta esta interpretación durante mucho tiempo. Además, con el nombre de Brandberg se hace referencia en Namibia a una montaña que ya se ha hecho famosa en el mundo entero por los tesoros artísticos que alberga. De este modo, ha pasado a tener prácticamente la misma categoría en la Historia del Arte que otros yacimientos, como las cuevas de Altamira a las de Lascaux. Esta montaña, cuyo nombre traducido sería algo así como “montaña ardiente”, es el techo de Namibia, pues mide 2606 m sobre el nivel del mar. En ella se conservan un buen número de pinturas, entre las cuales la más famosa es, sin lugar a dudas, la Dama Blanca, que forman parte del patrimonio artístico de un país que cuenta con un buen número de obras de arte prehistóricas, algunas de las cuales son muchísimo más antiguas que esta Dama Blanca de Brandberg.

El conjunto pictórico de Tassili

El conjunto pictórico del altiplano sahariano de Tassili, ubicado al nordeste de Ahaggar (norte de África) representa una muestra de arte parietal de gran importancia. Las pinturas más antiguas del conjunto fueron realizadas aproximadamente hacia 6000 a. de J.C y por las grandes similitudes que guardan, algunos investigadores han relacionado estas manifestaciones artísticas con las pinturas del Levante español. Las representaciones muestran, básicamente, especies de animales salvajes oriundos de la región antes de que ésta se convirtiera en un desierto. Aparecen elefantes, búfalos, jirafas y animales domésticos de pastoreo. Se trata, aparentemente, de verdaderas composiciones, escenas narrativas donde se describe la vida y costumbres de cazadores y pastores.

En las representaciones se puede advertir la clara delineación de las siluetas, que se encuentran rellenas de colores en gamas de ocres, y la yuxtaposición de las figuras que componen el argumento de los frescos. Paulatinamente, con la incorporación al sedentarismo y la consiguiente transformación cultural de las sociedades humanas, en pinturas datadas en el IV milenio a. de J.C las escenas de caza comienzan a ser sustituidas por representaciones de pastoreo protagonizadas por rebaños de bóvidos. En este proceso, los rasgos pictóricos son más fieles a la realidad. Luego comenzarán a simplificarse hasta una completa esquematización durante el II milenio a. de J.C.

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